Actualizado: 19/10/2021 20:23
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Mujeres en guerra (I)

Esta serie está realizada con decoro, pero al mismo tiempo es similar y diferente del clásico soviético

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Hacer remakes de películas famosas de la era soviética se ha convertido en una tendencia popular en Rusia. Nada notable entonces que en mayo de 2015 se estrenara una nueva versión de Los amaneceres son aquí apacibles. Para esa fecha, unas 20 adaptaciones de otros filmes célebres la habían antecedido en los últimos 15 años.

En el caso de Los amaneceres sobraban datos que justificaban la inversión. No solo el éxito de la película original en la desaparecida Unión Soviética y los luego transformados países socialistas. En la perenne China continuaba siendo uno de los filmes soviéticos más populares, que formaba parte del currículum escolar, y donde en 2005 se realizó una serie para televisión dirigida por Mao Weining, con la presencia de actores rusos. Estaba también la ópera de Kiril Molchanov (1972), son montajes en el Bolshoi y la Ópera China y hasta una película en tamil hecha en la India en 2009 (Peranmai). Una versión teatral, del exiliado director soviético, Yuri Lyubimov, quien había estado al frente del Teatro Taganka de Moscú, seguía presentándose en diversas localidades, entre ellas Nueva York.

La versión rusa de 2012, dirigida por Renat Davletyarov —que fue primero presentada en el Kremlin como película y luego como una serie en cuatro partes puede verse actualmente en YouTube y Amazon, entre otros sitios— cuenta además con una canción a cargo del grupo Lyube, famoso por su interpretación de temas patrióticos rusos y que cuenta entre sus principales fanáticos al presidente Vladimir Putin.

La serie está realizada con decoro, mantiene la tensión en sus dos últimas partes y se beneficia de los efectos especiales y todos los recursos de la cinematografía actual. Pero al mismo tiempo es similar y diferente del clásico soviético: más una película de acción que un filme que trate con al menos cierta profundidad los conflictos y consecuencias de la guerra en los protagonistas, y a la que se ha añadido un matiz erótico —por supuesto ausente casi por completo en el original—, que va desde una situación de estrés sexual entre el sargento y las mujeres a su mando hasta dos escenas (una de desnudos frontales en un baño improvisado en una caseta y otra bajo una cascada), que no resultan chocantes —todo lo contrario, impresión personal— y están hechas con lindeza y hasta discreción, pero no por ello resultan menos gratuitas. Por lo demás, la serie reduce ligeramente la carga ideológica soviética, sin traicionar ni la película original ni la novela, y un par de palabras de crítica velada al papel de Stalin al comienzo de la guerra y su error al no preparar a la nación para lo que se avecinaba no deja de ser un lugar común en la Rusia actual: no negar el hecho, pero no ir más allá.

El film original

La primera versión de Los amaneceres (1972) es de Stanislav Rostotsky, basada en la novela corta de Boris Vasilyev del mismo nombre. En su momento fue un éxito de público y taquilla, no solo en su país de origen sino internacionalmente. Premiada en el Festival de Venecia y nominada para el Oscar a película extranjera de igual año.

Se aparta en buena medida de las repetitivas y estereotipadas películas soviéticas sobre la “Gran Guerra Patria” de años anteriores, por el énfasis en las características emocionales de los protagonistas y el eludir presentarlos como estereotipos heroicos y combatientes ideológicos. El énfasis está en la defensa de la nación invadida y no en la presentación de una lucha militante, aunque se señala la militancia comunista; el genuino costo de la guerra entre quienes la sufren y llevan a cabo.

Las acción tiene lugar en Karelia, cerca de Finlandia —aunque la película fue filmada en Ruskeala—, durante la Segunda Guerra Mundial. El sargento mayor Fyodor Evgrafych Vaskov, de 32 años, tiene a su cargo un puesto de vigilancia con artillería antiaérea en un poblado fronterizo. Luego que sus superiores descubren que los soldados bajo su mando están demasiado “distraídos” por los “placeres” locales (mujeres, bebidas y las consecuentes peleas entre ellos), son reemplazados por un equipo de mujeres para el manejo de las baterías antiaéreas de la base.

