Actualizado: 09/12/2019 13:16
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A debate

Según imagen

A propósito de la declaración del secretariado de la UNEAC.

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Escribo los comentarios que siguen (y cito ahora a Eliseo Diego) "con la melancolía de quien redacta un documento".

Sorprendido por un lenguaje "años 70", propio del mismo Pavón, he leído la reciente declaración del secretariado de la UNEAC. Como yo asistí durante diez años a muchas reuniones de ese secretariado —pues en la cotidianeidad se convierte en otro "ampliado", para que puedan asistir diferentes personas según los asuntos a tratar o sus responsabilidades en la UNEAC—, conozco más o menos, luego de casi tres años de ausencia, a sus miembros y asistentes asiduos. Pero la población cubana, no. Tengo que reconocer que muchas de las discusiones que allí se producen no tienen nada que ver con el lenguaje retórico de la mencionada declaración.

Asimismo —y esto es acaso lo más importante de todo lo que ha sucedido—, en innumerables correos electrónicos y en algunas publicaciones fuera de Cuba se ha vivido, con una comprensible pasión, todo este fenómeno reciente, ante el cual los intelectuales cubanos de dentro y de fuera de la Isla han expresado sus necesaria y saludablemente diferentes puntos de vista, claro que en una forma muy distinta, tanto en la forma como en el contenido —como se suele decir—, al documento en cuestión.

Pero, además, aparte de estas apasionadas disputas o diversos reclamos o conmovedores testimonios, algo muy profundo debe haber ocurrido allí, en lo invisible, quiero decir, en las mentes de tantas personas que han sido afectadas ya no sólo por el pavonato (¿quinquenio, década, etapa, época oscura?), sino en muchas otras circunstancias y otros tiempos, algunos muy recientes. Sin embargo, según esa declaración de la UNEAC, tal parece que la cuestión ya ha sido zanjada. A olvidar, como dice un bolero, de nuevo, y rápido, que —como parece decir en el fondo un coro griego a lo Piñera— el Partido es… ¿inmortal?

Tengo que reconocer que la sola publicación de ese texto en el periódico Granma es algo poco frecuente. Pero parece que era tal la magnitud del descontento que resultaba casi inevitable pronunciarse y publicarlo si se quería reparar en alguna medida el error cometido, y, para colmo, en una circunstancia, por cierto, tan singular como la que ahora mismo vive nuestro país. Pero, ya se sabe, la imagen es siempre lo más importante —la imagen para el exterior y para el interior, como se suele decir también. Y en nombre de esa imagen, la verdad, la pasión, la memoria, así como las infinitas contradicciones que le son inherentes a la vida… son sepultadas. Aunque, valdría la pena preguntarse, ¿hasta cuándo?

En cuanto a la publicación de ese pronunciamiento sin firma, es una costumbre muy extendida en Cuba elaborar documentos "en nombre de la población" (en realidad, en política, todo se hace siempre en nombre de; quiero decir, en nombre de ese ente abstracto que puede nombrarse como nuestro pueblo o nuestra intelectualidad, etcétera), o convocar a la firma de otros para así mostrar el apoyo a determinadas declaraciones o medidas.

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¿Por qué no se recurrió, por ejemplo, a esos mecanismos cuando se "desactivó" —delicioso eufemismo, en lo que somos expertos— a Antonio José Ponte de la UNEAC? Pues porque la propia dirección de la UNEAC sabía que no iba a contar con un apoyo mayoritario ni siquiera entre sus miembros. Es decir, se recurre a esos métodos según convenga. Lo que plantea Wendy Guerra no deja de ser un reto interesante. Pero, aun si se hiciera eso que ella pide, movida por un principio democrático elemental y por un respeto a la opinión de la persona, que es siempre individual y no colectiva, quién puede asegurar que, una vez que se haga, se conocerían realmente todas las opiniones.

