Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Cómo se justifica una dictadura

Revolución, comunismo, peligro de invasión… Los sucesivos argumentos del castrismo tras casi cincuenta años en el poder.

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En la tradición republicana de Europa y América, basada en la soberanía popular y la elección del titular del poder ejecutivo, es difícil justificar la permanencia de una misma persona como jefe de Estado de un país, durante medio siglo. Difícil, digo, pero no imposible, ya que las justificaciones provienen, precisamente, de quienes consideran que la personalización del poder es algo injusto y dañino, pero necesario.

Históricamente, las justificaciones y las experiencias de un fenómeno así han estado asociadas a circunstancias excepcionales: una revolución, una guerra, un estado de emergencia, un escenario de anarquía o fragmentación del territorio nacional. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esas condiciones "excepcionales" se han visto dilatadas artificialmente con tal de encubrir la voluntad del tirano, la cobardía de las élites o el miedo del pueblo.

Todos los dictadores de la historia moderna occidental (Cromwell, Napoleón, Rodríguez de Francia, Bismarck, Porfirio Díaz, Mussolini, Stalin, Hitler, Franco, Pinochet…) han basado sus poderes unipersonales y permanentes en coyunturas críticas o excepcionales. Cromwell y Bismarck, por ejemplo, aunque actuaron en momentos de revolución parlamentaria y riesgo de fragmentación territorial de sus respectivas naciones, nunca cedieron a la tentación monárquica. Napoleón sí, con la coronación imperial de 1804, aunque desde 1799 ejercía una dictadura republicana.

Los dictadores del siglo XX tuvieron a su disposición un artefacto más apropiado que la monarquía o el imperio para perpetuarse en el poder: el Estado totalitario. En ese nuevo modelo antidemocrático, sólo era necesario encabezar el "movimiento" o el "partido" para legitimar la permanencia en el poder. En totalitarismos de derecha, como el nazismo y el fascismo, el partido, aunque subordinado al Duce o al Führer, controlaba la sociedad civil por medio de corporaciones.

En el totalitarismo de izquierda, o sea, el comunismo, la dominación corporativa de la sociedad era similar, pero, en teoría y en buena parte de la experiencia histórica, la relación entre el partido y el líder era distinta: aquel subordinaba a éste. Después de Stalin y después de Mao, los dos grandes comunismos del siglo XX, el soviético y el chino, se acercaron a esa racionalidad más burocrática que carismática.

El daño moral de la autocracia

Sean burocráticas, carismáticas o una mezcla de ambas lógicas de dominación, las dictaduras siempre han contado con legiones de intelectuales orgánicos y semiorgánicos —estos últimos vendrían siendo aquellos "reformistas dentro del sistema" que desean, al mismo tiempo, la preservación y la transformación del régimen— que las justifican con argumentos recurrentes, aunque ellos mismos no estén muy convencidos del daño moral y social que produce toda autocracia.

Algunos de esos argumentos serían el providencial (la "visión", la "genialidad" o la "popularidad" del líder), el histórico (el caudillo hizo la revolución por lo que tiene el "privilegio" de encabezar indefinidamente el nuevo régimen), el doctrinal (el líder máximo es el que mejor interpreta y pone en práctica la ideología oficial) y el unitario (el país está en guerra contra enemigos internos y externos, por lo que la concentración del mando militar y político en la persona del jefe y su permanencia indefinida en el poder es la mejor manera de preservar la unidad nacional).

En la justificación de todas las dictaduras se ha recurrido a unos u otros argumentos. En el caso de la dictadura más larga de la historia occidental, la de Fidel Castro en Cuba, que se acerca al medio siglo, no sólo se han usado todos esos argumentos, sino que el acento de la legitimación del régimen ha oscilado a lo largo del tiempo, conforme el castrismo se acerca a una u otra ideología para apuntalarse.

En el último medio siglo, Castro ha sido, a la vez —perdón por el paralelo—, Mirabeau, Robespierre y Napoleón, Kerensky, Lenin y Stalin, Madero, Villa y Carranza. Esa condición de Proteo, de "caudillo de mil caras", es decir, de tirano, lejos de simplificar, complica las cosas, ya que su plataforma de justificación y proselitismo es diversa y puede desplazarse de un lado a otro con cierta facilidad.


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