Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Burócrata, Cuba, Burocracia

Burocracia, poder y participación en la Cuba revolucionaria

De un modo en apariencia paradójico, la solución cubana a la burocratización soviética dará como resultado el mismo socialismo burocratizado

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Dos factores explican el camino seguido por el proceso cubano de construcción del socialismo en los sesenta: sin lugar a duda uno de ellos lo es la evidente necesidad personal de Fidel Castro de convertirse en algo así como el Dios Supremo de un Panteón Revolucionario, pero sobre todo lo es el universo de ideas, supuestos y creencias, la mentalidad del pueblo cubano de entonces.

Es ineludible resaltar esa verdad ante las visiones que de manera simplista dejan en un muy limitado número de manos la responsabilidad de lo ocurrido en la Cuba Socialista: si en la cultura del pueblo cubano, y no solo en su cultura política, no hubiesen existido condiciones propicias para el ascenso de un Fidel Castro, si no hubiesen existido los mecanismos mentales legitimadores, este señor nunca hubiera conseguido realizar lo que evidentemente deseaba y sobre todo necesitaba, por su muy particular psicología, desde sus tiempos de tiratiros universitario.

En las líneas que siguen mostraremos a esas precondiciones culturales conformar el devenir cubano de los últimos 60 años. Para ello nos concentraremos en una de las vías por la cual la cultura, las ideas y creencias del pueblo cubano contribuyeron ya no tanto al ascenso de Fidel Castro a la condición de César, como a su posterior legitimación en la de Dios Supremo del Panteón Revolucionario.

Nos ocuparemos de la relaciones de la Revolución Cubana con la burocracia.

La actitud cubana revolucionaria ante la burocracia es determinada por dos precondiciones: primero, la experiencia soviética con su excesiva burocratización, fenómeno que se quiere evitar; segundo, el estado mental cubano de pachanga constante, pero sobre todo su sublimación política, el estado mental cubano revolucionario, con su necesidad de un nivel de exaltamiento ininterrumpido y su crónica incomodidad para ajustarse a los cánones de una sociedad moderna.

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Toda sociedad contemporánea depende de la existencia de una burocracia, o de varias, para ser más exactos. En esencia de unas instituciones que administren de manera impersonal la esfera de lo cotidiano. Ninguna sociedad puede vivir al presente sin burocracias, al menos sin retroceder de manera abrupta a estadios sociales en que, por ejemplo, no se podrían mantener las altas expectativas de vida actuales, o los bajísimos índices de mortalidad infantil presentes. Esta dependencia, que es ya enorme en una sociedad capitalista, escala a niveles mayores en una socialista. Algo que, por cierto, Max Weber había predicho unos cuantos años antes de la Revolución Rusa de 1917, al tomar en cuenta la preocupante insistencia del socialismo de su época por identificarse más con la posibilidad de una completa y centralizada planificación de la economía, que con la de verdaderamente socializar la propiedad (lo primero puede lograrse, como después de hecho ocurrió, sin socializar en absoluto, al convertir al Estado en una enorme e ilimitada empresa fordista).

Consecuentemente con las previsiones de Weber la sociedad soviética no tarda en burocratizarse.

Pero esa burocratización, que en definitiva no es más que un síntoma de algo más esencial, es tomada por la crítica que aún se aferra a la viabilidad y legitimidad del experimento leninista como la causa última de lo que evidentemente ha salido mal en la URSS, como la maligna perversión de lo que sin esas desviaciones debería de haber salido maravillosamente bien. “La burocracia es la causa de todos los males del socialismo”, no tardan en afirmar los críticos comunistas, o lo que es lo mismo, quienes no quieren romper de manera definitiva con la tradición inaugurada por la Revolución Bolchevique de octubre-noviembre de 1917. Sin explicar nunca, por cierto, de qué manera los burócratas han conseguido hacerse con el control de la sociedad soviética en tal magnitud como para pervertir su funcionamiento.

La realidad, no obstante, nada tiene en común con las afirmaciones de los críticos comunistas (entre ellos los cubanos de la década de los sesenta, y los no pocos trasnochados del presente): son los bolcheviques, una élite de aventureros-intelectuales-profetas, que vive en los márgenes más remotos de la sociedad rusa y en general europea (solo un poco más acá que los anarquistas), quienes se han hecho con el poder en Rusia gracias a un golpe de Estado, no la burocracia zarista o alguna otra que como las esporas de algún hongo maligno viva a la caza de algún Estado que parasitar. Y lo han conquistado al ganarse el apoyo del enorme ejército ruso de campesinos reclutados a la fuerza, el cual solo desea el fin de la guerra y su consiguiente e inmediata desmovilización. Algo que solo el partido bolchevique promete hacer de inmediato. Es el apoyo del ejército y en especial de la marinería de la Flota del Báltico el factor determinante en la estabilidad inicial del Sovnarkorm (Sóviet de Comisarios del Pueblo), ya que la influencia bolchevique sobre el resto de la sociedad es muy limitada, y en un final mucho menor que la de otros movimientos socialistas de carácter agrario. Lo cual se evidencia en los resultados de la elección de delegados a la Asamblea Constituyente, por la cual los bolcheviques han clamado más que nadie mientras han sido oposición, y a la que no tardan en disolver una vez en el poder.

