Actualizado: 03/04/2020 11:38
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Artes Plásticas

Un evento histórico casi postcastrista

La exposición 'Killing Time' en Nueva York: Una insurrección del arte cubano en las narices de la izquierda norteña. Ver galería.

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Uno de los epítetos manidos del castrismo para calificar la ideologización trascendente de un suceso es "evento histórico". No importa si el hecho reúne el requisito para ocupar un lugar en la memoria colectiva, lo que importa es que sea negociable para la propaganda oficial.

La historicidad se la agregará a posteriori algún politólogo del Consejo de Estado. Por ello, si en pleno Nueva York, en el corazón del gran imperio, se genera un acontecimiento connotado para el arte cubano del último siglo y que, sin embargo, contiene todas las cualidades que lo hacen material excepcionalmente indeseable en la historicidad revolucionarista, su condición antagónica al "evento histórico" del socialismo caribeño le imprime por lógica sospecha una significación digna de documentar.

En el caso de Killing Time (Matando el tiempo), inaugurada el pasado 12 de mayo en la galería Exit Art (475 10 Ave.), en la cual participan obras y desempeños de más de setenta artistas residentes dentro y fuera de la Isla, lo sospechoso se originó desde la convocatoria propiamente, que anunciaba a posibles candidatos de ambas orillas el propósito de rememorar las inolvidables jornadas del arte de los ochenta en la Isla. Aquella década que subvirtió el monótono panorama de la plástica cubana de los setenta, transformando y revitalizando drásticamente los recursos expresivos y cambiando el rumbo del discurso visual hacia términos de contracultura y postmodernidad.

Remembranza de los ochenta

A quienes estuvimos atentos a ciertos detalles de la preparación de Killing Time, se nos hacía difícil conciliar la idea de un intercambio con pretensiones apolíticas entre invitados de ambos escenarios, en un marco de referencias a motines del talento tan críticos y tan provocadores hacia el modelo totalitario, hasta el punto de haber sido objeto, durante esos años, de hostigamientos y cárcel por parte del régimen.

Sin embargo, las jornadas inaugurales de la muestra en sí nos apercibió de que había existido cierta táctica diversionista entre los curadores para obtener el espacio y la promoción de lo que en verdad se convertiría en una conmemoración del surgimiento del arte contestatario en la Isla y su legado de continuidad en las generaciones posteriores, aun más allá de las ideologías.

No hubo funcionarios de La Habana invitados, como se rumoraba, ni mediatizaciones a la hora de mostrar al público anglo —en un circuito usualmente simpatizante con el liderazgo de Castro— las verdades precarias que el denominado nuevo arte cubano tuvo que sortear, entre ellas la censura y las represalias de la cultura oficialista, y hasta la acción directa del aparato represivo.

Se esperaba la participación de un grupo de artistas de la otra orilla, lo cual se malogró por los consabidos problemas de visado. Lamentable, porque su concurrencia hubiera elevado la temperatura emocional del encuentro. Aun así, los que asistimos al acontecer inaugural de la muestra fuimos testigos de una conmovedora remembranza del espíritu de los ochenta, donde se respiraba la causticidad de las estrategias del arte de aquella etapa.

Pinturas, instalaciones, vídeos, reproducciones gráficas, esculturas, todo un conjunto de calidad estética balanceada, eficazmente distribuida por la mano curatorial, que a su vez había dispuesto de una vitrina y un amplio panel de dos caras para ofrecer profusa información documental acerca del fenómeno renovador de entonces y sus principales protagonistas. Una memorabilia que se debe al empeño coleccionista de Glexis Novoa, uno de los comisarios de la exposición, y al préstamo generoso por parte de algunos de los artistas.


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Performance de Maritza MolinaFoto

Performance de Maritza Molina. (PEDRO PORTAL)

'Killing Time'