Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Un regalo de cumpleaños

'Viaje a los frutos', un texto laudatorio sobre Fidel Castro que manipula a conveniencia a quienes desprecia.

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La Historia como pantomima

Trascribamos la conclusión infantil, o deseosa de convencer a presuntos retrasados mentales, de Acosta. Dice: "Aquí están los documentos. Ya es demasiado tarde para escamotearlos o esconderlos, o para quemarlos, como acaba de suceder en el Irak liberado por las tropas yanquis. Ya perdieron esta pequeña batalla y, además, toda la guerra". Así de fácil. Parece que le habla a unos niños (en realidad, a un público lector que se quiere cautivo y pasivo receptor). Da vergüenza ajena. Es que no merecería más comentario quien hace de la Historia —la compleja, la dolorosa, la controvertida, la polémica, la devastadora Historia— una simple pantomima.

Hay otra cuestión en el prólogo de Acosta que no puede soslayarse. Uno de los documentos realmente más interesantes publicados en este libro para poder comprender la historia secreta de la política cultural de la revolución, es la carta dirigida a Osvaldo Dorticós y a Fidel Castro por Alfredo Guevara, con fecha 1 de julio de 1960, y que a todas luces fue el detonante decisivo para la convocatoria a las reuniones ocurridas en la Biblioteca Nacional, conocidas como "Palabras a los intelectuales".

En esta carta se acusa a los escritores de Lunes de Revolución —sin mencionar ningún nombre de tratar de defender una falsa unidad de los intelectuales en torno a la revolución con el fin "de la subordinación de todo el movimiento intelectual cubano a sus falsos y equívocos criterios estéticos". Guevara había enumerado antes los ataques desde Lunes…, contra su persona y el ICAIC, contra Alicia Alonso y el Ballet Nacional, contra Orígenes, entre otras muchas imputaciones. Lo curioso es que, por ejemplo, tanto Piñera como Sarduy eran constantes colaboradores de Lunes

Pues bien, aunque este es un tema que no puedo agotar aquí, al menos no puedo dejar de citar la conclusión que Acosta extrae de aquella crítica de Alfredo Guevara desde el presente. Según Acosta, el principal valor de esa crítica es que, "en fecha temprana, haya desmentido la aparente imagen seráfica de quienes hoy se reputan como demócratas y libertarios inmaculados, en el fondo, oscuros egoístas, unos con talento literario, otros sin él, todos con el ojo puesto en la conveniencia y el lado muelle donde se vive mejor".

No creo que resulte muy difícil colegir que Acosta se refiere aquí a quienes han marchado al exilio, pero es tan inhábil políticamente que no se da cuenta de que, junto a los que marcharon al exilio de Lunes… —Calvert Casey, Severo Sarduy, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante (director), Rine Leal, Manuel Díaz Martínez, etcétera—, estaban (con semejantes actitudes y "criterios estéticos") Virgilio Piñera, José Rodríguez Feo, Pablo Armando Fernández (subdirector), Antón Arrufat, Humberto Arenal, Ambrosio Fornet, Jaime Sarusky…

Según la entelequia simplona de Acosta, ¿acaso los que se fueron son los malos y los buenos los que se quedaron? Y si fuera así, ¿por qué las humillaciones a muchos de los que se quedaron?

Como casi siempre, Acosta "despacha" la compleja historia cultural de la revolución de acuerdo con sus urgencias políticas del presente, con una simplicidad, una previsibilidad, un reduccionismo y un empobrecimiento conceptual paradigmáticos de un improvisado pero harto peligroso comisario político. Porque al lado de la obra intelectual de los nombres citados —más allá de sus variadas o diferentes opciones políticas—, ¿cuál es la obra intelectual de Eliades Acosta? ¿Qué otra cosa que su dócil incondicionalidad ("asalariados dóciles al pensamiento oficial", fue una frase de Ernesto Guevara en El Socialismo y el hombre en Cuba) a una dictadura totalitaria puede ofrecer como respaldo de sus opiniones?

Medio siglo y pocos análisis

Regresemos propiamente al libro que motiva estos comentarios y hagamos una breve descripción de él. Es muy significativo que casi la mitad de los textos antologados hayan sido escritos inmediatamente antes del triunfo de la Revolución, o en sus primeros años (la mayoría en 1959 y 1960), hasta 1965: en total 36 de 55, y 126 páginas de 200 (la mitad casi exactamente, si descontamos las primeras 27 páginas, ocupadas por el prólogo de Eliades y dos textos introductorios de Ana Cairo, la compiladora). ¿Por qué esta desproporción evidente? ¿Por qué tantos al inicio y, en comparación, tan pocos después? Dejo al lector que se haga su propio juicio al respecto.

