Actualizado: 03/12/2021 11:36
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| Opinión

De la lealtad a la complicidad

El gobierno cubano no parece moverse en ninguna dirección que favorezca los derechos individuales de los cubanos y el momento del silencio ya pasó y es la hora de la denuncia

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Confieso que pocas veces me ha costado tanto trabajo escribir un artículo como éste. Y lo más grave es que no estoy seguro que sirva de algo. Por el momento garantizo que no sirve de nada a los extremistas vociferantes en La Habana o en la emigración, maniqueos para quienes cada cosa es una y su contraria sin derechos a matices o posicionamientos diferentes, sea abajo, arriba o en los costados.

Ojalá, en cambio, sirva para continuar un debate que hace más de una década iniciaron dos prominentes intelectuales cubanos: Jesús Díaz y Aurelio Alonso. Entonces Aurelio replicaba a Jesús su crítica a los intelectuales cubanos que vivían en la isla ―a los que éste último reprochaba un “silencio” cómplice de los peores rasgos del régimen político― y recababa la prevalencia de una lealtad de esos intelectuales con el más genuino programa revolucionario.

Creo que hay algo de razón en lo que Aurelio reclamaba entonces. Ese fenómeno de cambios radicales que se ha dado en llamar Revolución Cubana ha sido un fenómeno de fuertes disensos ―en un decenio colocó a cerca de un millón de cubanos fuera de la Isla― pero también de fuertes consensos. Desconocer esta realidad es perder de vista el meollo de la política cubana en los últimos cincuenta años, y con seguridad una variable que pesará por otros cincuenta. Y los intelectuales cubanos que decidieron permanecer en la Isla han sido partes muy activas de estos consensos, construyéndolos y consumiéndolos.

Si analizamos que estos intelectuales ―o al menos sus figuras consagradas― pudieron tener oportunidades de vida (material y profesional) muy superiores fuera de Cuba, entonces el compromiso que asumieron es loable. Permanecieron en Cuba, hicieron arte, periodismo o ciencias sociales de la manera que pensaron podrían contribuir mejor al futuro de la nación y contribuyeron así al desarrollo intelectual de una sociedad. En ocasiones el compromiso los llevó a sumergirse en los barrios pobres de las ciudades o en las comunidades campesinas, pagando con muchas incomodidades ―incluyendo las peleas de siempre con los licantrópicos comisarios partidistas― sus vocaciones sociales. A pesar de la emigración y de las exclusiones que produce el gobierno cubano, Cuba cuenta con intelectuales de talla internacional. Sólo en las ciencias sociales, para ejemplificar donde conozco mejor el escenario, figuras como Juan Valdez Paz, Aurelio Alonso, Mayra Espino, Oscar Zaneti, Mario Coyula, Carlos García Pleyán, Hiran Marqueti y Natalia Bolívar, entre otros igualmente meritorios, visten de gala la producción teórica de cualquier país. Y ello es un activo muy valioso del futuro nacional.

Creo que este afán de compromiso ―lealtad según Aurelio Alonso y silencio cómplice según Jesús Díaz― merece un breve repaso motivacional. Aun cuando en la historia revolucionaria y postrevolucionaria de Cuba podemos encontrar muchas manchas imperdonables ―sobre lo cual no me detengo ahora— también han existido razones para apoyar. En los primeros años, los que propiamente podemos llamar revolucionarios, se produjeron actos de justicia social y de independencia nacional que anunciaban un programa de desarrollo y democracia sustancial que la mayor parte de la población percibió como la superación de un pasado frustrante. Luego, cuando este programa fue sacrificado por el caudillismo autoritario y la esclerosis del llamado “socialismo real”, la alianza con la Unión Soviética proveyó recursos suficientes para organizar la movilidad social ascendente más contundente que haya vivido la sociedad cubana. Y cuando este proceso se agotó, se abrió un período de expectativas de cambios en medio de un debate nacional parcializado pero inédito desde 1959 y en el que muchos intelectuales apreciaron una puerta abierta a un futuro mejor. Fue una apertura dada por la omisión de políticas, y se cerró en 1996 con el carpetazo del V Pleno del Partido Comunista. Aunque desde entonces ha habido muy poco espacio para el entusiasmo, todavía se encendió una lucecita cuando Raúl Castro llamó a otro debate bajo el signo del cambio.

El problema estriba en que hoy no hay ni lucecitas ni posibilidades de que se enciendan.

