Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Oswaldo Payá, Represión

Certeza razonable

Ha muerto un hombre decente, de familia monogámica, repleto de resonancias simbólicas, acosado por las trampas de la indecencia y el compromiso sin confesión

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La discusión en torno a la terrible muerte de Oswaldo Payá Sardiñas tiene una connotación e importancia múltiples. La primera connotación es siempre humana: compromete el valor de la vida y la quiebra del equilibrio familiar cuando la pérdida de un ser querido es inesperada. Este es el ámbito digamos que cósmico de la muerte, que nos toca a todos como seres vivos, pero que no admitimos si la desaparición física de la persona se produce a “destiempo”, antes que se consuma lo que entendemos como el ciclo natural de desgaste humano. La razón por la que la muerte de un niño no encaja subjetivamente.

A esta connotación, que a mi modo de ver es la principal, agreguemos en el caso del fundador del Movimiento Cristiano Liberación otras dos: una política y otra moral. En la línea de Sor Juana Inés de la Cruz, quien nos enseñó que los hechos naturales de la vida, y todos sabemos que la muerte lo es, adquieren su valor si nos lleva a una reflexión mayor sobre las condiciones que rodean la existencia humana.

Como un hombre público relevante para el ámbito político cubano, —recordemos que Payá Sardiñas abrió la ruta a la ciudadanía con el Proyecto Varela— su muerte trágica somatiza la violencia política del Estado y sigue invitando a una deliberación y acción decisivas sobre la estructura violenta del curso y el discurso del régimen cubano.

Tendemos a pensar que la paz civil de las sociedades solo se rompe cuando las partes en conflicto entran en una disputa manchada de sangre. Esto supone a la violencia como fenómeno exclusivamente físico, reprobable únicamente cuando maltrata o elimina el cuerpo de los contendientes. Nada más alejado del concepto integral y moderno de violencia que capta el sentido de lo violento en su fase inicial: en la gestualidad y en las palabras, como saben bien las feministas y desafortunadamente sufren muchos niños.

Cuando esta violencia inicial se enquista e institucionaliza, se estructura lo que podemos llamar la violencia cívica permanente de los Estados contra los ciudadanos en aquellas sociedades, como la cubana, donde la ley no regula la convivencia plural, sino que justifica el poder de los poderosos. La diferencia que hay entre el Estado de derecho y el Estado de legalidad; la misma que existe entre guerra civil y guerra cívica.

Es la violencia cívica permanente del Estado cubano la que convierte en certeza razonable la tesis del asesinato de Estado contra Payá Sardiñas. Del lenguaje violento a la proyección primaria, de la gestualidad amenazante al derroche hormonal, de la intimidación barriotera a la permanente inseguridad psicológica de los ciudadanos, cualquiera sea el ámbito de su actividad civil, el Gobierno cubano ha montado un clima de violencia por más de 50 años con pocas muertes físicas y un sin número de muertes civiles y psicológicas. Como podrían testimoniar estadísticamente el exilio, las prisiones y las clínicas de psiquiatría cubanas.

En este sentido la muerte física de Payá es la señal negativa de que se ha sobrevivido positivamente a la muerte civil y psicológica a la que estamos expuestos los cubanos desde el nacimiento. La constante y recrudecida amenaza que se cernía sobre él, según su propio relato y el de sus amigos y familiares, indicaba esa vitalidad cívica y psicológica que el Estado cubano no tolera en sus adversarios. No era Oswaldo Payá Sardiñas el único expuesto a la violencia cívica de aquel. Tampoco será el último. Sí ha sido hasta ahora la única de las víctimas que alimenta con confusa claridad la certeza razonable del asesinato.

Certeza razonable, no pruebas irrefutables y mucho menos convicción. Solo el testimonio de los sobrevivientes podrá aportar alguna evidencia cierta de que efectivamente el Gobierno tuvo que ver con su muerte. Y algo huele mal en Dinamarca cuando uno de ellos no recuerda nada.

Ahora, mi hipótesis es otra: la de la pérdida de control del Estado sobre el peligroso juego intimidatorio de la policía política. Sin negar lo que afirman los familiares, el asunto es completamente grave como para aseverar, sin la duda de toda hipérbole, que Payá fue mandado a matar. Se necesita confirmación antes de tal acta acusatoria. Para un régimen que posee el monopolio absoluto de todo el repertorio de armas mortales, más el control total de nuestro itinerario, en un país donde no hay cuerpos de seguridad privados ni quienes prueben nuestras comidas antes de ingerirlas, creo que es más fácil diseñar el arreglo de nuestras vidas con algo cercano a una limpieza absoluta que no implique ni remotamente a los que se encargan del trabajo sucio en los órganos de inteligencia.

Los acontecimientos de junio de este año, donde el automóvil de Payá Sardiñas fue embestido supuestamente por mandato de Estado, abonan mi hipótesis, si es que se demuestra aquel suceso, en el concepto que manejo de certeza razonable y pérdida de control sobre los recursos humanos de intimidación. El clima de odio es tan fuerte hacia los adversarios de lo que en toda regla debemos llamar castrismo que cabe considerar una estrategia intimidatoria en tensión con el profesionalismo. Un profesionalismo que parece se ha perdido también en lo que otrora era un servicio de inteligencia y contrainteligencia mundialmente reputado. No olvidar que hay tres cosas que minan la eficacia estratégica de estos servicios hoy en Cuba. Primero, está poblado de delincuentes en sus áreas operativas; segundo, basa su táctica en la profilaxis intimidatoria y en la infiltración, lo que ya no funciona frente a las estrategias abiertas de la sociedad civil y, tercero, carece, a la altura de 2012, de recursos morales e intelectuales para un diálogo persuasivo —en el sentido de atravesar— y neutralizador de los adversarios. De ahí la proliferación de Hutus culturales en los cuerpos de seguridad: aquellos que contando en sus arsenales con armas sofisticadas de liquidación instantánea, tienen el coraje de repetir este nuevo mantra represivo: machetes que son poquitos.

Para hostigar con éxito se necesita profesionalidad milimétrica. De lo contrario se obtienen resultados letales en un ambiente de certeza razonable cuando se trata de la puja del Estado con los integrantes de la sociedad civil. A fin de cuentas todos sabemos que para algún segmento de las élites del poder y sus fanáticos de masa el mejor contrarrevolucionario —y me cuento entre los que asumen este último término técnicamente y sin complejos— es el contrarrevolucionario muerto.

Lo que me lleva finalmente a la connotación moral de la muerte de Payá. Él era un cristiano. Un hombre en la vena romántica de Martí, quien creía que la política era el vehículo público por excelencia para fundar el amor y la armonía entre los hombres como condiciones previas al reino de la bondad. Esta ingenuidad política tiene y tendrá en todo momento un valor supremo: rescatar la moralidad y los valores para la política en épocas demasiado cínicas, en las que incluso las doctrinas más vetustas piensan demasiado pegado a la tierra. Quiero decir que ha muerto un hombre decente, de familia monogámica, repleto de resonancias simbólicas, acosado por las trampas de la indecencia y el compromiso sin confesión. La dimensión moral del futuro tiene varios nombres, uno de ellos es Oswaldo Payá Sardiñas.


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