Actualizado: 02/08/2021 20:25
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Mujeres en guerra (II)

Battalion y el ideal imperial de Putin

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Más que por sus valores cinematográficos, Battalion (2015), de Dmitriy Meskhiev, destaca como ejemplo de las aspiraciones y propósitos del presidente ruso Vladimir Putin respecto al cine; y sus semejanzas y diferencias con la era soviética. De ahí que sea necesario acoger con cierta reserva el reclamo oficial de que la película no es simple propaganda, sino la recreación de un hecho histórico.

Patrocinada por el Ministerio de Cultura —y por extensión con el apoyo de Putin— Battalion obtuvo cinco premios Águila Dorada (actriz secundaria para María Kozhevnikova, música, edición y edición sonora) de las nueve nominaciones con las que en 2015 encabezó la lista de selecciones para dichos premios —los equivalentes rusos a los óscares. Su presupuesto, que alcanzó los 250 millones de rublos (unos $7,5 millones) fue enorme para los estándares de la cinematografía del país, y creció considerablemente de los 50 millones de rublos originales que su productor, Fyodor Bondarchuk, reconoció le habían sido asignados por el ministerio, aunque aclarando que existía la promesa de más dinero.

Una prueba de la satisfacción de Putin con el filme fue la recepción que el mandatario brindó a los actores y el equipo de filmación en su residencia de Novo-Ogaryovo, en las afueras de Moscú, tras ver con ellos la película, que al año siguiente fue convertida en una serie para televisión en cuatro partes.

Hay que agregar que la cinta contó con el asesoramiento y beneplácito de la Sociedad de Historia Militar de Rusia, fundada por una orden ejecutiva de Putin a finales de 2012, y que cumple a cabalidad —en el plano histórico e ideológico— con las ideas imperiales del gobernante. Otro dato más: la sociedad es presidida por el propio ministro de Cultura, Vladimir Medinsky, al que en Moscú se considera como el “policía cultural” de Putin.

La historia

Battalion cuenta el origen y la entrada en combate del primer batallón de mujeres en la historia rusa. El hecho ocurrió en el transcurso de la Primera Guerra Mundial y permaneció silenciado durante las décadas de existencia de la Unión Soviética.

Tras la caída del zarismo, y con la nación todavía combatiendo con Alemania, el entonces ministro de la Guerra, Alexander Kerensky, accedió a la formación de lo que se conoce como el Primer Batallón de la Muerte de Mujeres Rusas, con el objetivo perentorio de estimular a los hombres para que siguieran peleando. No sucedió así. El plan fue un fracaso y el resultado otra matanza.

La idea del batallón fue de la campesina María Bochkareva, que luego de tres años de servir en el ejército en labores de suministro, ser herida en varias ocasiones y alcanzar el grado de oficial no comisionado en 1917, pidió a Kerensky formar un batallón femenino. Este no solo estuvo de acuerdo con la idea, sino que la nombró teniente y puso el batallón a su cargo.

Bochkareva tuvo una vida singular, que vale una película biográfica. Golpeada incesantemente por su marido, lo abandonó y huyó con un carnicero judío que no la maltrataba, pero fue incapaz de brindarle un mejor destino. En dos ocasiones lograron abrir una carnicería propia, pero en ambas él fue detenido, acusado de robos menores y deportado; primero a Yakutsk, en el Círculo Ártico, y luego a Amga, otro lugar de destierro desde el Imperio Ruso. Una y otra vez, ella lo siguió al destierro.

Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, Bochkareva quiso entrar en el Ejército Imperial Ruso, pero fue destinada a la Cruz Roja. Solo pudo incorporarse a las tropas cuando el zar Nicolás II le otorgó un permiso especial. Tras formar el primer batallón de mujeres, solo estuvo involucrada marginalmente en la creación de otras unidades femeninas. Como su unidad estaba en el frente cuando estalló la Revolución de Octubre, no participó en la defensa del Palacio de Invierno, donde otro grupo femenino —el Primer Batallón de Mujeres de Petrogrado— combatió a los bolcheviques.

Posteriormente el batallón de mujeres de Bochkareva fue desbandado, en gran parte por la hostilidad de los soldados que aún se encontraban en el frente, y ella regresó a Petrogrado. Allí fue encarcelada brevemente por los bolcheviques. Luego se unió al Ejército Blanco del general Lavr Kornilov en el Cáucaso. Fue detenida de nuevo, e iba a ser fusilada cuando un soldado que había peleado junto a ella en el Ejército Imperial logró detener su ejecución. Partió al exilio y llegó a Estados Unidos en abril de 1918.

