Actualizado: 15/11/2019 9:25
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Disidencia, Represión, Exilio

¿Adónde va la disidencia?

Todo el mundo conoce los males del Estado totalitario castrista, pero nadie sabe cómo tumbarlo

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La participación de Guillermo Fariñas y otros en la rebelión de los cocheros de Santa Clara contra los impuestos excesivos ha propiciado uno de los análisis más agudos de la cubanología mediática: la nueva estrategia disidente de moderar “el tono de las exigencias políticas” y apoyar “las exigencias de la gente común para lograr cambios económicos y sociales.”

La curva de aprendizaje

Tal estrategia ha sido “aprendida, en parte, gracias al sindicato de trabajadores polaco Solidaridad,” que como todos sabemos demoró unos nueve años para transformarse en partido político y llevar adelante la transición. La inventiva criolla se pone a prueba echando a rodar la disidencia en marcha atrás con respecto a la locomotora polaca de la historia: del juego político a los problemas cotidianos.

La cubanología barata elogió ya la disidencia por su diversidad política: “Hay organizaciones y líderes democristianos, liberales, socialdemócratas, socialistas democráticos y de los más variados nacionalismos.” Así parecería que, bajo el castrismo, la nación cubana llegó a su más alta tasa de fecundidad ideológica. Ahora la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) apuesta por vincularse “con las necesidades sociales y económicas del cubano común.”

Según Fariñas, la nueva estrategia “tomó una forma más definida en junio, cuando él y otros críticos del gobierno, incluidos un activista laico católico, un pastor bautista, un bloguero y un rapero” pasaron 15 días de entrenamiento en la Fundación Lech Walesa. Pero al preguntársele “si los disidentes y los cocheros habían logrado entablar algún tipo de relación como resultado de la protesta, Fariñas prefirió no hacer comentarios.”

Se cae de la mata por qué. El entrenamiento en Polonia debe haber contemplado que Walesa se encaramó en una cerca de los astilleros de Gdansk porque trabajaba allí. No vino como líder disidente en apoyo de los trabajadores, sino que descolló entre ellos como líder disidente. Y el empuje de Solidaridad provino sobre todo de las huelgas y frente a ellas, el paro nacional convocado por Antúnez es una broma de mal gusto.

Treinta años sin haber aprendido de Solidaridad no son nada, si la dicha es buena: “Los grupos opositores dicen que ahora están ofreciendo atención médica y transporte para los enfermos, comida y lavado de ropa para los ancianos, educación y entretenimiento para los niños y apoyo abierto para los ocupantes de terrenos y comerciantes de la calle que son acosados por los inspectores del gobierno.”

Solo que sin generar ingresos se pueden dar tánganas, pero jamás prestar servicios. La nueva estrategia exige dinero y la queja de Martha Beatriz Roque: que la disidencia “apenas tiene recursos para mantenerse,” fue confirmada hasta por el jefe de la SINA (2008-2011) Jonathan Farrar, quien ejemplificó con que un líder de partido político expresó abiertamente “que necesitaba recursos para pagar salarios y presentó un presupuesto con la esperanza de que la SINA lo cubriera.”

La nueva estrategia de la disidencia parece reclamar entonces más recursos para ayudar a la gente de a pie con ánimo de ganar su apoyo. Incluso tiende a una suerte de trabajo por cuenta propia, aunque las finanzas corran por cuenta de otros. Y así la disidencia entronca con el negocio redondo de afluencia continua de emigrantes cubanos a EEUU, que ayudan a sus familiares y amigos a través de la industria de viajes, remesas, paquetes y llamadas por teléfono, sin que se aprecien por ello cambios significativos en la movilización política contra el gobierno.

Coda

Todo el mundo conoce los males del Estado totalitario castrista, pero nadie sabe cómo tumbarlo. Queda como acción opositora permanente la denuncia de los atropellos y demás violaciones de los derechos humanos, pero aún queda por recorrer un tramo de la curva de aprendizaje para precisar qué absurdos y embelecos de la propia disidencia contribuyen a preservar aquel Estado. Y lo peor es que cada vez se vuelve más difícil recorrer ese tramo, porque nada más de advertirlo cuelgan al dicente el sambenito de castrista o comunista.


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