Actualizado: 20/10/2017 18:43
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México

Calderón a Los Pinos

La batalla que comienza: riesgos de un presidente débil y un jefe de la oposición insurrecto.

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Al declarar al derechista Felipe Calderón Hinojosa presidente electo de México (Partido de Acción Nacional, PAN), el Tribunal Electoral de la Federación puso remate legal a un prolongado y crispado proceso electoral que se inició en octubre de 2005.

En los comicios del pasado 2 de julio, la ventaja de Calderón (14.916.927 votos) sobre su más cercano competidor, Andrés Manuel López Obrador (14.683.096 votos), fue de menos de un punto porcentual. Eso y una campaña que se caracterizó por un ríspido duelo de agresiones, dicterios y propaganda sucia, mantuvieron en vilo al país durante dos meses. En medio de los dos colosos, el PRI pasó a un discreto tercer plano, lejos de su áurea posición de partido dominante (más de 8 millones de votos, 124 diputados y 33 senadores).

El ambiente de mutuas descalificaciones y diseminación de temores en caso de que ganara el adversario, hace suponer que buena parte del electorado asistió a votar, no a favor de una de las figuras propuestas, sino en contra del otro. Durante las primeras horas del escrutinio la ventaja favorecía a López Obrador, pero apenas fueron fluyendo los votos del norte del país el panista fue alcanzando al perredista, hasta que finalmente le ganó por un estrecho margen.

Mientras López Obrador se empeñó en cerrarse puertas y cortar de tajo alianzas con los sectores empresariales —a algunos de cuyos personajes llegó a amenazar con retirarles privilegios y hacerlos pagar impuestos omitidos—, el PAN dispuso ampliamente del favor de las televisoras y de un obsecuente presidente Fox, que intervino directamente en la campaña impulsando el temor de que López Obrador llevara al país a la catástrofe, mandando a sus colaboradores a ofrecer apoyos a los gobernadores y, sobre todo, utilizando los vastos recursos asistenciales del gobierno para la compra de votos y voluntades.

Curiosamente, en algunos spots se le imputó a AMLO ser un clon del venezolano Hugo Chávez, paradigma de la violencia y la descompostura democrática para los mexicanos.

Política desde la calle

Apenas empezó a intuir Andrés Manuel que el litigio post-electoral no le sería favorable, adoptó una estrategia de acción directa. Desde mediados de julio ocupó la plaza principal de la capital (el Zócalo) y un eje de 19 kilómetros de la principal avenida capitalina, con campamentos de sus partidarios.

Las huestes que participan en el bloqueo urbano están integradas por militantes de organizaciones de vendedores ambulantes, taxistas piratas, precaristas urbanos, grupos de ancianos subsidiados y otras organizaciones clientelares, a los cuales se otorgan puntos por hacer turnos de cuatro horas. Los puntos se contabilizan después para obtener prebendas. Según informes periodísticos, a los asistentes se les reparten alimentos preparados, en los reclusorios controlados por el gobierno perredista de la Ciudad de México.

Aparte de esta población pacífica, López Obrador cuenta además con grupos de golpeadores con estructura muy cercana a la paramilitar, capaces de participar en actos de violencia contra la policía y entre los cuales figuran los Pancho Villa de la zona de Culhuacán.

Estos megaplantones han tenido el objetivo de llamar la atención nacional e internacional sobre el supuesto fraude que se habría operado contra el candidato populista y, en lo inmediato, presionar a los magistrados del Tribunal Electoral de la Federación (TRIFE), encargado de examinar las pruebas y alegatos que se presentaron para su consideración.

A lo largo de dos meses de impugnación, López Obrador alegó fraude cibernético; después, fraude a la antigüita con relleno de urnas (estas son transparentes), colusión de funcionarios electorales en un fraude masivo (en las casillas participaron medio millón de ciudadanos sin partido), etcétera.


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