Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Los motivos del lobo

'La vida de los otros', una historia sobre los entresijos policiales comunistas en la RDA, se presenta en La Habana.

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Ahora que el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana acaba de estrenar La vida de los otros, uno estaría dispuesto a creer en el capitán de la Stasi Gerd Wiesler, maestro de espías, una de cuyas misiones consistió en vigilar a la pareja compuesta por el dramaturgo Georg Dreyman y la actriz Christa-Maria Sieland. ¿Qué puede haber de inverosímil en la bondad de Wiesler desde que las autoridades cubanas, formadas en la escuela de la Stasi, se han arriesgado a dar el visto bueno a la exhibición de esta película?

El mayor evento cinematográfico en la Isla incluye en su programación una historia sobre los entresijos policiales comunistas, y despierta entonces menos suspicacia la metamorfosis de un espía de Alemania Oriental que la permisividad mostrada por sus homólogos de Cuba. Uno deja de preguntarse qué empujó a Gerd Wiesler a socorrer a un par de enemigos del socialismo para ponerse a averiguar cómo es posible que los encargados de la censura cubana hayan hecho pasar una fábula así hacia las salas cinematográficas.

La hipótesis de una fuga, que calcula escapes aún en los más estrictos sistemas de vigilancia, pesa poco en este caso. Pues cada año las gafas de la censura examinan minuciosamente el listado de películas. La hipótesis contraria, donde los capitanes cubanos preparan sus propias transformaciones en carteros (cerrado el capítulo comunista, Wiesler trabaja repartiendo cartas), resulta prematura o novelesca.

Mejor creer que el filme ha sido autorizado por pura indiferencia, debido a que dos o tres proyecciones no acarrearían consecuencia alguna. Wiesler habrá perdonado la vida a la pareja de enemigos que espiaba, su espíritu pudo cambiar profundamente, pero tal metamorfosis no resultará ejemplar desde la pantalla.

Hasta podría alegarse que lo sucedido en la República Democrática Alemana queda muy lejos de cuanto ocurre en la República de Cuba. ¿Acaso, luego de desaparecido el bloque socialista, el discurso oficial cubano no se extraña de esa historia en común, y olvida la que fuera alianza inquebrantable, familiaridad entre hermanos de doctrina? Cualquier lectura que relacione a la Stasi con la Seguridad del Estado parecerá forzada entonces.

Agréguese a lo anterior que el filme se ocupa de un conflicto netamente alemán. No hay más que atender a las declaraciones hechas por el realizador Florian Henckel von Donnersmarck: en el origen de su filme está la negativa de Vladimir I. Lenin a escuchar la Apassionata de Beethoven. Lenin confesó a Gorki que el influjo de esa música le habría impedido aplastar las cabezas necesarias para que la revolución triunfara.

Dilema que, aunque pronunciado entre rusos, entra de lleno en el meollo alemán, abona el escándalo ante la paradoja de que alguien pudiera deleitarse con la música más espiritual para, a continuación, ordenar el envío de trenes llenos hacia los crematorios. (Esta misma relación entre música y barbarie fue formulada en clave humorística por Woody Allen, a quien oír a Wagner le despertaba los deseos de invadir Polonia).

Un Lenin pasado por arte

Florian Henckel von Donnersmarck obliga a Lenin a escuchar la Apassionata. Tal como el cine alemán bajó hace poco al búnker del Führer, el joven director penetra en la sala de escuchas de un connotado oficial de la Stasi, filtra hacia sus audífonos una sonata catártica y un catártico poema de Brecht y, después de sonata y de poema, el capitán Weisler no puede cortar cabeza ya, es un Lenin pasado por arte.

Una de las mayores fallas del guión de La vida de los otros reside en ese personaje, a quien se hace difícil adjudicarle un motivo convincente. En verdad, ¿qué lo empuja de espía a cartero? Según el director y guionista, un poema, una sonata. En su reseña del filme, Slavov Žižek ha apostado exageradamente por el trasfondo homosexual, por la atracción del capitán hacia el dramaturgo a quien vigila. En cualquier caso, para ser un guión construido a la americana y para tener tan clara la premisa de su historia, Florian Henckel von Donnersmarck traza muy mal al protagonista.

La vida de los otros incurre en el ministro villano que arrincona a una actriz hasta que ella traiciona al dramaturgo a quien ama. (¿No se reduce esta trama, con empresario teatral en lugar de ministro, a alguna de las películas de Sarita Montiel?). Con razón Žižek se queja de que todo provenga de la corrupción de un jefe, cuando lo terrible de cualquier régimen totalitario puede encontrarse en el trabajo de sus burócratas honestos y de sus policías estrictos. El mal (como entendió Hannah Arendt al cubrir el juicio de Adolf Eichmann) aparece más problemáticamente en el funcionario a cabalidad, en el esbirro vanguardia laboral.

Me temo que ese ministro desbocado pudo prestar a los censores un incentivo para la exhibición del filme. Al fin y al cabo, en éste se habla menos del sistema que de una tergiversación del sistema. Y ninguna tragedia habría ocurrido de no haberse cruzado la líbido ministerial en el camino de una actriz. Lo terrible, visto así, no reside en cómo funcionan las cosas en la República Democrática Alemana, sino en cómo funcionan desde el momento en que un pez gordo se toma atribuciones indebidas.

Nada habrá complacido más en La Habana que esta revisitación del mito del burócrata culpable. ¿No acudieron a él recientemente artistas, escritores y funcionarios para explicar, mediante dos o tres antiguos comisarios culturales, los desmanes de los años setenta? ¿Y no acaba de implantarse en Cuba un nuevo código ético para dirigentes y se insiste en la recuperación de la disciplina laboral, como si tales puntualidades fueran a enderezar la crisis?

Interrumpo aquí esta excursión por la lógica de la censura. Las Christa-Maria Sieland y los Georg Dreyman habaneros seguramente no desconocerán los tejemanejes de la policía secreta en torno suyo, así que escasa sublevación podrá traerles La vida de los otros. En cuanto a algún potencial Wiesler, de poco servirá que lo anime sonata, poema, la visión de este filme o simple indignación. Pues existió en la Stasi (y ha de existir en su equivalente cubano) cierta instancia que el filme pasa por alto y que atestiguan libros como El expediente, de Timothy Garton Ash, o documentales como La descomposición del alma, de Nina Toussaint y Massimo Iannetta: también los vigilantes reciben vigilancia.


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