Acto que en los primeros días de enero de 1918 sella definitivamente los destinos del proceso soviético.

Ya Weber había señalado al empresario como el contrapeso en el capitalismo de la racionalidad de la burocracia, en lo esencial en lo económico, aunque ciertamente no solo en ello. En cuanto al representante electo, a la libertad de prensa y en general a la opinión pública, aunque son más bien formas de contrapeso del poder político en sí, se sobreentiende que también lo son de la burocracia, si es que observamos que en esas instituciones se crean constantemente las discontinuidades sociales, intuitivo-carismáticas, que se ocupan de contrapesar la racionalidad administrativa de aquella. Todas estas instituciones y especiales grupos sociales se encargaban de limitar a la burocracia al papel de imprescindibles servidores, bajo control público o privado, al tiempo que por su propia constitución y supuestos limitan que dichas discontinuidades intuitivo-carismáticas puedan alcanzar a su vez a monopolizar la actividad en la sociedad en cuestión (algo suicida para una sociedad moderna, con sus elevadísimos requerimientos de orden).

En el socialismo más ortodoxo, al hacer desaparecer al empresario, resulta evidente que la única manera de controlar a la imprescindible burocracia pasa por todos esos otros medios de contrapeso arriba mencionados, además de novedosas y progresistas formas de participación ciudadana y laboral, como el control de los trabajadores sobre la actividad productiva a todos los niveles y en todas las áreas. Pero al cerrar la Asamblea Constituyente y aplastar la oposición obrera se renunció a todo ello en la naciente URSS, incluso, y es muy significativo esto, con mayor determinación que al empresariado.

Mas no fue una burocracia anterior, alguna que se esparce mediante esporas malignas o una socialista todavía inexistente quien decidió prescindir desde un inicio de tales controles, sino el grupúsculo que dirigió el golpe de Estado, auto seleccionado en base al supuesto usufructo de la única verdad posible (solo ellos sabían cómo construir ese destino final obligado de la Historia, el Comunismo): la vanguardia leninista, el partido. Y lo cierto es que esa élite de aventureros-intelectuales-profetas, que se había adueñado del país mediante una jugada política, pudo simplemente haber decidido prescindir de administrarlo mediante una burocracia, a la manera de Iván el Terrible y todos los déspotas rusos pre-modernos. Pero el hecho es que si quería administrarlo con la suficiente eficiencia para permitirle a su Gobierno sobrevivir y permanecer independiente frente a la amenaza de unos poderes centrales occidentales empeñados en modernizar bajo su control al planeta entero, necesitaban de una burocracia, o de una administración que de alguna manera se le pareciera.

Que necesariamente este mal remedo de las burocracias occidentales, en especial de las muy eficientes del imperio alemán, pronto superara a esa élite leninista hasta triunfar con Stalin, en propiedad el zar de los burócratas, no niega lo dicho: el socialismo soviético se burocratiza no por la naturaleza interna de la burocracia, sino por la de ese particular socialismo, autocrático y piramidal, en que tanto por su propia concepción leninista de una vanguardia que debe dirigir el proceso, como por las circunstancias históricas específicas en que llega al poder, son echados a un lado todos los posibles controles sociales desde abajo o desde planos horizontales alternos. Lo demás lo harán las necesidades de sobrevivencia de las élites leninistas, en medio de un mundo en que sin cierta racionalidad de la administración no se puede soñar con conseguirlo.

El proceso burocratizador, en consecuencia, no es más que el resultado necesario de la inicial concentración desproporcionada del poder en el vértice de una sociedad contemporánea que a consecuencia de su propia concepción teórica se piramidaliza de manera cada vez más monstruosa, ya que ante ese núcleo de poder, el partido, El politburó, El gran líder por último, no queda otro recurso que echar mano de una hipertrofiada burocracia que se ocupe ya no solo de administrar una economía a medias modernizada, sino aun de los más nimios detalles de la vida humana de los súbditos (quizás la única burocracia soviética eficiente es la Cheká).

