Actualizado: 20/07/2019 13:00
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'PM': Sueño y pesadilla

El documental cubano más debatido y la disyuntiva entre lo festivo y lo religioso-revolucionario.

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Las disposiciones que en 1968 prepararon la movilización total de los años "del Esfuerzo Decisivo" y "de los Diez Millones" podrían verse, a propósito, como la más nítida expresión del esfuerzo gubernamental por imponer radicalmente a lo largo de la Isla la modélica escena descrita por Waldo Frank. Si este notaba que los obreros, aunque bebían, no llegaban a emborracharse toda vez que otra embriaguez, la revolucionaria, los mantenía resguardados, ahora el Estado protegería a los ciudadanos de la "curda" prohibiendo, en nombre de la Revolución, el expendio de alcohol.

El 13 de marzo, en el discurso que dio inicio a la Ofensiva Revolucionaria, Castro no anunció sólo que, como parte de la cruzada contra los últimos reductos de propiedad privada, se intervendrían los bares privados, sino que afirmó que "mientras menos bares queden, privados o públicos, mejor". Dos días después declaraba en otro pedagógico discurso que se habían clausurado todos los bares pues no había que promover la "borrachera, sino el espíritu del trabajo".

Junto con la defensa nacional, la productividad determina una movilización total de la vida que criminaliza el gasto de energía de la borrachera. De un lado: la zafra de los 10 millones —"algo más que una meta económica (…) una cuestión de honor para esta revolución"—; del otro, cuestiones menos "vitales", el ocio y la recreación han de quedar reducidos a espacios bien delimitados como los clubes obreros.

La 'debilidad' habanera

El costado evidentemente fascistoide de semejantes decretos no sólo radica en su mística de la milicia y, sobre todo, del trabajo, sino también en el propósito de integrar toda festividad a la ideología. Nada debe dejarse a la iniciativa individual en una sociedad fuertemente cohesionada por la nueva religiosidad revolucionaria. Nada al margen de la férrea economía de la defensa y la producción.

Hay aún otro punto fundamental que relaciona la prohibición de PM con estos fundamentales discursos de Castro: su señalamiento de La Habana como foco fundamental de las "debilidades burguesas". Algo parecido hallamos en el prólogo a El derrumbe, de José Soler Puig, donde Portuondo, aludiendo claramente a Lunes, critica el "esnobismo y la blandenguería" de los círculos intelectuales habaneros y anuncia que la verdadera literatura de la revolución vendría de las provincias orientales.

Más que la ideología revolucionario-conservadora de "la tierra y la sangre", nutrida desde luego del anatema bíblico a la urbe pecaminosa, lo que parece subyacer a estos señalamientos del Comandante y su comisario es el deseo comunista de superar de una buena vez la diferencia entre el campo y la ciudad, que los camaradas Mao y Pol Pot llevarían a extremos inimaginables.

El resultado es, en todo caso, la provincianización de la ciudad capital y la destrucción del mundo nocturno registrado por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez en los primeros meses de 1961, justo cuando la invasión de Girón propiciaba la generalización del terror revolucionario.

PM parece tener, entonces, algo de réquiem; como si a la objetividad del free cinema subyaciera algo del ansia romántica por captar lo que cede bajo la rueda de la historia. El documental más debatido del cine cubano es también un testimonio de ese momento único —intempestivo diríamos— en que el pueblo se había sacudido la abominable tiranía de Batista y la nueva, más larga y oprobiosa de Castro no había comenzado aún.

Memento de ese instante en que el sueño se trueca en una pesadilla de la que aún no despertamos, PM puede hacernos recordar la percepción de Lorenzo García Vega de la historia de Cuba como una especie de "churumbela onírica". Décadas de dictadura en nombre de la revolución han convertido la alegría del triunfo de enero y la juerga en los bares del Muelle de Luz y los cabaret de la Playa en algo tan inconsistente como una churumbela onírica.

De cierta manera, han transformado la realidad en ficción. ¿No es cierto que mucho de PM semeja un sueño: el blanco y negro, la sucesión de situaciones sin progresión dramática, las luces y el sonido de fondo? Esas botellas en los bares son de un ayer soñado. Esos negros vestidos con trajes, ¿cuándo existieron?

Una cosa sí parece clara, más allá de toda especulación: mientras la destrucción de Cuba se profundiza, resulta evidente que la gran conquista de la revolución de 1959, el legado suyo que ninguna restauración podrá echar por tierra, no es otro que el haber acabado con el uso cotidiano del traje.


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