Actualizado: 20/01/2022 14:54
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A todo pulmón

Más allá de los errores y dianas del hombre y del político, el centenario de Salvador Allende resonó internacionalmente.

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Salvador Allende llegó recientemente a su centenario. Muchos en Chile le rindieron la pleitesía debida al mártir, con énfasis en el oficialismo, que encabezó la presidenta socialista Michelle Bachelet.

A una personalidad que el escritor Eduardo Cobos llamó críptica, la muerte la cubrió con un manto de respeto, de ese estremecimiento silencioso que inspiran los actos supremos. El presidente Allende se suicidó el 11 de septiembre de 1973, mientras se desplegaba un brutal golpe de Estado en su contra.

La historia ostenta, sin duda, ademanes equívocos. Fue precisamente Allende, en su afán de reformar de raíz un país que no estaba preparado para ello, quien más ayudó a dividir la sociedad chilena y acercar el golpe. Pero también fue él, con su muerte y su ejemplo, el inspirador de los hombres que se opondrían por 17 años a la dictadura de Augusto Pinochet.

Para la izquierda chilena, la caída de Allende significó el fin de la utopía, la muerte del sueño de convertir Chile en el país que llegaría al socialismo por vía pacífica y democrática.

Apenas se titubea hoy en señalar que el masón, médico y político fue, sobre todo, un demócrata, un escuchador atento, incluso de aquel con quien discrepaba, como dijo recientemente a la prensa una de sus nietas. Se sostiene que antes del golpe, que se veía venir, iba a convocar un plebiscito, algo de lo que ya había hablado en los momentos más difíciles de sus mil días de gobierno.

Amplios consensos

Pero incluso el demócrata, que fue el aspecto que más se resaltó el 26 de junio pasado, no siempre acertó. En un artículo publicado en el diario El País, el ex presidente Ricardo Lagos recuerda que Allende era hijo de la institucionalidad chilena, "de una república con bases sólidas".

Y fue precisamente su actuación siempre en el marco de las "instituciones constitucionales", las que "defendió en su mérito y en su condición de instrumentos reguladores de su propia transformación".

Pero este mismo Allende —le reprocha Lagos— tuvo su "mayor debilidad política" en "no convencer a sus partidarios que el camino del cambio a través de la democracia sólo es posible consolidando mayorías basadas en amplios consensos".

Y tiene razón Lagos. Tal vez la única medida que logró total acatamiento en el Congreso fue la nacionalización del cobre, lo más relevante de un gobierno en cuyo transcurso las tensiones ascendieron a niveles psiquiátricos.

En declaraciones por el trigésimo aniversario del golpe de Estado, Carlos Altamirano, líder del Partido Socialista y famoso por sus "discursos incendiarios", afirmó que "lo máximo que soportaba Chile era un reformismo a lo Eduardo Frei Montalva".

El académico e historiador Cristián Gazmuri se adelantó —al menos en parte— a la propuesta de Lagos, y apunta que Allende no metió "en vereda" al sector mayoritario del Partido Socialista y a Carlos Altamirano, que estaban abiertamente "por la vía insurreccional". Para la época, esta vía significaba guerra civil.

Este meter en vereda —dice Gazmuri— era la "única posibilidad" de lograr un acuerdo verdadero con la Democracia Cristiana. "Si la Unidad Popular fracasó fue, quizá, principalmente por eso", subraya el profesor.

Si efectivamente "el presidente mártir" dejó un legado, Pinochet también dejó el suyo, distinto al de sus asesinatos, cárceles, torturas y desapariciones. Según Florencia E. Mallon, la mayoría de la izquierda "ha aceptado la privatización radical" de la economía y "las reformas del mercado libre como 'modernización'".

Esto empaña "la memoria de las aspiraciones chilenas de justicia social bajo Salvador Allende", precisa la autora.

A pesar de que en el extranjero apenas se divulgan los logros sociales de la democracia austral, aquí no se ha hecho poco a favor de aquellos que fueron el sentido de la vida de Allende.

La controversia y el hombre

Entre las numerosas discusiones que suscita la personalidad y vida política de Allende, una de las más sonadas se inició en el año 2000, cuando el catedrático chileno en Alemania, Víctor Farías, acusó de racista y antisemita al ex mandatario en el libro Salvador Allende: Antisemitismo y Eugenesia.

Aunque la acusación parece extrema luego de leída su tesis para optar al título de médico cirujano en 1933, hay sin duda espacios problemáticos en la disertación, sobre la cual Farías levanta sus cargos principales. Dichos espacios no pueden entenderse sino en el contexto lombrosiano que dominaba entonces y que el doctorando unas veces matiza, otras critica y otras parece seguir.

Existe un Allende, sin embargo, que está por encima de las tortuosidades políticas y que ha atrapado a más de un escritor. Para su hija Isabel, la diputada socialista, su padre "tenía un gran sentido del humor, y era un gran sibarita. Gozaba de la buena comida, del buen vino, de sus amigos. Era un seductor".

Su vanidad en el vestir, sus lecturas muy parciales de Marx, la ingenuidad que algunos le atribuyen (el vínculo demasiado estrecho con Castro podría ser una), la atracción que ejercían sobre él las mujeres y que una biografía evidentemente extralimitó, no alcanzan para completar a un hombre que vivió su mundo a todo pulmón.

Más acá o más allá de los errores y dianas del hombre y del político, el homenaje que se rindió al centenario del nacimiento de Salvador Allende, al demócrata y al socialista, resonó por casi todas las esquinas del planeta.


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