Sin embargo, la primera crítica comunista, compuesta en esencia por los intelectuales leninistas que han iniciado el proceso pero que han terminado apartados más tarde o más temprano, solo verá con claridad la consecuencia, nunca la causa que los incluye a ellos como actores principales. Por lo tanto interpretará esa consecuencia como un resultado de la mala naturaleza de la desagradecida burocracia creada por ellos, que ha terminado por desplazarlos del poder, no de sus propias concepciones teóricas o de sus decisiones tácticas. El más brillante entre todos, Trotsky, lleva este discurso hasta sus últimas consecuencias al tratar a la burocracia como una clase social en sí misma, y asignarle por tanto modos de acción en base a unos supuestos intereses de clase a los que en conjunto no puede renunciar.

Pero la realidad es que a pesar de lo sostenido por esa primera crítica comunista, y por los que después solo repiten de una u otra manera sus ideas al respecto (la crítica cubana de los sesenta, por ejemplo), la burocratización soviética se origina en el coartamiento de lo participativo en base a medidas tácticas (la necesidad de conservar el poder que ha ganado la minoría mediante rejuegos políticos), pero sobre todo en la adscripción de los comunistas a la creencia en las vanguardias políticas y su papel director.

Porque en esencia ninguna vanguardia, sea élite política, económica o social, será nunca de por sí un contrapeso de la burocracia. Mucho menos cuando se encuentra enfrentada por un lado a un mundo que vive un proceso modernizador bajo el impulso de otros centros de poder, y por el otro a toda su propia sociedad, y en consecuencia necesita rodearse de un cuadro administrativo racional que les ayude a ejercer el poder en esa precaria situación.

La élite, en todo caso, solo pervierte la racionalidad de la burocracia. Al situar a toda la sociedad, incluidos ellos mismos, no ya bajo un marco legal claro y de estricto cumplimiento para todos (lo que Weber llamaba administración burocrática en estado puro, y nosotros estado de derecho), sino bajo el de su voluntad monda y lironda, la retrotrae hasta los tiempos pre-modernos y convierte a la burocracia en el irracional cuadro administrativo de alguna sociedad equivalente. En un proceso que nunca termina de completarse mientras el Estado socialista en cuestión esté obligado a competir por el dominio del mundo con otros Estados en que la racionalidad impere, pero que se cerrará definitivamente si el socialismo leninista consigue extenderse a todo el planeta (algo que por fortuna no sucedió y que en esencia hubiera significado un retroceso mundial al año 1000).

Y es que en el socialismo real, aquel que unos muy asustados tories británicos de 1867 identificaban acertadamente con la democracia más plena, el equilibrio frente a la imprescindible burocracia deberá proporcionarlo la mayor participación posible de la ciudadanía, y sobre todo de los trabajadores, ya no solo en la política sino en la gestión de la economía a todos los niveles. Sin ese control, cuando la participación ciudadana es disminuida al mínimo posible (no nos engañemos, siempre la hay, aun de parte del esclavo), la burocracia, por interés del grupo político que se ha hecho del poder, no por interés propio, crecerá y crecerá para permitirles a estos controlar lo que ahora los ciudadanos no pueden consensuar. Esto es en esencia lo ocurrido en la URSS: la vanguardia leninista, el partido, a partir de 1919 el limitadísimo politburó, y por último después de 1934 el gran líder, al limitar la participación y crear una sociedad con fines supra cotidianos a los que solo ellos pueden conducirla, provocan el crecimiento desbocado de una burocracia que mediante la administración de lo cotidiano les permita subsistir en su estatus de nuevos y contemporáneos Moisés.

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Además de la reticencia ante la burocracia, heredada de la crítica leninista, en el cubano de a pie existe una marcada sospecha a todo lo impersonal, y en el de algunos aires intelectuales una aversión por lo cotidiano algo más marcada de lo habitual para esta capa, que en los tiempos revolucionarios que corren a partir de 1959 los llevará a unos y otros a desconfiar por partida doble de una institución humana que existe en la modernidad, como hemos dicho, para administrar lo cotidiano de manera impersonal.

Para el cubano de todas las épocas, excepto para ciertas capas urbanas que serán en esencia las que pronto se opongan a la Revolución, las relaciones entre seres humanos siempre tienen que ser personales, por lo que no puede más que identificar a cualquier burocracia como contraria a la naturaleza populista del proceso inaugurado en 1959. Mientras para el cubano con aires intelectuales, para quien lo reglado, lo sometido a programa, lo exhaustivo era y es aun hoy un pecado, lo cotidiano contrario a la vida, y la espontaneidad por su parte la única actitud digna de reconocimiento, los exaltados tiempos revolucionarios lo llevan un paso más allá, hasta adjudicarle el papel de principal enemigo interno.

