Actualizado: 05/12/2019 10:02
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A Debate

Una opinión

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Dirigí para la TV Cubana el programa de cine 24 por Segundo durante 32 años. El programa lo concebía en el ICAIC, se producía técnicamente en el ICRT y allí se sometía a su aprobación para ser trasmitido cada semana nacionalmente. Existía pues en la frontera de dos organismos con disímiles enfoques de la cultura, la política y la ideología, es decir, con una interpretación distinta del precepto que presidió y rige hasta hoy la política cultural revolucionaria: "Con la Revolución todo, contra la Revolución nada". Afirmación que analizada con rigor y no con la idolatría que da valor de artículo de fe a las declaraciones descontextualizadas y les hace perder la relatividad histórica de su significado, evidencia la siniestra perennidad que avala y le da su carácter de dogma al sobreentendido, sólo aparentemente ambiguo, de a quien corresponde decidir lo que es o no revolucionario, lo que es oportuno o no decir o discutir, la información que se puede o no recibir, el derecho o no que se tiene para discrepar de tal o más cual decisión, lo que corresponde o no a una moral revolucionaria y así hasta el infinito… Mi participación en este debate quisiera dirigirlo a refrescar con mi modesta experiencia la memoria histórica que subyace en las causas de estos lodos…

Esquematizando, y sin entrar en los aspectos contradictorios que cualquier política sufre por la naturaleza humana imperfecta de sus hacedores y por las coordenadas históricas en las que tiene que expresarse y operar, ICAIC quiso decir en este país, durante muchos años, una política cultural más abierta, tolerante y antidogmática, que permitió una variada oferta cultural y recreativa en su programación cinematográfica. Significó también una producción de cine nacional que ha intentado testimoniar su tiempo, con mayor o menor rigor en la profundidad conceptual y expresión artística de sus realizadores, aunque siempre dentro del marco de las coordenadas impuestas por una censura que ha marcado sus tabúes no escritos a través de un código silencioso, pero por todos conocido y, hasta ahora y con contadas excepciones, con más resignación sufrido que combatido.

ICAIC significó, sobre todo —aunque no siempre— la resistencia y la recuperación contra los "errores" de esa intolerancia y ese dogmatismo, signados por la otra política que, abierta o solapadamente, según la coyuntura y la conveniencia táctica del momento, ha ejercido el control de los medios de comunicación siguiendo las orientaciones directas del aparato ideológico del Partido —que, contra la voluntad mistificadora de ciertos burócratas que se escudan en su invisibilidad, no es un ente abstracto y sí una asociación humana depositaria de virtudes y defectos de hombres con nombres y apellidos que toman decisiones correctas o equivocadas. Tendencia que históricamente se ha manifestado agresivamente contra la cultura y sus creadores y ha representando durante ciertos períodos la expresión de una política oficial concreta y poderosa contra la cual ha tenido que luchar para sobrevivir esta otra concepción tachada de hipercrítica, floja y blandengue, elitista, perestroikista, y, en círculos más cerrados, reconocida como antipatriótica y contrarrevolucionaria. Tendencia que también, y para desdicha de los inquisidores, forma parte de esa corriente de pensamiento ético integrado a un proceso auténticamente revolucionario que ha pretendido no convertir en una paradoja negacionista la voluntad de ofrecer educación y cultura a su pueblo para después negarle participación intelectual activa en el reconocimiento y transformación de su realidad, no sólo obedeciendo o siguiendo orientaciones, sino opinando, coincidiendo o discrepando como conciencia crítica de su propia condición ciudadana.

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Inmerso en este contexto, simplificado por la necesidad de síntesis de estas líneas y porque todos sabemos de lo que estamos hablando, 24 por Segundo pasó por la confluencia de todos los períodos albos, grises y negros, todos marcados por la desconfianza sistemática a la espontaneidad de una opinión, al lenguaje directo que llama las cosas por su nombre, a la referencia crítica que se aparta de un diktat oficial y que analiza un fenómeno en su complejidad ideológica. En un afán velado por hacerlo desaparecer, el programa cambió de horario y canal infinidad de veces. Muchas veces tuve que discutir acaloradamente para defender su concepción y no pocas protestar por su suspensión. De lo sublime a lo ridículo y por las más disímiles causas, el programa no salía al aire ya fuera por la aparición de un desnudo o escena de sexo justificados dramáticamente en el fragmento de un filme que servía para ilustrar un tema más significativo; por la imagen de un actor extranjero o la mención a algún director que en algún lugar hubiera firmado una oscura declaración contra la Revolución —sin que esto lo supiera, como es lógico, el público espectador—; por una mala palabra dicha en tiempo y forma, pero que "per se" contradecía el principio de que el medio debía promover la buena educación; por la afirmación, herética en los días de la hermandad con los países socialistas, de que la mayoría de los filmes exhibidos provenientes de estas cinematografías no establecían una comunicación con el gran público; y claro, por otras múltiples consideraciones que ahora no recuerdo. Ahora bien, el área más conflictual del programa eran los comentarios sobre temas referidos al cine nacional que abordaban aspectos controvertidos de la realidad, en contradicción con la imagen aséptica difundida históricamente por los medios de información. Así pues, el contenido del programa fue muchas veces censurado y prohibida su difusión ante mi negativa de cortar aquello que incomodaba a los pequeños y grandes censores que aplicaban la reglamentación de lo que se podía o no decir públicamente, siempre con el pretexto de velar por el carácter educativo e ideológico del medio. Vale decir, subvalorando el tan predicado alto nivel cultural de nuestro pueblo que, según los patrones de estos veladores de la ortodoxia revolucionaria, debía ser "orientado". Razón que explica la deformación de darle a la población las cosas digeridas, la interpretación confiada al especialista, el análisis realizado por el que sabe y esta avalado para decirle a la gente cómo tiene que pensar, aunque demagógicamente se le invite a que se forme su propia opinión. El especialista, sea crítico de arte, periodista, historiador, sociólogo, científico, artista, político o lo que sea, es necesario como instrumento de revelación y no en su mediación deformada como sordina de las contradicciones, encubridor de la realidad o sustituto del necesario debate y de la participación del que lo escucha.

Así también muchas películas cubanas estuvieron y están prohibidas en la TV porque no se ajustan al patrón de encartonamiento ideológico preconizado por una visión unívoca que rechaza, como juez y parte, el principio esencial que mantiene a una Revolución viva y perdurable: la dialéctica, el reconocimiento de las contradicciones y la necesidad del cambio. Un breve recuento hecho sin mucho rigor y sólo a modo de ejemplo arroja más de 20 filmes cubanos producidos en diferentes décadas, sobre todo los producidos a partir de la crisis de los 90, que nunca han sido exhibidos por la TV. Considerando la cantidad de cines cerrados por el deterioro de sus instalaciones y otros que pugnan por mantenerse abiertos a pesar de la mala calidad de sus proyecciones, la falta de aire acondicionado y el pésimo estado de sus butacas y condiciones higiénicas, amén de la dificultad del transporte que también ha afectado la frecuentación a los mismos, cabe preguntarse cuántos espectadores potenciales pierde nuestra cinematografía por esta prohibición no escrita ni reconocida oficialmente que enajena su producción, concebida por y para su público nacional. La lista puede incluir otros y quizás algunos más recientes que olvido involuntariamente. No menciono los filmes por su calidad artística o su rigor conceptual, los hay buenos, malos y regulares y no creo que se deba a consideraciones estéticas la razón por la cual no son exhibidos. Sobran los referentes de filmes extranjeros de pésima calidad exhibidos por la TV.


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