Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Conejo, Venezuela, Maduro

Corre, conejo

Lo grave es que, al gobernante venezolano, Nicolás Maduro, no se le puede oír en serio, si bien tampoco hay que tomarlo a broma

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Una de las características del presidente venezolano, Nicolás Maduro, es su falta de originalidad. Otra, peor, es el modelo que copia.

Hace una semana el mandatario anunció el Plan Conejo, con el objetivo de incentivar la cría de ese animal en espacios urbanos para dar de comer a los venezolanos. La “idea” —las comillas son indispensables para no ofender el raciocinio— recuerda peligrosamente los disparatados planes económicos de Fidel Castro, que siempre culminaban en fracaso: el “Cordón de La Habana”, la siembra de café en los balcones de la capital, los cruces experimentales de razas vacunas, los cultivos exóticos, las vacas enanas.

En ocasiones tales planes daban pie al tradicional humor, como cuando quiso sustituir las reses por ovejas y el pueblo comentó que “Fidel había cambiado la vaca por la chiva”, pero en general significaron pérdida de tiempo, esfuerzos y recursos. Quizá el motivo fue en parte —además de megalomanía— el entretener a la población, recurrir a uno de los instrumentos que siempre utilizó con éxito: la distracción. No hay que dudar que Maduro persiga igual fin y en resumidas cuentas se limite a dar otra muestra de la lección aprendida.

Lo grave es que al gobernante venezolano no se le puede oír en serio, si bien tampoco hay que tomarlo a broma. Cualquier referencia a su torpeza clásica no debe terminar en la burla fácil. En su lugar obliga al análisis frente a un desastre mayor: el problema que enfrenta un país al tener al mando alguien de pobre razonamiento, cultura nula y restringida capacidad de expresión, así como lo expuesto de las circunstancias que han permitido que este individuo acapare el poder.

No es que Maduro destaque por su impericia verbal, lo cual de por sí es negativo, sino que es un inepto. Lo malo no se limita a que no sabe gobernar, sino que no deja gobernar a otros que sí saben.

Más allá de la falta de saber, lo que importa es el engaño, el mentir no simplemente por ignorancia sino por aferrarse al poder.

Ahora Maduro habla de criar conejos como cuando el gobierno chavista se lanzó a desarrollar los cultivos hidropónicos, en edificios y terrenos baldíos, y creó un ministerio específicamente dedicado a la agricultura urbana. Proyectos sin futuro, empeños torcidos, al igual que aquel del fallecido mandatario Hugo Chávez, con la propuesta de revertir el movimiento migratorio del campo a la ciudad en Caracas y la intención de que quienes apenas sobrevivían —y sobreviven— en las villas miseria que rodean a la capital se trasladaran a idílicas zonas rurales —no importa si eran zonas áridas y despobladas— e iniciaran una nueva vida trabajando la tierra o en talleres artesanales.

Ante la incapacidad para conducir a la nación de una forma independiente, a Maduro no le queda más remedio que copiar a sus dos únicos modelos: Chávez y Castro.

Chávez —invocando a Simón Rodríguez— proclamaba que Latinoamérica “debía ser original”. Su discípulo es todo menos eso. Aunque el problema con el Plan Conejo no es que sea más o menos original, novedoso o peculiar (conejos se crían en todas partes) sino que no va a funcionar, como no funciona nada en el país.

La falta de sagacidad del mandatario constituye una fuente de inseguridad constante para Venezuela, pero ese hecho no lo detiene: lo que quiere es que lo reconozcan como miembro de esa élite (Castro, Chávez) donde el mando se asume como una aventura y no como un deber administrativo.

El presidente venezolano debería, al menos, conocer este diálogo:

—Si de veras quieres saberlo, se fue por… allí.

—¿Quién?

—El conejo blanco.

—¿De veras?

—¿De veras qué?

—Qué se fue.

—¿Quién?

—El conejo.

—¿Cuál conejo?

Lástima que Maduro nunca haya leído a Alicia, ni los conejos a Updike.


Este texto, con el título de “Maduro, conejo loco” y una línea final algo diferente, también aparece en el Nuevo Herald.


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