No es de extrañar entonces que, para intentar solucionar el problema de la burocratización, ya advertido en el caso soviético, en el cubano el foco de atención no tarde en fijarse en lo impersonal y en lo cotidiano, en el método y la regla que se oponen a la epopeya constante en que se estima debe vivir el ser humano revolucionario. Y que como medio de resolverlo se pretenda re-personalizar de modo absoluto todas las relaciones humanas (Fidel Castro con su jeep y su habano en todas partes, al habla con todos a la vez, al tanto de todos los problemas), pero por sobre todo trascendentalizar, extra-cotidianizar absolutamente la vida del ser humano revolucionario.

Siempre según aquella serie de editoriales que Granma publicara a principios de 1966, recopilados más tarde en la revista Bohemia bajo el título de La Lucha contra el Burocratismo: Tarea Decisiva, la solución a que “…mientras permanezca el Estado como institución y mientras la organización administrativa y política no sea, plenamente, de tipo comunista, existirá el peligro de que se vaya formando una capa especial de ciudadanos en el seno del aparato burocrático, administrativo y de dirección, solo puede consistir en la promoción, “…el desarrollo de un hombre nuevo, con una conciencia y una actitud nuevas ante la vida…” En concreto el desarrollo de un individuo constantemente concentrado en la edificación del comunismo, dispuesto a la “entrega total a la causa revolucionaria”, a “actos de valor y sacrificio excepcionales por ella”, y que perpetúe “en la vida cotidiana esa actitud heroica”: Un revolucionario a tiempo completo, un Tábano de la conocida novela romántica. En fin, una mujer o un hombre que no viva en lo rutinario, sino en lo trascendente: un asceta revolucionario.

O sea, un individuo en alerta constante, que participe ininterrumpidamente, pero no en la solución consensuada de los problemas concretos y cotidianos que se le presentan a su sociedad, sino en la construcción de un ideal de sociedad en la que, de alguna manera mística, al final de los tiempos, esos problemas desaparecerán o hallarán solución definitiva y satisfactoria para todos y cada uno de sus integrantes.

Este énfasis más que en lo cotidiano en lo trascendente, sin embargo, no provocará el advenimiento de un hombre nuevo socialista, y mucho menos el Estado de participación constante, por parte de todos, que de modo evidente esperan los editorialistas, sino por el contrario la conformación definitiva de un panteón revolucionario encabezado por un Imperante Carismático y su posterior legitimación ad aeternas.

La realidad es que la autodisciplina, la insomne vigilancia de sí mismo, de sus acciones y hasta de sus pensamientos que todo ascetismo implica, genera un esfuerzo psíquico descomunal, asumible solo por unos pocos individuos.

De esta manera la diferencia natural de aptitudes humanas para los esfuerzos psíquicos o para el mantenimiento de la atención tenderá a polarizar a la sociedad, a reproducir dentro de ella las previas desigualdades en la distribución de poder, desfigurando lo que en sus inicios, y al menos en teoría, era sin dudas un destacable intento igualitarista. Así, mientras los ascetas verdaderos sienten de manera continuada la exaltada gracia revolucionaria en su interior, alcanzada gracias a haber cumplido, por propia voluntad, con determinadas normas y principios que a su vez han aceptado solo tras someterlos a su particular criterio, las inmensas mayorías o no pueden, o están demasiado apegadas a lo mundano como para alcanzar tal estado. Imbuidas en las agobiantes necesidades cotidianas, no es en sí que carezcan de la cultura o de la inteligencia necesarias para aspirar a tener un criterio propio, sino sobre todo de tiempo liberado de las necesidades cotidianas de subsistencia para buscar en su transcurso las normas y los principios que les permitan disciplinar sus vidas, en el camino de auto perfeccionamiento constante que es todo ascetismo.

Ellos solo podrán abandonar lo cotidiano intermitentemente, sobre todo en La Plaza, en el gran acto mistérico de las concentraciones, so riesgo de morirse de hambre o sufrir un colapso nervioso.

