Actualizado: 11/11/2019 11:18
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Religión

«El futuro está en manos de las altas esferas del poder»

Entrevista a Dagoberto Valdés, director de la revista 'Vitral' y del Centro de Formación Cívica y Religiosa de la Diócesis de Pinar del Río.

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Desde que a fines de julio de 2006, Fidel Castro dejó el poder formalmente, para Cuba y para la Iglesia católica cubana se ha iniciado la gran vigilia. El destino es más que nunca incierto. Pero la meta hacia la cual los católicos apuntan resueltamente se define con una palabra: libertad. Uno de los más autorizados testimonios de este camino de la Isla y de Iglesia cubana hacia la libertad es Dagoberto Valdés, fundador en 1993 del Centro de Formación Cívica y Religiosa de la diócesis de Pinar del Río y en 1994 de la revista católica Vitral.

Desde afuera parece que Cuba vive en una situación de extrema 'incertidumbre', tal y como usted escribió en su último editorial. ¿Desde adentro las cosas se están empezando a percibir de manera distinta o la situación sigue siendo la misma?

Creo que la situación desde dentro sigue siendo de incertidumbre y de expectativa. La incertidumbre se debe, sobre todo, a la falta de información sobre lo que pasa aquí y a que el futuro está en manos, no de la ciudadanía soberana, sino en las de las más altas esferas del poder político. A la incertidumbre se unen las consecuencias de un daño antropológico, que ha provocado en la mayoría de los cubanos una "cultura de la dependencia", y el control totalitario, que impide que cada persona desarrolle plenamente su libertad y su responsabilidad.

¿Qué papel ha jugado y juega la Iglesia en esta delicada fase de transición hacia una Cuba que todos esperamos sea 'justa, libre y solidaria', usando las palabras del cardenal Jaime Ortega y Alamino?

En primer lugar, la Iglesia ha sido la única institución presente en toda Cuba, con un tejido capilar y articulado, que se ha mantenido durante el último medio siglo con autonomía e independencia del Estado. Eso la distingue del resto de los espacios de la sociedad cubana y la coloca como sobreviviente de la sociedad civil, que fue desarticulada minuciosamente por el socialismo real.

Desde ese espacio en la sociedad civil cubana, que desde hace unos años vuelve a reconstruirse muy lentamente, la Iglesia ha jugado un papel de acompañamiento y espacio de participación para aquellos que se han acercado a ella y aun para aquellos que desde lejos la miran con interés. Ese acompañamiento es alimento espiritual, asistencia religiosa, pero también —y motivado por esa misión religiosa precisamente encarnada en la situación histórica— la Iglesia ha dado educación ética, formación cívica, entrenamiento en la participación y la responsabilidad comunitaria, aliento en la desesperanza, motivos para permanecer arraigados en nuestro país, educación para la libertad, la justicia y la paz.

¿La Iglesia está siendo firme y valiente en su relación con el poder político? ¿Cómo es esa relación hoy?

La Iglesia ha mantenido su propia identidad, su misión y sus espacios con las limitaciones propias de su inserción en un Estado que pretendía controlar todo y a todos. Ella ha logrado sembrar el Evangelio en medio de las más increíbles dificultades, que la hacen una Iglesia testigo-martirial de la Encarnación y la Redención de Jesucristo. Hay muchos sacerdotes, religiosas y laicos que han trabajado durante décadas como testigos fieles, aun a riesgo de su propia integridad y la de sus familias. Todo ha sido un don de Dios.

¿Qué aprendió la Iglesia viviendo por décadas —desde la revolución de 1959 hasta hoy— bajo un régimen comunista? ¿Tiene alguna sabiduría particular, alguna enseñanza o advertencia que dar al mundo?

Creo que sí, aprendimos a creer en la fuerza de lo pequeño, en la eficacia de la semilla, en la potencia de la levadura en la masa. Aprendimos a ser humildes, que significa servir con los pies en el humus, es decir, compartiendo la suerte de los que sufren la injusticia. Aprendimos que la Iglesia crece y se purifica en medio de las tribulaciones y que éste ha sido un tiempo de gloria crucificada y resucitada para los discípulos de Cristo que vivimos en Cuba.

¿Cuáles son las principales etapas del camino hecho por la Iglesia desde 1959 hasta hoy?

Podemos decir que son cuatro etapas: una primera, que llamamos de "luna de miel", en el mismo año 1959, cuando la revolución no había dado todavía su brusco e inesperado giro hacia el marxismo-leninismo. La Iglesia apoyó aquella revolución que parecía desear restituir la Constitución democrática de 1940, la más progresista y de inspiración cristiana que hemos tenido en Cuba. Parecía una etapa de vuelta a la democracia y de lucha contra la corrupción, pero eso no duró más que unos escasos meses.

La otra etapa fue la del "encontronazo", es decir, la de la confrontación entre un sistema que comenzó a girar hacia un nuevo autoritarismo, hacia una ideología excluyente y la violencia institucionalizada para controlar las vidas y el alma de la gente y de la nación. Fueron décadas de testimonio callado, de sufrimiento indecible, de martirio civil.
Esto duró hasta la década del ochenta, en que comienza la tercera etapa, que es la de recuperación eclesial. En 1986 la Iglesia celebra el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), que tuvo una preparación en las comunidades empobrecidas que deseaban ya, por la gracia de Dios, salir del testimonio callado y pasar a la misión comprometida. Fue un tiempo de Pentecostés para la Iglesia en Cuba.

Luego vino la caída del Muro y del campo socialista, un período de crisis total que aquí eufemísticamente se llamó "período especial". La Iglesia acudió a auxiliar a los hambrientos, a consolar a los perseguidos, a dar asistencia espiritual a los desgarrados.
Y en 1998 vino el Papa Juan Pablo II. Esta fue la cuarta etapa, la preparación de la visita, y los cinco días que duró esta fueron un respiro de luz, libertad y una verdadera efusión del Espíritu Santo para todos los cubanos. A partir de aquella visita algo cambió en nuestras conciencias. Se había abierto una ventana en la oscura cabaña del aislamiento, todos vieron que afuera y arriba había luz y libertad. Nadie ha podido cerrar totalmente esa ventana. Ni aun aquellos que desde el Partido Comunista trataron de montar una campaña para "despapizar" (sic) a Cuba. Eso significaba borrar la impresión y las consecuencias de aquella visita inolvidable.


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