Pero ese no es ni siquiera el problema: el problema es la falta de democracia real. Hace ya tantos años que en Cuba no hay democracia (más de medio siglo) que muy a menudo se puede afirmar con total naturalidad que la hay… Porque una buena parte de la población ha nacido ya en un país sin democracia. En cualquier sociedad democrática se hubieran publicado o dado a conocer en diferentes medios —e incluso por iniciativa individual— las opiniones variadas de los intelectuales cubanos —insisto, de todos los intelectuales cubanos— sin pizca de censura.

En Cuba, lamentablemente, eso es impensable. Pero, además, ya se sabe la reticencia comprensible a expresar en alta voz las verdaderas opiniones sobre cualquier asunto. Por un lado, se teme a las llamadas represalias sutiles, cuando no a las directas. Por otro, como fue el caso ya legendario del llamamiento al cuarto congreso del partido, se conoce su inutilidad. Como advirtió en aquella ocasión un antiguo colega de mi centro de trabajo: no quería desahogarse en público, para luego comprobar que de nada serviría tal desahogo. Y, como se recordará, eso fue exactamente lo que sucedió. Qué extraño, ¿no es verdad?

El argumento archiconocido para justificar esa falta de democracia es no darle argumentos al enemigo —sólo que el precio de no darle argumentos o no hacerle el juego al enemigo ha sido, qué curioso, padecer una falta absoluta de libertad—, y el verdadero: proyectar siempre una falsa impresión de unidad o de ridícula unanimidad. Y otro más oscuro: ejercer un control absoluto sobre un público cautivo, lo cual, por cierto, es típico de todas las dictaduras, ya sean zurdas, de derecha o ambidiestras.

Pero ¿alguien se ha sorprendido de veras con esa inocua declaración de la UNEAC? Creo que era previsible en esencia. Lo que no era tan previsible es el tono manido, lleno de lugares comunes, no propio realmente de la inteligencia que sobra en la UNEAC. Como dice Fefé, ¿a qué viene ese cuento de los "anexionistas", sino a la más pura retórica de las mesas redondas y de la llamada batalla de ideas —agregaría yo? Descalificar siempre al adversario o a cualquiera que tenga una opinión diferente ha sido, como se sabe, una práctica permanente.

Mas todos estos argumentos los expreso, lo confieso, desde un hastío o un tedio infinitos. Siempre queda como un sabor amargo, como si uno viviera una infinita posposición…, ay, cuando la vida es una sola y tan breve… Luego de casi medio siglo de práctica autoritaria y antidemocrática, es decir, de representación teatral ¿qué se puede esperar en realidad? El sabor más amargo se tiene —al menos ese es mi caso y comprendo que en otros no sea así— cuando al final de la declaración se mencionan jubilosamente a los dos principales responsables ya no sólo del pavonato sino de la triste y compleja historia —con zonas luminosas también ¿qué duda cabe?— de la llamada política cultural de la revolución. Pero eso era acaso lo más previsible. ¿O no?

Como siempre, el pueblo de Cuba es el verdadero ausente de todas estas representaciones. Un pueblo que no merece, para sus gobernantes, ya no conocer las opiniones críticas o testimonios de los intelectuales llamados contrarrevolucionarios, "enemigos" o fantasmales "anexionistas", etcétera —"¡Que se vaya la escoria, que se vayan los homosexuales!", ¿no recuerdan el periódico Granma del año ochenta, por cierto, ya sin Pavón?—, sino ni siquiera los juicios críticos y testimonios —ah, la memoria, qué peligro— de los considerados revolucionarios.

Quisiera equivocarme, pero, en fin, tristemente, en esta ocasión, visiblemente o según imagen (diría Lezama), como en tantas otras, "no hay nada nuevo bajo el sol". De manera que no se preocupen, amigos y colegas intelectuales cubanos, de adentro y de afuera de Cuba, pueden dormir tranquilos, pues, al menos por ahora, no pasará absolutamente nada —visiblemente, quiero decir.