Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Del Muro al Ladrillo

Multiculturalismo, postcomunismo, clonación, realidad virtual… Las dos décadas transcurridas desde el derribo del Muro de Berlín han sido probablemente las más intensas de la historia.

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Dos décadas han transcurrido entre el desplome del Imperio Comunista y la actual Crisis del Capitalismo. Veinte años que empiezan con aquella explosión en Berlín y alcanzan estas inundaciones que hoy arrastran consigo las contradicciones de la era global.

En estos veinte años, tiene lugar el tránsito que va del PC (Partido Comunista) a otro PC (Personal Computer), con la entrada de Microsoft en escena. Y con la consecuente derrota, en 1989 y en el Primer Mundo, de las sociedades que decían basarse en el trabajo manual (la "dictadura del proletariado") ante las sociedades que dicen edificarse en la utopía del trabajo informatizado. (Aunque la apoteosis de la construcción en los últimos años no acredite del todo esta ilusión).

Del robot humano visto por Orwell al robot posthumano previsto por Huxley, hablamos de una mutación cultural que se desliza entre la activación del arte del deshielo —los distintos protocolos para certificar el fin de la Guerra Fría— y el deshielo del arte —su carácter inocuo— ante lo que hoy entrevemos como el presumible final de la Post-Guerra Fría. En términos estéticos, vale recordar que entre 1989 y 2009 se liquida aquella obsesión vanguardista por quebrar la frontera entre arte y vida. Estas dos décadas testimonian, más bien, la relación agónica del arte con la supervivencia; que es la continuación de la vida por otros medios (por lo general más precarios).

Tecnología o precariedad, desesperación o seguridad, turismo o éxodos forzados —he ahí algunos pares con los que hemos lidiado en apenas veinte años.

¿Apenas veinte años? Hay que matizar ese apenas.

Este tiempo es testigo de las que, probablemente, son las dos décadas más intensas de la historia. Veinte años de vértigo que han conocido la dinamización —y la continua pulverización— de polémicas y conceptos que se han sucedido unos a otros como las temporadas de la moda: Multiculturalismo, Guerra Fría, Postcomunismo, Explosión de las Periferias, Canon Occidental, Apoteosis del Cuerpo, Clonación, Terrorismo, Arte Como Género, Crisis del Capitalismo, Postcapitalismo, Realidad Virtual, Estetización de la Revolución…

Una época en la que Europa ha acreditado la independencia de más de veinte nuevos Estados, y en cuyos respectivos reconocimientos ya están impresas las huellas de vencedores y perdedores de la Guerra Fría: la Unión Soviética, Yugoslavia o Checoslovaquia se dividieron; las dos Alemania, en cambio, se unificaron…

Un relato de fantasmas

Cuando se cumplieron, en 1999, diez años de la, así nombrada, caída del Muro, tuve la oportunidad de organizar un proyecto sobre las consecuencias de todo este asunto en Occidente. Se trataba de un evento multimedia, que incluía unas intervenciones visuales muy concretas. Recuerdo un paisaje del artista cubano Glexis Novoa, a lápiz sobre granito, en el que transformaba el sky line de Barcelona y nos mostraba una ciudad siniestra, con sus más emblemáticos edificios reconvertidos a la estética comunista. Recuerdo una instalación del artista mallorquín Guillem Nadal, que aplastaba el patio del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona con unas cinco toneladas de sal. Recuerdo unas animaciones —con las dificultades técnicas de entonces— donde se simulaban los movimientos, sobre el mapa de Europa, de algunos deportistas del antiguo Bloque Comunista que habían pertenecido a diferentes países: Serguei Bubka, Pedja Mijatovich, Jan Zelezny.

Coincidiendo con el proyecto, se concibió una antología publicada por la editorial Península: Paisajes después del Muro. Uno de los textos del libro me resulta ahora premonitor. Es de Frederick Jameson y tiene este título: El ladrillo y el globo. Jameson se preocupaba entonces por la relación entre arquitectura y economía, entre urbanismo y especulación, a la vez que daba un repaso a las teorías de Niklas Luhman y de Anthony Giddens, o avisaba sobre la "conspiración" que percibía en los cambios que se avecinaban en el estatuto del trabajo en las sociedades occidentales.

Más de una rémora espectral detectó Jameson en ese nuevo mundo surgido del Muro. No le resultó difícil recordar al relato de fantasmas como género arquitectónico por excelencia. En su alerta sobre la especulación del suelo como algo que se convertiría en un hecho sistemático, se anticipó diez años a este momento en que el ladrillo ocupa un lugar causal en la crisis: el fetiche de una política económica que ha avanzado desde la explosión de aquellos ladrillos de entonces.

Si en la destrucción del Muro podemos percibir un acto revelador que presupone finalmente la transparencia del mundo (a fin de cuentas se descorrió el Telón de Acero), en la restauración del Ladrillo —que quedará como un icono de estos tiempos como los lingotes en los días de la Fiebre del Oro—, es perceptible un sistema que no acaba de acomodarse al derrumbe de su pareja de baile. El ladrillo es, al mismo tiempo, la consecuencia de lo derribado y el anuncio de nuevas murallas. ¿Puede haber vanagloria por el ladrillo sin vanagloria por el Muro?

Solidaridad. Transparencia. Reconstrucción.

Formo parte de esa generación que se abre al mundo gracias a la experiencia liberadora de aquel 1989. Una generación crecida en la experiencia comunista y heredera del desplome, que alimentó las esperanzas por un mundo en el que lo desconocido se abría paso ante lo prefijado. Y, la verdad, no veo cómo negarnos a festejar el XX Aniversario de aquella demolición.

Tampoco veo cómo obviar, en medio de la fiesta, lo que el Muro nos ha dejado. Por ejemplo, los estados satélites que mantienen, a su manera, un régimen de tipo comunista —Corea del Norte, Cuba, Viet Nam—, y que han quedado a la deriva, sin demasiado protagonismo en las agendas globales, como dejados a sucumbir por la ley natural de una energía menguante. Cómo olvidar a China, que marca el estilo de estos tiempos con una simbiosis no prevista en las ecuaciones de hace veinte años: esa unión consentida de mercado y partido único, tiranía y negocios, ambos en términos extremos.

No estaría de más replantearnos esas formas providenciales con las que se sigue nombrando el hecho —la Caída del Muro—, usurpando el protagonismo a la gente de a pie que rompió las fronteras cuando nadie supo predecirlo. ¿De qué vale maquillarlo todo con una ficción heroica —Gorbachov, Kohl, Bush— que parece olvidar que fueron también unos obreros de Gdansk los que se rebelaron contra aquella sociedad hidráulica que gobernó en su nombre durante décadas?

Para festejar estos veinte años puede ser útil, también, recuperar las frases de aquellas jornadas de hace veinte años y enfrentarlas a la lógica de la muralla que sobrevive en la actualidad.

Solidaridad. Transparencia. Reconstrucción.

Tres buenos términos para interrogar, sin dejar la fiesta, a una democracia que parece cogida con alfileres y que es también, en buena medida, heredera de aquel estallido.


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