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Calderonazo a Castro

La victoria del PAN y el futuro de las relaciones México-La Habana.

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El candidato oficialista mexicano Felipe Calderón es el virtual ganador de las elecciones presidenciales, según el Instituto Federal Electoral (IFE). La victoria del PAN (Partido Acción Nacional), aunque por un angosto margen, asegura un nuevo sexenio favorable a los intereses de Cuba.

La alegría de un poco más de la tercera parte de los mexicanos que votaron por Calderón y su programa, debe ser compartida por cada cubano deseoso de un movimiento a la democracia tras 47 años —ocho sexenios, en argot mexicano— de castrismo.

Las posiciones sostenidas por Vicente Fox, desde que tuviera de canciller a Jorge Castañeda y visitara La Habana con él, establecieron transparentemente que se trataban de relaciones con un gobierno, no con el fantasma de una revolución fenecida desde alrededor de 1970. Ingenuidades torpes aparte —"comes y te vas" [que le pidiera Fox a Castro durante la Cumbre de Monterrey]—, los hechos demuestran que la política panista hacia el caudillismo-leninismo caribeño ha sido de extrañamiento, lógica separación, adiós.

Pronto el equipo de gobierno —en particular Luis Ernesto Derbez, el actual canciller— comprendió que no trataba con personas decentes, honradas. Los sucesivos incidentes diplomáticos y las ramplonas intervenciones en los asuntos internos de México, junto a encubiertas incitaciones subversivas, argumentan de sobra la falta de escrúpulos.

La alianza de Castro con Chávez, las chapucerías de este ex golpista contra la democracia en la Cumbre de Argentina, sus injurias contra Fox, representan un "valor agregado". Si un mexicano no perdona algo en política, es no ya la intromisión en sus asuntos, sino la falta de modales. Además de su figura, el discípulo venezolano añade una ambición hegemónica continental, apoyada en el petróleo, contra la geopolítica mexicana.

Aunque hubiera ganado el PRD, y aun el PRI, la composición actual de las fuerzas políticas mexicanas, la tripartición de los votantes, los grupos de poder en las dos cámaras, hubieran impedido cualquier acercamiento entusiasta al rizoma cubano, al viejo estilo del medalleo, el ninguneo y los pactos de camajanes celebrados en Tropicana o en Varadero.

¿Hay que recordar el silencio de La Habana en 1968 cuando los sucesos de Tlatelolco?, para no citar ejemplos menos lejanos vinculados a Chiapas, la discriminación racial a indios o negros, las políticas migratorias…

La furia del comandante

Dos pruebas de cuántas patadas debe estar lanzando Castro están en el artículo que publicara Granma antes de la elecciones y en el de un amanuense en el periódico digital La Jiribilla —que allá dentro llaman cariñosamente La Jorobadilla—.

El texto en Granma merece advertir que Castro gusta en redactar y con toda seguridad en revisar cuánto allí se publica de real importancia. Se trata, como se recordará, de una diatriba contra los seis años de la administración Fox, es decir, contra la posible elección de Felipe Calderón. Sus iracundos argumentos indican cuánto le duele el alejamiento de México, cuánto supuran las votaciones del águila azteca a favor del respeto a los derechos humanos en la tierra de José María Heredia, el poeta exiliado que muriera aquí.


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