Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Un regalo de cumpleaños

'Viaje a los frutos', un texto laudatorio sobre Fidel Castro que manipula a conveniencia a quienes desprecia.

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Al fin ha llegado a mis manos un curioso libro sobre el que ya tenía noticias: Viaje a los frutos (La Habana, Ediciones Bachiller, 2006), compilado por la profesora e investigadora Ana Cairo. Con ese título tan metafórico, acaso el lector recuerde aquellos poemas de inicios del siglo XIX de Zequeira y Rubalcava sobre las frutas cubanas, o aquellos Fruticubas, rápidamente desaparecidos, de fines de los sesenta. Pero no es así.

Está tomado del título de un artículo del autor de Viaje a la semilla, Alejo Carpentier, nada menos que sobre el 26 de julio de 1953. (En escandalosa errata, en su introducción —página 23— se afirma que dicho acontecimiento ocurrió ¡el 26 de julio de 1952!). Porque la compilación de Ana Cairo (ya en su segunda edición y prometen una tercera) se centra en la figura de Fidel Castro Ruz, visto por numerosos intelectuales, todos cubanos, con la excepción de tres —un español, un argentino y un colombiano.

Para justificar la inclusión de Gabriel García Márquez, a la profesora no se le ocurre nada mejor que declararlo "hijo adoptivo" de Cuba. Sin embargo, a pesar de que declara que el libro no es exhaustivo, deviene al menos extraña la exclusión, por ejemplo, de laudatorios poemas recientes de Pablo Armando Fernández y Humberto Arenal, u otros más antiguos de Raúl Hernández Novás y de otros poetas nacionales…

Incluso —a partir del criterio tan amplio de selección de textos que este libro sustenta (ya se verá por qué afirmo esto)— no se explica la ausencia del conocido ensayo de José Lezama Lima, El 26 de julio, imagen y posibilidad. Claro que en todo momento parto de la naturaleza alabanciosa (cuando no cortesana en muchos casos) de este libro, pues si se incluyeran textos negativos o a lo sumo críticos —pero, qué digo, ¿puede ser eso posible acaso dentro de la llamada democracia socialista insular?—, el libro podría aumentar su extensión considerablemente, eso sí, si se considerara cubanos a muchos intelectuales que han abandonado el país.

Claro que sería hilarante poder leer ciertas páginas de Reinaldo Arenas, por ejemplo, pero no, eso es imposible, pues "Esos no son cubanos…", parafraseando una canción una canción que debe gustarle mucho a Eliades Acosta.

Tradición laudatoria

Lástima que no se declarara post mórtem también "hijo adoptivo" a Pablo Neruda. Así se habría podido incluir su conocida oda a Fidel Castro. Pero acaso eso habría hecho recordar su anterior oda a Fulgencio Batista y Zaldívar. Libro interesante también podría ser uno hecho con ditirambos a Stalin, para así poder leer, junto al de Neruda, el de la criolla Mirta Aguirre, quien no vacila en declarar, parafraseando a Emil Ludwig, que en sus "bellas manos tranquilas" (¡las de Stalin!) pondría sin vacilar con confianza a sus hijos…

Pero no nos asombremos. Hay una larga tradición lírica, al menos en nuestra lengua, de poesía llamada civil o patriótica, o exactamente cortesana, que comete poemas alabanciosos a reyes, aristócratas, capitanes generales, presidentes, generales y dictadores de toda laya. Es asombroso que, por ejemplo, antes de 1810, los mismos poetas hispanoamericanos que cantaban con odas clásicas a los Borbones, inmediatamente entonaran a partir de esa fecha simétricas odas a Bolívar u otros próceres de la guerra de independencia.

Por otro lado, ironías aparte, no encuentro nada estrictamente reprobable en compilar un libro con juicios, testimonios, poemas, cartas, entrevistas, etcétera, sobre una figura pública tan importante en la historia de Cuba y en la historia en general del siglo XX. Salvo en Cuba, numerosos libros ya se han escrito sobre Fidel Castro y, seguramente, después de su muerte, se cometerán muchísimos más. Lo que me parece reprobable (además de previsible) en la compilación comentada, es el costado demasiado visible en su cortesanía, salvo poquísimos textos.

Hay una suerte de pudor, de vergüenza ajena, de sabio escepticismo, que inhibe escribir loas —más allá incluso de la afinidad ideológica o no— de figuras públicas con tanto poder personal sobre una nación. Pero qué se puede esperar de un libro que se configura expresamente como un regalo de cumpleaños.

'La Pasión' de Castro

En su prólogo, por cierto, de una elocuencia y una retórica líricas insoportables, el ya mencionado Eliades Acosta Matos comienza diciendo: "La nación cubana se acerca al ochenta cumpleaños de Fidel". Y, simétricamente, en sus últimas líneas, se deja leer: "Este 13 de agosto, Comandante, celebra la nación cubana su propia pasión (el subrayado es mío). Lo hace de la mejor manera: combatiendo". Alguien podría acotar: "sobremuriendo", pero en fin… También la compiladora, para que no quede duda alguna, comienza así su introducción: "El intelectual Fidel Castro cumple ochenta años". Vamos, y eso que no hay culto a personalidad…

Es decir, parece que esa fecha es la que imanta a la nación entera. Pero ya estamos ciertamente algo acostumbrados a estas teleologías, pues también se nos ha dicho, por ejemplo, que la nación u Orígenes, van hacia José Martí, o que Orígenes ocurrió porque era una cultura para la Revolución, etcétera… Pero además, en lenguaje casi religioso, diríase que se emula con la pasión de Cristo…. ¡Por Dios mismo, y por este humilde lector, un poco de pudor o de piedad, por favor!
Como siempre ocurre con estos personajes, ellos hablan en nombre del pueblo, de la nación, toda vez que también ellos nos dicen qué es el pueblo, qué es la nación y, sobre todo, quiénes la componen o no. Como una suerte de vulgarización del principio antrópico, todo existe para la revolución cubana y especialmente para Fidel Castro. Entonces, después de su muerte, según esta lógica, el futuro existirá también pero al revés, es decir, fluirá hacia Fidel Castro… Oportunismo o cortesanía aparte ( guataquería, se dice en buen cubano) —véase, por ejemplo, el inusual, por extenso, listado de agradecimientos—, aquí la concepción filomarxista, judeocristiana, es evidente, sólo que han cambiado al ídolo religioso por otro netamente histórico.

Pero la manipulación o el dogmatismo no se limitan a estos eventos. El propio prologuista se encarga de desnudar (torpemente, por cierto) sus intenciones. Aparte de establecer durante todo su texto esa metafísica identidad entre la Historia y un individuo concreto —ya sabemos: la Patria, la Revolución, el Socialismo y Fidel Castro (la otra opción es la Muerte, como todos recordarán)—, el historiador Eliades Acosta —hoy flamante comisario ideológico para la cultura del PCC— peca de infantilismo político o de procaz paternalismo (o insulto a la memoria histórica del presunto lector cautivo de la Isla), cuando nos revela algunos de los superobjetivos ideológicos de esta compilación.

A saber: "demostrar" (así lo dice dos veces, como si de comprobación irrefutablemente científica se tratara) "con estos textos que es parcial o falsa la imagen inapelablemente hostil, acuñada por algunos, de que Virgilio Piñera, Mañach, o Severo Sarduy, se enfrentaron tempranamente con la Revolución o descreyeron de sus líderes".


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