En Estados Unidos se entrevistó con el presidente Woodrow Wilson, el 10 de julio de 1918. Estando en Nueva York le dictó sus memorias —Yashka: My Life As Peasant, Exile, and Soldier— a un periodista emigrado ruso. Viajó a Inglaterra, logró una audiencia con el rey George V y que la Oficina de Guerra del gobierno británico le concediera 500 rublos para que regresar a Rusia, a donde llegó en abril de 1919. Intentó formar un equipo médico de mujeres para el Ejército Blanco del almirante Aleksandr Kolchak, pero antes de completar la tarea fue detenida de nuevo. Interrogada durante cuatro meses, la Cheka terminó por ejecutarla como “enemigo de la clase obrera” el 16 de mayo de 1920.

Evidentemente, no una figura que durante el gobierno soviético se buscara recordar.

Verdad y ficción

Cuando se exhibió Battalion, el ministro Medinsky enfatizó que el filme era completamente fiel a los hechos históricos, y en gran parte ello es cierto. Pero eso no impide que la cinta repita clichés típicos de las películas de guerra y que por momentos se desvíe de la verdad histórica o haga hincapié en algunos detalles con fines ideológicos.

Desde el punto de vista bélico, el primer batallón de mujeres no logró mucho. El poco terreno que pudieron conquistar en un primer combate —durante la llamada “Ofensiva de Kerensky”— fue pronto recuperado por los alemanes. Los soldados rusos no acudieron en su ayuda. Cansados de pelear, desilusionados y en buena medida cumpliendo con las directivas de los revolucionarios opuestos a la guerra, se mantuvieron neutrales. La supuesta inspiración que el mando de Kerensky creyó lograría inspirar en la tropa resultó en todo lo contrario: además de burlarse de ellas e incluso vejarlas, los soldados querían que las marcharan de nuevo a sus casas, que ese era su lugar para tener y cuidar hijos.

Se ha querido ver cierta tendencia feminista en la película. Sin embargo, no solo en una sociedad que sigue siendo fuertemente paternalista como la rusa el filme no produce tal efecto, sino que dicho énfasis no contó mucho para los objetivos del Kremlin. (Hay cierto detalle irónico en todo esto, ajeno a la película pero que forma parte de ella: el actor que interpreta a Kerensky, Marat Basharov, fue acusado de violencia doméstica en 2014 y desde entonces se ha convertido en un símbolo del anti feminismo y la Rusia patriarcal).

En realidad, Putin y su corte lo que buscó fue destacar el nacionalismo bélico, más allá de cualquier otro tema. Los soldados renuentes a continuar luchando son presentados de forma desagradable en la mayoría de los casos. No solo se hace aparecer en el frente al marido de Bochkareva, que vuelve a darle una golpiza tremenda con total impunidad, sino lo que es peor: la participación de dichos soldados en una especie de “rescate de último momento” —en concepción fílmica que reproduce uno de los recursos más trillados del cine hollywoodense— resulta falsa desde el punto de vista histórico y demasiado convencional cinematográficamente.

La realidad es que la guerra estaba perdida para Rusia, y prolongarla solo significaba más inútiles perdidas de vidas. Pero en la película la futilidad de acción se presenta solo como heroísmo.

Hay un significado histórico y político en todo ello que la película elude. Y es que la ideología que la facción revolucionaria de entonces que terminó por imponerse —los bolcheviques— lo que propugnaba era la superación de los conflictos territoriales mediante el “internacionalismo proletario”. Entre los bolcheviques imperaba entonces la doctrina de la revolución mundial de Lenin y Trotsky, que fuera luego abandonada, y más tarde consolidada por Stalin la tesis del socialismo en un solo país (la URSS). El deponer las armas y regresar a casa, o al menos permanecer neutral sin participar en combates, se justificaba no solo por la ideología revolucionaria: tenía un fundamento concreto en el cansancio y desesperanza ante la guerra (véase El doctor Zhivago de Pasternak). Hubo que esperar a la llegada de la Segunda Guerra Mundial, para que Stalin encontrara la justificación mayor de su doctrina, al tiempo que le permitiera avanzar en su objetivo imperialista).

Putin ha retomado dicho ideal estalinista, solo que bajo la fórmula puramente imperial. Una cosa es resaltar el coraje femenino, eso está bien en la película, otra muy distinta es congraciarse con el Kremlin. En última instancia, las mujeres en Battalion lo que hacen es sacar la cara por el Ejército Imperial Ruso. Que todo ello figure bajo la apariencia de una defensa nacional es simplemente complacencia con el ideal putiano. Cuando el comandante del regimiento elogia la iniciativa y el coraje de las mujeres no está lanzando un discurso feminista: se limita a repetir lo que propugna Putin.


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