En consecuencia, esas normas y principios mencionados los tomaran de fuera, ya hechos, de una entidad en cuyo criterio, voluntad e intenciones no tardan sin embargo en comenzar a creer por fe. Así, en esta particular sociedad de revolucionarios, fundada sobre lo heroico y lo trascendental, el elegido será al final uno de los compañeros iniciales y no un dogma: El que tenga el carisma para hacerlos sentirse a ellos también, de cuando en cuando, trascendentes, supra-históricos. Como ya dijimos en La Plaza, en medio de las concentraciones, cuando el calor, el sol tropical a plano, la falta de oxígeno, la imposibilidad incluso de volverse o amarrarse los cordones de los zapatos en medio de la multitud, y sobre todo sus palabras en torrente que llegan desde todas las direcciones posibles, retransmitidas por mil altavoces, establezcan esa unión mística entre líder y pueblo de que nos habla más de un observador contemporáneo.

Con semejante y mayoritaria relación basada en la fe dentro de la sociedad que se quiso igualitaria, al menos entre los revolucionarios, es evidente que pronto ocurrirá un desequilibrio de poder entre los mismos ascetas verdaderos en favor del elegido. Más temprano que tarde, independientemente de si es un santo verdadero o solo un charlatán, la fe mayoritaria fija en él lo ensoberbecen (si es que él mismo no lo estaba de antes, como es sin lugar a dudas el caso de Fidel Castro desde su más tierna niñez). Si las grandes mayorías lo siguen, si las grandes mayorías se abandonan a su criterio, no pueden caber dudas de su monopolio de la verdad. Solo él sabe lo que debe hacerse; solo él tiene la claridad; solo él conoce el camino correcto. En consecuencia, es su deber concentrar en sus manos el poder para evitar el error; incluso en los más nimios detalles. Pronto cualquier norma o principio asumido por otro criterio que no sea el suyo pone en peligro la magna obra que la mayoría de los revolucionarios han echado sobre sus hombros; un desafío malintencionado o en el mejor de los casos miope, que no puede permitirse “ni por un tantico así”. Y en el rechazo de tales “autosuficiencias” de los demás ascetas verdaderos las mayorías no solo apoyan al elegido por su fe en él: Para ellas la independencia de criterio de los demás ascetas es también una humillación, un molesto recordatorio de su falta de él, o de voluntad para obrar a su dictado.

Habrá llegado, por tanto, la hora en que Saturno devora a sus hijos: La Revolución que pretendía evitar con sus caminos trascendentalistas el caer en semejantes “errores” devora a los demás ascetas revolucionarios. En el nuevo escenario para ellos solo quedaran dos opciones: o abandonar el ascetismo y convertirse al revolucionarismo por fe, aunque claro, desde la siempre favorable posición del miembro secundario del Panteón (del santoral, en propiedad); o no transigir, lo que significa la excomunión y el martirio, y siempre la rebaja a la categoría de concreción del mal contrarrevolucionario en los imaginarios de las grandes mayorías.

De este modo lo que aparentaba ser una solución democrática a la manifiesta falta de libertad del socialismo leninista soviético, una unión de heroicos y extra-cotidianos hombres nuevos iguales entre sí, participativos a tiempo completo, se convierte, debido a la naturaleza humana, de la que las grandes mayorías atrapadas en sus urgencias cotidianas no pueden escapar, en el imperio de uno solo: el Imperante carismático. En un socialismo en el que las grandes mayorías no ejercen el poder real no porque se los impida la burocracia elevada a la categoría de nueva clase explotadora, sino por algo todavía peor: Porque simplemente ni se creen capaces, ni tampoco lo hayan necesario, al compararse con el trascendente y personal objeto de su fe, de su fidelidad.

Un modo más eficiente que el leninista de retrotraer a lo pre-moderno la sociedad en cuestión.

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No obstante, por la misma razón que la élite leninista soviética se viera obligada a poner la administración del Estado en manos de un remedo de burocracia, más temprano que tarde el imperante carismático cubano también tendrá que hacer algo parecido. La necesidad de sobrevivir como Imperante, en medio de un mundo al cual se lo moderniza desde centros de poder situados más allá de las costas de la Isla, hará nacer las únicas burocracias eficientes del castrismo: las políticas, militares y policiales (aunque no tan eficientes como las soviéticas: la inmensa mayoría de los atentados a Fidel Castro fueron detectados por indiscreciones de quienes los llevaban adelante y por la alerta actitud del revolucionario de la calle, no por una Seguridad del Estado que normalmente andaba comiendo catibía).

En cuanto a las demás burocracias, sobre todo las que se ocupan de administrar lo económico, sufrirán en su desarrollo la influencia del aconomicismo sobre el que a nivel cultural se asienta el castrismo. Un principio esencial suyo, al cual se mostrará en extremo hábil en conservar, aun en medio de la contemporaneidad. Y es que el castrismo no tarda en comprender que más que un mal, su cercanía extrema a EEUU es por el contrario el único recurso de que dispone para mantener a la Isla viviendo en unos perpetuos tiempos heroicos, que legitimen idealmente la posición de privilegio del imperante carismático, a la vez que una segura y sui generis fuente de riquezas y capital. Para explotar económicamente a la cual solo hay que venderse como el aliado ideal de todos aquellos que, en la segunda mitad del siglo XX, e inicios del XXI, pretendan oponerse al intento globalizador-modernizador de Occidente, encabezado por entonces por EEUU.