Una gran cantidad de textos son poemas —veinte en total, del español Alberto Bayo, Ernesto Che Guevara, Carilda Oliver Labra, Pura del Prado, Jesús Orta Ruiz, Nicolás Guillén, Justo Rodríguez Santos, Ángel Augier, Mirta Aguirre, Virgilio López Lemus y Nancy Morejón—; poemas, cómo decirlo, francamente malos, al menos a mi juicio. Advierto: se anuncia para la tercera edición de este libro, ¡canciones! Hay tres textos del propio Fidel Castro —dos cartas y una reflexión sobre su oratoria.

Del resto, aparte de los testimonios de los primeros años de la Revolución, algunos comprensiblemente emotivos o motivados por una sana utopía patriótica, otros ya aludidos aquí (los de la mesa redonda, por ejemplo), apenas alguno se destaca por un desarrollo coherente, más allá de la alabanza, como sería hasta cierto punto el caso de "Fidel Castro entre los intelectuales cubanos", de Ana Cairo, un texto periodístico de Mañach, la carta mencionada de Alfredo Guevara, un fragmento de Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier, y alguno que otro más, entre ellos, el de Gabriel García Márquez, "El oficio de la palabra hablada".

Los otros autores son, aparte de los ya mencionados a lo largo de este comentario, Emma Pérez, Marcelo Pogolotti, Waldo Medina, José Lezama Lima, César García Pons, Alejo Carpentier, Loló de la Torriente, Emilio Roig de Leuchsenring, Antonio Núñez Jiménez, Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Splenger, Miguel Barnet, Ernesto Vera, Osvaldo Martínez y Axel Li (este último hace una introducción a la galería de imágenes plásticas de Fidel Castro que se incluye como colofón del libro).

Así, pues, la cualidad tantálica del ídolo también se manifiesta aquí. Pues, ¿cómo es posible que en casi medio siglo de reinado absoluto haya un saldo tan pobre en análisis y valoraciones insulares ("revolucionarias", quiero decir) sobre la figura del líder carismático: el revolucionario, el orador, el guerrillero, el estadista, el político…, para no hablar del economista, el médico, el deportista, el científico, el periodista, incluso hasta el amo de casa… en jefe?

La propia Ana Cairo sugiere una contradicción: ¿cómo es posible, parece decir, que nadie se haya percatado antes de que Fidel Castro no es miembro de la UNEAC? Se olvidó al escritor, al artista, al intelectual en jefe. ¡Qué injusticia! Cuando la loa y la reverencia suplantan al análisis, se hace más evidente el tantalismo de un dictador, el legítimo miedo casi atávico que produce. Sólo quedan entonces dos caminos: el del silencio —la suspensión de todo juicio crítico— o el de la genuflexión, la alabanza acrítica, el ditirambo versallesco, la idolatría de la imagen.

El ilusorio presente

Para concluir, con respecto al ídolo, hay que recordar acaso las inmortales "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique:

"Pues si vemos lo presente, / cómo en un punto s'es ido / e acabado, / si juzgamos sabiamente, / daremos lo non venido / por passado. / Non se engañe nadi, no, / pensando que ha de durar / lo que espera / más que durar lo que vio, / pues que todo ha de passar / por tal manera".

Todo texto en cierta forma es póstumo (como toda persona). Todo presente se hace irremediablemente pasado. Todo futuro lo será también. La Historia, o Dios del futuro, como sentenció una filósofa críticamente. El "asalto al cielo" o la tierra prometida, o la utopía de la Historia, de fuente judeocristiana.

Por eso, esa lucha por la memoria, el legado históricos —como tan bien ilustra Rafael Rojas en su último libro, Tumbas sin sosiego—, parece ser uno de los pilares ideológicos de una compilación como Viaje a los frutos, que intenta domeñar el futuro (para en realidad controlar el pasado), es decir, organizar (construir) la memoria presente y por venir. Sólo que en el propio intento, ay, está implícita una profunda conciencia de la caducidad. En realidad, sólo les interesa —política y descarnadamente hablando— el ilusorio presente, donde detentan su fugitivo, perecedero pero intolerable poder.


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