Los pasos dados en los últimos tiempos y lo que logramos conocer en una sociedad sin libre acceso a la información, indican que el sector tecnocrático/empresarial liderado por los militares y el Clan Castro está retomando su proyecto de restauración capitalista. Y que evidentemente ese proyecto se basa en ofrecer al capital internacional asociado una fuerza de trabajo barata, instruida y encuadrada en organizaciones oficiales que sólo distan de las políticas gubernamentales en breves detalles. Se habla de un “programa de desarrollo” para decenios y de una “actualización del modelo”, sin que la arrogante clase política cubana crea necesario explicar cuál es la meta final, cuáles son los costos que ello implica y cómo se van a repartir. Porque justamente el quid de la actualización reside en no explicar nada. Ni a sindicatos genuinamente clasistas que pregunten sobre la distribución del ingreso y la necesidad de salarios justos, ni a grupos ambientalistas que clamen por un manejo más adecuado del turismo de masas en los cayos o por el probable efecto de las perforaciones petrolíferas, o feministas que se preocupen por la extensión de la prostitución y la degradación del rol de la mujer en la sociedad, o de los negros que demanden una rehabilitación de la Habana Vieja que no sólo cuente historias de nobles blancos, o, para terminar, de los homosexuales que quieran conocer cuál es la ley sobre el tema que, según la hija del general/presidente, se discutirá en la Asamblea Nacional.

Este será un ajuste doloroso económica y socialmente y que profundizará la pobreza de cientos de miles de familias cubanas. Pero el gobierno cubano se resiste a una apertura económica integral. Que para lo que aquí nos concierne, permita a estas familias buscar sus realizaciones materiales en los escabrosos espacios del mercado, con el apoyo de los familiares emigrados y de decenas de instituciones internacionales para el desarrollo que apoyan programas de esta naturaleza en cientos de países a nivel mundial. Ello significaría un grado de autonomía incompatible con un sistema político autoritario. Y por ello sólo se realizan concesiones parciales, paso a paso, sin un marco legal predecible. Y acompañado por un discurso que habla hoy de los cubanos como parásitos con la boca abierta y mañana les pide que sonrían a la miseria que se les encima.

El gobierno cubano no parece moverse en ninguna dirección que favorezca los derechos individuales de los cubanos. El caso migratorio es un ejemplo. Tras muchas demandas de cambios, tras pronunciamientos de muchas figuras públicas, y tras muchos rumores, el asunto ha quedado sepultado. Los cubanos siguen sometidos a una política opresiva que les obliga a comprar el derecho a pedir permiso para viajar. Siguen siendo víctimas de una práctica mezquina que convierte a la Isla en un reclusorio y a cada cubano en un recluido si vive dentro, y en un desterrado si vive fuera. Ello acarrea numerosos sufrimientos a la población cubana de ambas partes, y limita el libre desenvolvimiento de la comunidad cubana, dentro y fuera de la Isla. Nada justifica esta política abusiva que no sea la subordinación política de la población cubana a una élite corrupta y reaccionaria.

Lo mismo pudiera decirse de todos y cada uno de los derechos que hoy se consagran como valores universales: libertad de expresión, de reunión, de acceso a la información, de elegir y ser elegido, etc. Hace ya casi un siglo una comunista polaca que pagó con su vida su vocación política recordó a los bolcheviques que la única manera de pensar la libertad era concibiéndola como libertad para los que piensan diferente. En Cuba millones de persona piensan diferente, y una parte de ellas consideran que el sistema debe ser cambiado. Estas personas son reprimidas, perseguidas y encarceladas sin garantías por querer ejercer sus derechos a opinar y criticar en la tierra en que nacieron.

Creo que ya no hay motivos para ser condescendientes con la élite política cubana, incluyendo a los locuaces octogenarios que se han dado en llamar “el liderazgo histórico”. Ya no hay espacio para creer que los silencios, las críticas crípticas y las solicitudes de excusas, son el precio de una lealtad con la revolución, el socialismo y la patria, según reza el viejo lema.

Revolución no hay desde 1965, cuando comenzó el aventurerismo destructivo y la institucionalización; socialismo nunca hubo y la patria, que si existe, se nos va. Se nos va en cada cubano que tiene que emigrar para realizar sus aspiraciones. Se nos va en cada joven que alquila su cuerpo y su alma para poder visita una tienda en que venden en una moneda diferente a la que pagan.

Y se nos va en cada ocasión en que callamos.

Se nos va, y ahora recuerdo a Jesús Díaz, porque nuestro silencio ya es definitivamente cómplice.


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