Esto último explica el que, en lo económico y en su política exterior, la historia revolucionaria de la Cuba posterior a 1959 pueda reducirse a la búsqueda incansable de mecenas que, con tal de molestar a Washington al sufragar un enclave hostil a la vista de sus costas, se ocupen de mantener económicamente a la Isla.

Ese aconomicismo esencial al castrismo, y la singular manera en que consigue conservarlo, no serán sin embargo obstáculos a la burocratización: por el contrario, de modo paradójico más que evitar la formación de una burocracia administrativa y económica la impulsan a niveles inesperados. Porque sostenido por una economía que por un lado es estructuralmente todavía la misma de antes de 1959, dedicada en lo fundamental a la exportación de bienes agrícolas estacionales y semielaborados, y viviendo ahora de explotar la cercanía extrema a los EE.UU. y el diferendo histórico cubano con dicha Nación, el castrismo no tardará en descubrir en la burocracia el recurso ideal para solucionar la estructural falta de puestos de trabajo, y hasta para fomentar políticas de pleno empleo. Así la burocracia cubana crece y crece de manera desmesurada, al tiempo que se reducen de manera drástica los “contenidos de trabajo” de los burócratas y se solapan sus funciones de una manera en realidad inextricable.

Todo por mantener a la población ocupada en algo. Una obsesión histórica del castrismo, que entiende muy bien que su supervivencia depende de mantener a las grandes mayorías constantemente movilizadas en alguna actividad: Solo el estado de pachanga revolucionaria ininterrumpida puede garantizar esa supervivencia.

Pero no obstante el regreso real de la burocracia a la Cuba de Fidel, tanto en el discurso oficial como en general en los imaginarios colectivos se continúa identificando a lo impersonal y lo cotidiano con lo contrarrevolucionario.

Porque el negativo papel de la lucha cubana contra los demonios del burocratismo no queda limitado al proceso mediante el cual se impone el endiosamiento revolucionario, sino que de manera más peligrosa todavía se extiende más allá, a aquel otro subsiguiente mediante el cual se lo legitima y mantiene vivo ad aeternas. Incluso cuando de manera evidente esos mismos dioses promueven ahora la tan repelida burocratización.

En la Cuba posterior a 1970 será siempre la burocracia la que cargue con la responsabilidad por los platos rotos. Es ella no solo el chivo expiatorio de que se valen el Dios supremo del Panteón Revolucionario (Fidel Castro, el Imperante carismático) y sus santos subsidiarios (sus raules, almeidas, vilmas et al) para desviar la atención de encima de ellos y sobre todo de la particular estructura del socialismo cubano, piramidal, autocrático (incluso cabe decir hasta teocrático), sino que es por sobre todo el recurso del que se vale la intelectualidad y los formadores de opinión para eludir el bulto a criticar lo que en realidad deberían. Jugar con la cadena, pero no con el mono, decimos en Cuba, para denominar a esa actitud de dudosa ética adoptada por intelectuales orgánicos, pero dizque contestatarios a su vez. Actitud que le permite a muchos disfrutar de una vida placentera mientras se simula tener bien afeitada la lengua.

Mas en justicia no hay solo temor y oportunismo detrás de esa actitud. Como ya hemos visto, en buena medida, y no solo para los formadores de opinión, en Cuba la píldora del autocratismo es tragable porque entre ellos aún se ve a lo impersonal y rutinario como lo repulsivo, y a lo heroico, extra-cotidiano, lo personal, al carisma sin contrapesos racionales, como lo más aconsejable para una buena y valedera convivencia social.

Algo que, aunque en niveles menos tóxicos ocurre en cualquier otra sociedad, por cierto sea dicho. Ya que muy raramente se encuentra a un pensador, un artista o un académico que alguna vez haya tenido que ver con una empresa económica real, o que haya puesto sus pies en una administración para algo más que mirar a su alrededor por encima del hombro.