Al inicio el sargento ve con recelo a las mujeres, y teme dos cosas: que carezcan de capacidad bélica y el no poder controlarlas. A ello se añade una serie de frustraciones personales: el haber sido herido en su primer día de combate lo ha relegado a una labor que considera inferior y alejada del campo de batalla, el abandono por su mujer que se ha marchado con otro y la pérdida de su hijo con ella, de lo que culpa a su esposa y por añadidura a todas las mujeres.

Pronto descubre que sus temores se cumplen solo parcialmente: las mujeres son buenas combatientes y dominan con habilidad el uso de los cañones, pero él es incapaz de dominarlas. Un hombre sin conocimientos ni cultura, se aferra al reglamento, las normas, lo establecido en el manual militar, como forma de control, mientras ansía entrar en acción, porque sabe que eso es lo único que domina, que sabe hacer.

Después de que una de las mujeres descubre a dos soldados alemanes en el bosque cercano, Vaskov selecciona a cinco para perseguirlos y evitar que lleven a cabo la demolición de la vía férrea, vital para la llegada de recursos al frente.

Las mujeres son muy jóvenes, en su mayoría adolescentes de poco más de 17 años, una de ellas incluso menos porque ha fingido su edad para entrar en el ejército. Quien está al frente de ellas es la sargento Rita Osyanina, viuda porque su marido ha muerto en el frente, y que ha buscado este puesto para estar cerca de su hijo, a cargo de su madre en el poblado cercano. Al grupo se une Zhenya Komelkova, que es conocida por ser amante de un coronel casado.

Las cinco seleccionadas para la misión (Sonya, Galya, Liza, Zhenya y Rita) tienen características personales disímiles, pero al mismo tiempo comparten similitudes.

Rita es amable, comprensiva y hasta cariñosa con sus subalternas, pero a la vez de voluntad fuerte, intrépida y valiente. Además, es la única que es madre.

Zhenya, de 19 años, es una de las más atractivas sexualmente, no rehúye el peligro e incluso la aventura. De forma subrepticia ha llegado hasta el frente para reunirse con su amante, el coronel, que es quien la ha enviado a este lugar más tranquilo, para alejar del peligro y de él. No se arrepiente de su conducta amorosa, pero está cansada de la guerra y hasta de una relación que sabe sin futuro.

Sonya Gurvich ha sido una alumna excelente en la escuela y la universidad. Le gusta la poesía y lee en voz alta —incluso cuando debe permanecer oculta— , un libro de poemas de Alexander Blok, que le ha regalado su novio, que ha muerto en el frente, pero ella no lo sabe. Es además judía, un detalle singular en una película soviética de entonces.

Liza Brichkina se ha pasado toda su corta vida esperando, no puede evitarlo y así morirá.

Galya padece de un enorme miedo a la guerra y siempre se refugia en un mundo imaginario. Finge tener una madre, aunque desde niña estuvo recluida en un orfanato del que ha escapado entrando al ejercito fingiendo su edad.

Todas estarán muertas al finalizar la película.

Rita es herida mortalmente por una granada. Sabe que va a morir y se mata con el revólver del sargento. Galya no puede dominar su miedo, y abandona su escondite llamando a su madre imaginaria para caer bajo una ráfaga alemana. Sonya es acuchillada por un alemán cuando emprende una carrera para traerle de vuelta al sargento un paquete de tabaco que Rita ha dejado abandonado. Zhenya es acribillada en una acción suicida para alejar a los alemanes. Liza se ahoga en un pantano. El sargento imagina que tras morir ella le dice que fue culpa de ella, por ir demasiado de prisa a buscar refuerzos.

En buena medida Los amaneceres de Rostotsky —que dura dos horas y 40 minutos— es una película en dos partes. La primera, que nos presenta al sargento, las muchachas y sus historias, es la más débil; tanto desde el punto de vista del argumento como en su presentación visual. Las historias personales de las jóvenes, así como las explicaciones de las razones que las llevaron a unirse al ejército, son simples y hasta en ocasiones trilladas y cursis. Visualmente están filmadas en colores, y sea por falta de recursos o de imaginación, las imágenes son torpes y pobres. De igual defecto adolecen tanto esa especie de prólogo y epílogo, tanto que ponen en peligro el continuar viéndola en alguien sin antecedentes del tema.

