Actualizado: 22/01/2022 2:37
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Un vals en el Almendares

A cincuenta años de la muerte de Erich Kleiber, el más grande director sinfónico de la República.

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Con ello se olvidaba (o más bien se ignoraba) que el director austriaco se tomó muy en serio lo de la superación técnica de la orquesta, y que, según un precepto muy particular suyo, toda orquesta sinfónica, para poder aspirar a la condición de tal, debía conocer a fondo las nueve sinfonías del Gran Sordo de Bonn y ejecutarlas "bajo una misma mano, para que advierta la continuidad y el desarrollo de un estilo".

Consecuente con ese principio, interpretó en Cuba las nueve sinfonías, algunas en más de una ocasión. Por último, cuando figuras como Ardévol o Gramatges le reprochaban a Kleiber no estar compenetrado con nuestro mundo cultural, olvidaban la profunda y sincera admiración del austriaco por la truncada obra de Roldán y Caturla, y soslayaban al mismo tiempo las fraternas relaciones del vienés con los músicos de la orquesta o con intelectuales cubanos como Wifredo Lam, Julián Orbón o el propio Alejo Carpentier (el único que, dicho sea en su mérito, intentó revindicar la figura y los esfuerzos del vienés después de 1959).

La partida

En marzo de 1947, Kleiber partía definitivamente de La Habana rumbo a Buenos Aires. Su labor en Cuba, sin embargo, como auguró Hilario González en un artículo en Hoy, iría "engrandeciéndose con el devenir de la historia". En unas inspiradas palabras publicadas en Carteles con motivo de la muerte del director en 1956, el crítico Antonio Quevedo apuntaba:

"Para él [para Kleiber], el podium de una orquesta no era pedestal sino púlpito, y con esa mira tan elevada dirigió durante tres temporadas enteras nuestra Orquesta Filarmónica de La Habana, llevándola a un grado de perfección que nunca tuvo hasta entonces, y —podemos afirmarlo sin herir susceptibilidades— no volverá a tener mientras no surja otro Kleiber con distinto nombre que la levante de nuevo".

Así fue. Y así ha sido. Las emotivas palabras de Quevedo han conservado su carácter profético hasta hoy. El Patronato continuaría sus actividades unos pocos años más hasta 1950, fecha en que quedaría disuelto definitivamente. Su decadencia había comenzado hacia 1945, desde el momento en que su fundador y generoso mecenas, Agustín Batista, "trasladó la prioridad de su talento organizativo para otra actividad, menos espiritual pero más rentable, poniéndola al servicio de The Trust Company of Cuba, un banco quebrado que comprara en 1943 para convertirlo, como hizo también con la orquesta, en el primero de Cuba".

Salvo el breve período en que la orquesta fue dirigida por el argentino Juan José Castro (1947-1948), por su estrado desfilaron varios directores ocasionales de probado talento, pero sin la capacidad ni el interés por trabajar en favor de una superación de la orquesta. Cuando en 1950 se produce el cisma definitivo entre los músicos y el Patronato, comenzaría lo que un instrumentista de aquella gloriosa agrupación denominaría el período de "declinación y muerte" de la Orquesta Filarmónica.

La partida y la renuncia de Kleiber, por tanto, fueron en cierto modo el primer episodio en el proceso de decadencia de una de las instituciones culturales más importantes de la República.


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Alejo Carpentier, Erich Kleiber y Wilfredo Lam (de izq. a dcha.)Foto

Alejo Carpentier, Erich Kleiber y Wilfredo Lam (de izq. a dcha.).