En definitiva, la burocracia, pronto renacida tras el final de los años heroicos, exaltados e irracionales de las postrimerías de los sesentas, e indudablemente por necesidades de sobrevivencia de quien manda, cargará una y otra vez con las culpas en la Cuba de Fidel. Hasta el punto de que algunos grupos de pensamiento no tarden en desempolvar, sobre todo desde mediados de los ochentas, la añeja idea de muchos leninistas apartados del poder por Stalin y que en sí había estado en la base de la vía cubana al socialismo: Aquella de que el socialismo no requiere de una burocracia, que esta es en sí un fenómeno privativo del Capitalismo y una de las malas herencias suyas con que puede llegar a cargar. Una institución burguesa, a la cual solo pueden tener por imprescindible intelectuales burgueses como Max Weber.

Por cierto, que inveteradamente fieles a la vía trascendentalista y personalista de construcción del socialismo, si se los presiona solo un poco los integrantes de estos grupos de pensamiento no se demuestran para nada remisos en reconocer, de manera precisa, que lo no deseable de la burocracia es su atención fija en lo cotidiano y el carácter impersonal del ejercicio de sus funciones. Lo que hace dudar no ya de la consecuencia de sus razonamientos, sino de su capacidad para comprender la realidad social en que viven, porque al satanizar a la burocracia cubana en base a tales características parecen no caer en cuenta de que esta es ineficiente sobre todo por no ser ni lo uno ni lo otro: o sea, por no ser una burocracia en el más pleno sentido del término definido por ellos mismos.

Si se observa, la burocracia nuestra no cumple con ninguno de los caracteres típicos que según Weber debe poseer una que merezca el nombre de tal.

Eso que al presente llamamos burocracia en Cuba, o sea, el cuadro administrativo castrista, es en primerísimo lugar cualquier cosa menos impersonal. De hecho, en la Cuba de Fidel tenemos un sobrenombre muy particular para el tipo de sociedad que definen las relaciones preferidas por su cuadro administrativo: Sociolismo, el socialismo de los compadres, en que los cargos no son asignados por las competencias individuales, sino por la incondicionalidad hacia el Panteón Revolucionario y por las relaciones personales de los pretendientes. Unos cargos que por demás no tienen una remuneración efectiva estable, sino que dependen por sobre todo de lo que se pueda “resolver” por quien los ocupa. Ya que, aunque absolutamente todos los burócratas cubanos cobran un sueldo mensual, la realidad es que con el mismo no pueden atender a las necesidades básicas de sus familias incluso ni durante una semana del mes. Lo que los obliga a echar mano del robo y de la sisa para conseguirlo. Y aclaramos que al hablar de lo que se pueda “resolver” no nos referimos solo a lo que se obtenga a resultas del cargo que se ocupa en cuestión, sino y sobre todo del complejo entramado de relaciones de compadreo que en definitiva conforman la verdadera estructura de la burocracia cubana, y que la definen como tal.

O sea, que a la manera de cualquier cuadro administrativo patrimonial o feudal, la “burocracia” cubana vive de explotar sus cargos. Y esto es válido tanto para el Ministro o el jefe de departamento en una institución nacional, como para la funcionaria que se ocupa de organizar la actividad de los médicos y sus interacciones con el público en cualquier policlínico de barrio.

En cuanto a su conocimiento de la actividad que se ocupa de controlar, debe admitirse que a diferencia del alemán de los tiempos de Weber el burócrata cubano quizás sea el individuo con relaciones directas con la misma que más en oscuras anda respecto a ella. Esto, más que un tópico humorístico, es una amarga realidad en la Cuba de Fidel. Pero, además, y esto es sumamente importante, en el socialismo cubano la función primordial de la burocracia no consiste en administrar la actividad cotidiana del país. Como ya dijimos, en el socialismo de pleno empleo cubano, sostenido por una economía históricamente débil en lo estructural, en que la capacidad de empleo real ha estado siempre muy limitada, la burocracia es por sobre todo un recurso para conseguirle acomodo laboral a un enorme por ciento de la población del país; del mismo modo que la pretendida universitarización total, propuesta por Fidel Castro a principios de este siglo, era por sobre todo un medio para sacar de las calles a los jóvenes y tener un mejor control de ellos.

Este uso de la burocracia no solo como medio controlador, sino como destino en que controlar, provoca su hipertrofia, lo que a su vez causa la catastrófica caída de su eficiencia en el cumplimiento de sus funciones, a resultas de la conocida Ley de los rendimientos decrecientes.

Tampoco puede decirse que haya mucho de racionalidad en los principios por los que se rige la administración de la burocracia cubana, o de carácter rutinario en el tratamiento de sus asuntos. En Cuba la administración se rige no por planes y estudios cuidadosos de la realidad, sino por metas y consignas, por voliciones y evoluciones estomacales de cualquiera situado en una posición de poder, sin más conocimiento de la actividad en cuestión que el de lo imperioso de “triunfar y vencer”.

