Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cuba, Intelectuales, Sociedad Civil

Del relativismo al “cantinfleo”

Dos intelectuales se pronuncian sobre la sociedad civil cubana: la censura política como un potencial de mediocridad y falta de decoro

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En los artículos de Rafael Hernández y Jesús Arboleya sobre la sociedad civil[1], se evidencian los tabúes y prejuicios contra la sociedad civil cubana. Sin precisiones conceptuales y con artilugios políticos ambos intelectuales validan el status quo y su indignidad. Hay ocasiones, en que los colegas cubanos me dan pena ajena por la censura que resuman sus textos. Otras me producen indignación por la complicidad con las políticas represivas del régimen.

Arboleya incluye a los disidentes dentro de la sociedad civil cubana, pero los menciona de pasada y oculta la represión permanente contra ellos. Hernández los sigue calificando de “mercenarios” y por lo tanto los excluye. Para Hernández, la oposición política no nace de la sociedad civil como históricamente ha ocurrido en todas las partes del mundo sino que es “importada”. No hay raíces auténticas y autónomas de disenso en Cuba y todos los que disienten del gobierno y sus políticas aspiran a convertirse en políticos profesionales. El reduccionismo infantil de esta “doctrina” tiene larga data en los manuales soviéticos, pero ni Hernández ni los órganos de la policía política cubana pretenden “actualizar” sus enfoques.

Los autores comparten la consigna política de la supuesta simbiosis entre los intereses del Estado-Partido cubanos y la sociedad civil. Este es el núcleo epistémico para toda la retórica discursiva de Hernández y Arboleya. Una consigna creada por el Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, y que nada tiene que ver con la historia ni la actualidad del concepto sociedad civil en el resto del planeta, aunque por supuesto, seguramente Corea del Norte comparte la misma visión. Si nada tiene que ver con el concepto, la retórica de ambos autores, menos tiene que ver con la realidad sociológica del país ni con la práctica política cotidiana.

El relativismo de ambos discursos.

El concepto es “complicado”, “complejo” para los autores —algo usual en la academia cubana de la Isla para no explicar nada—, y seguidamente tomar posición a favor de una consigna política e invisibilizar la realidad. Es decir, hay tantos conceptos de la sociedad civil que mejor no tomar ninguno y suplantarlo con el discurso oficial. A partir de la consigna política, al parecer, ambos autores han llegado a la equidistancia de que las ONG reciben financiamiento a veces de los gobiernos a veces de fundaciones, por lo que la polémica sobre el financiamiento ya ha alcanzado un consenso: si toda ONG necesita financiamiento, es hora de que los intelectuales cubanos exijan al gobierno cubano financiamiento para sus disidentes, de lo contrario la etiqueta de “mercenarios”, merece al menos, una soberana “trompetilla nacional”.

El otro artilugio de la mediocridad es plantear que las organizaciones paraestatales fundadas por el estado cubano hace 50 años representan a la sociedad civil cubana. Una validación histórica tan arbitraria como decir que las SS hitlerianas tuvieron validez porque fueron creadas en un momento histórico de apoyo masivo a los respectivos regímenes. Nada explican estos autores sobre los intereses que defienden estas organizaciones ni cuáles son las demandas que plantean.

Ninguno de los dos autores desconoce que no solo hay un amplio funcionariado que solo vive de su puesto dirigiendo esas organizaciones a nivel municipal, provincial y nacional —es decir una amplia burocracia sostenida por el erario público—, sino que los reglamento, derechos, acciones y pronunciamientos de estas organizaciones “bajan” de la dirección del partido único y en línea con el discurso oficial. Si alguien está en desacuerdo queda excluido.

La ausencia de autonomía de estas organizaciones, las condenan a ser portavoces de los derechos del Estado-Partido y reprime la agregación de demandas ciudadanas de sus afiliados. Por eso, no son sociedad civil cubana sino tropas paraestatales como poleas de control político sobre sus afiliados y contra el resto de la sociedad que no pertenece a estas organizaciones obligatorias para obtener un puesto de trabajo, una licencia para la micro empresa o la precaria cartilla de racionamiento que sirve para la sobrevivencia alimentaria de una semana del mes. Sobre esto, medular si se habla de sociedad civil, nada dicen ninguno de los dos autores. Así, invisibilizan la realidad sociológica y los mecanismos de control estatal y partidario para eliminar el disenso y reprimir a los propios miembros de sociedad civil oficialista y mucho más a la independiente del gobierno cubano.

El “cantinfleo” de Hernández

Para este autor todo es relativo: la sociedad civil es el partido único si se mira “desde abajo” y no lo es si se mira “desde arriba”, lo mismo pasa con el sindicato, y las demás organizaciones paraestatales cubanas. Por lo tanto todo es sociedad civil si se mira “desde abajo” y todo es Estado y Partido si se mira “desde arriba”. Salvo los opositores que no puede mirárseles desde abajo ni desde arriba porque son “importados”. Si no fuera una situación trágica y con consecuencias represivas de golpizas y atropellos, el “cantinfleo” de Hernández produciría unas buenas carcajadas a nivel internacional.

Si es estatal o público es lo mismo para Hernández. Así, los medios de difusión masiva son parte de la sociedad civil, a pesar del monopolio y control informativo del Estado. Todo este “cantinfleo” para decir que la sociedad civil cubana es igual a todas las del resto del mundo, y sólo la ignorancia de la realidad cubana permite hablar de la ausencia de democracia en Cuba.

Muy lamentable que dos intelectuales cubanos se olviden de la honestidad intelectual y pasen a vestirse de funcionarios voceros del gobierno, dando la espalda a la realidad del país e invisibilizando la represión. El silencio, en algunas ocasiones, resulta menos espurio. Sencillamente comprendiendo los derechos humanos como universales y viendo la actuación de “la sociedad civil oficialista” en la reciente Cumbre de las Américas, los discursos de ambos intelectuales quedan en el más bochornoso ridículo.



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