El valor de la película reside en todo lo filmado en blanco y negro y en la segunda parte, donde se desarrolla la acción bélica —vale agregar que las mejores películas sobre la invasión alemana a la URSS son en blanco y negro. El paso de la casi monotonía en el puesto —salvo en la secuencia del derribo del avión alemán, por lo demás poco original— a las escenas en el bosque, lago y pantano, marcan un avance saludable de acento y energía. La amenaza siempre presente, pero en muchas escenas no visible, de los alemanes, y el cambio que se produce en el grupo soviético, de asediadores a asediados, la convierten en una buena película de guerra. La ascensión humana en el personaje del sargento, de rígido y torpe a protector y fraternal con su tropa de mujeres está muy bien lograda. Y uno de los mayores méritos de la cinta es la actuación de Andrey Martynov, un actor que con ella se estrena en el cine. La película presenta al espectador la visión de unas mujeres que no lograron satisfacer sus aspiraciones y deseos, porque no les permitieron vivir lo necesario para ello; no de heroínas inmortales, ni de vestales superiores. Y ello, para el cine soviético de la época, es un mérito que aún hoy se debe reconocer.

De familia notable —su abuelo fue general del Ejército Imperial Ruso y su padre un médico y científico eminente— Stanislav Rostotsky (1922-2001) fue un realizador soviético que dedicó al tema de la guerra, de forma directa o circunstancial, la mayoría de sus películas. Amigo y alumno de Sergei Eisenstein, estudió también con Grigori Kozintsev. Ganó premios y dirigió el Festival de Cine de Moscú en 1975. En el V Congreso de Realizadores Soviéticos, en 1986, fue acusado de “nepotismo” y “conformismo político”. Quizá le sirvió de consuelo, o ironía, el hecho de compartir acusaciones similares con Lev Kulidzhanov y Sergei Bondarchuk, pero abandonó la carrera cinematográfica en 1989. Recordar que había sido casi aplastado por un tranque alemán durante la Segunda Guerra Mundial. A consecuencia del hecho perdió una pierna, pero siempre se negó a usar bastón o dar muestra alguna de invalidez, y muchos ni siquiera sabían que usaba una prótesis. Lo salvó una enfermera, que cargó con su cuerpo y luego lo atendió. A ella dedicó Los amaneceres son aquí apacibles.

Novela

Cuando los nazis invadieron la Unión Soviética, Boris Vasilyev (1924-2013) marchó a la guerra siendo aún un estudiante. Alcanzó el grado de teniente, pero dos años después se vio obligado a dejar el ejército por heridas sufridas.

Los amaneces son aquí apacibles apareció primero en la revista Juventud, en 1969. Luego fue llevado al teatro. Tres años más tarde Stanislav Rostotsky realizó la versión cinematográfica.

La narración no habría pasado de una historia más sobre la guerra, si Vasilyev no hubiera tenido la feliz ocurrencia de convertir a los personajes en mujeres. Tiempo después de su aparición, admitió que en realidad no habían participado mujeres jóvenes en los hechos narrados. Fue debido a que el relato no llegaba a desarrollarse, o a que se dio cuenta que no pasaba de describir un hecho heroico más, que se le ocurrió crear personajes femeninos.

El hecho real tuvo lugar en una de las estaciones del ferrocarril Kirov, que conecta Petrozavodsk con Murmansk. Fueron enviados siete soldados, que se recuperaban de sus heridas, para vigilar la estación ferroviario. Sucedió que los alemanes lanzó un grupo de paracaidistas, bien entrenados y equipados, para sabotear la vía férrea y evitar el transporte de tropas y equipos al frente. Los soldados soviéticos carecían del armamento adecuado, pero lograron evitar la voladura la línea férrea. Al final del combate, solo quedó vivo el sargento, que comandaba a los soldados soviéticos. Por otra parte, ese fue el único dato verdadero que sobrevivió en la narración.

Vasilyev renunció al Partido Comunista en 1989. En 1993 firmó “La carta de los 44”, en que los escritores pedían la disolución y prohibición de los partidos comunistas y nacionalistas. En los últimos años de su vida se dedicó a escribir ficción histórica, a partir de crónicas medievales rusas.

Epílogo

En el frente soviético, durante la Segunda Guerra Mundial, participaron 300.000 mujeres. Unas pocas fueron célebres, la mayoría han permanecido olvidadas.


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