Y es que, en Cuba, al menos para los que mandan y para las hipertrofiadas intelectualidades que se ocupan de legitimar ese mandato, la actividad económica nunca es tomada como lo que es, una actividad cotidiana y rutinaria, sino como una heroica.

Conclusiones

De un modo en apariencia paradójico, la solución cubana a la burocratización soviética dará como resultado el mismo socialismo burocratizado.

En Cuba, con el declarado propósito de evitar caer en la excesiva racionalización burocrática soviética, se intenta establecer un ascetismo que, sin embargo, por su carácter trascendentalista y por su ensayo de personalizar todas las relaciones humanas a su interior, resulta inoperante sobre todo para una compleja sociedad contemporánea (y en general para cualquier sociedad que no viva abiertamente del botín o de las ayudas de un mecenas).

El problema está en que al querer promover la participación mediante el ascetismo lo que se consigue más tarde o más temprano es dividir a la sociedad en ascetas reales de un lado y seguidores en potencia del otro. Al menos en un primer momento, porque el proceso de polarización social nunca se detendrá allí. O sea, justificar desde una base empírica, gracias al experimento cubano de los sesentas, la visión vanguardista de Lenin de que deben de existir quienes guíen y quienes sean guiados.

Esto se consigue porque, aunque sin dudas en el plano teórico la vía cubana promueve la participación, en la práctica es esta de un tipo que nunca puede mantenerse por mucho tiempo. Así, al eliminar los mecanismos legales de contrapeso que permitan mantener abierta la posibilidad participativa en los instantes críticos y ante los asuntos puntuales y cotidianos, en la creencia de que supuestamente el impulso participativo ha sido sembrado en lo profundo del corazón del revolucionario, lo que se facilita es que tras la pronta retracción del esfuerzo psíquico constante por unas mayorías incapaces de mantenerlo por mucho tiempo, el poder real se concentre de manera extraordinaria en las manos de ciertas élites, incluso en las de ciertos individuos.

Mucho menos coopera el hecho de que los objetivos que persigue la sociedad en cuestión no sean los relacionados con la solución de los problemas cotidianos que se le presentan a la asociación, sino unos extra-cotidianos, siempre en un instante más allá de la extensión de la vida de los humanos presentes. Unos objetivos que necesariamente han sido definidos, propuestos por una élite anterior al impulso ascético, y que en consecuencia ya parte con una ventaja en la lucha por el poder en la sociedad en cuestión.

Debe señalarse también que la solución cubana legitima el “orden de cosas” con mucha mayor eficiencia que la soviética leninista, y que en concreto solo es comparable, por su capacidad para resistir con eficiencia las adversidades que se le presentan a la asociación humana, con el nacionalsocialismo alemán. El cubano castrista, como el nazi-alemán, cuentan con un aparato ideal que le permite encuadrarse dentro de su religión, y a la vez participar más conscientemente en los grandes momentos de crisis de lo que alguna vez pudo lograrse respecto al hombre soviético. En este sentido cabe indicar que el caso cubano se encuentra más próximo a los fascismos, que a los socialismos leninistas.

Todo lo dicho más arriba nos deja ante una evidencia: En la construcción de un socialismo o una democracia real, que para el caso no hay ninguna diferencia entre uno y otro, de un socialismo basado en la participación de los ciudadanos, la mentalidad, digamos que el civismo, no bastan, ni aun o mucho menos cuando se pretende llevar ese civismo hasta un estado ascético. Son imprescindibles los mecanismos e instituciones que mantengan abiertos los espacios de participación y le permitan al ciudadano participar en el momento oportuno, mientras a su vez vive su vida (en la cual sus preocupaciones por toda la sociedad no cubren más que una pequeña proporción de su tiempo). Y por otra parte esos mecanismos e instituciones, creados por los hombres en la Modernidad, y a los cuales no se puede simplemente lanzar por la borda de la gran nave humana, no deben estar ahí tampoco solo para consensuar la construcción de la futura sociedad en que, por su misma concepción, se le dará respuesta a todos los problemas de manera satisfactoria para todos: deben estar para consensuar la solución de nuestros problemas cotidianos, a corto, mediano y largo plazo, para nada más.

El reino de la libertad, la sociedad abierta, es solo una sociedad hacia la que se tiende, sin alcanzársela nunca, en definitiva. Una sociedad ideal en que todos participamos en igualdad de condiciones, todo el tiempo. Querer hacerla ahora mismo, y en consecuencia abandonar por completo nuestras vidas en ese empeño, solo nos conducirá a repetir los mismos errores en los que el pueblo cubano lleva ya sesenta años extraviado.


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