Actualizado: 20/11/2018 18:13
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España, Cuba, Castro, Franco

Del Valle de los Caídos a Santa Ifigenia

Una piedra funeraria que seguirá siendo tirada por los extremos hasta que el perdón, la reconciliación y la aceptación de responsabilidades decida si vale o no la pena moverla del lugar honorifico que ocupa en la actualidad

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A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.

“En Tiempos Difíciles”. Fuera del juego
Heberto Padilla

I

Pedro Sánchez, actual presidente español, ha retomado la misión de algunos socialistas “carnívoros” —como los denomina Carlos A. Montaner— de barrer con toda memoria que recuerde el franquismo. Sánchez, de quien se dijo había entrado al poder por la puerta de atrás pues no se sometió a las urnas, sino que emergió de una especie de Frankenstein político[i] aprovechando la debilidad ética de los populares, se ha propuesto algo que parece más una ruptura que un propósito reconciliador: sacar del Valle de los Caídos al general Francisco Franco Bahamonde, dictador español por casi cuarenta años.

La carrera por desalojar los restos del autócrata gallego comenzó apenas iniciándose la democracia. Es un paquete que se ha venido vendiendo como condición indispensable para la reconciliación tras la guerra civil española[ii]. Hasta ahora la mayoría de los españoles ha aceptado sin grandes ojerizas quitar los nombres a calles, paseos y parques que recuerden a militares y políticos falangistas. Tales desagravios simbólicos se han dado, mayormente, en pueblos pequeños, donde todo el mundo se conocía. La feroz represión del franquismo enlutó familias completas.

El problema ha sido llevar a término esa suerte de resarcimiento tardío en las grandes urbes. Para ello hay dos razones básicas. La primera es que la guerra cobró vidas inocentes de ambos bandos, sobrevivientes al asedio, la hambruna y el bombardeo indiscriminado. Si los falangistas fusilaron a miles de compatriotas, y fueron apoyados por el nazismo emergente, los republicanos no respetaron prisioneros de guerra; sus fusileros quitaron la vida a soldados, sacerdotes, regidores y simples ciudadanos negados a cooperar. Ellos también recibieron ayuda, pero del comunismo internacional, primo hermano del fascismo, a quien debe su talante totalitario.

La segunda razón, y que nos lleva al dilema actual, es de tipo idiosincrático: hay todavía españoles, sobre todo al norte y centro de la península, que siguen pensando les iba mejor con la dictadura franquista que con la democracia de izquierda que ha gobernado el país por más tiempo. Esa fracción, la de extrema derecha —en una democracia verdadera los mínimos son importantes— permanece escandalizada ante la posibilidad, ahora con los socialistas de nuevo en el poder, de quitar al dictador del Valle de los Caídos.

Valga una sencilla explicación: allí no solo reposa el general Francisco Franco. Astuto como el que más, imaginando el Caudillo que en un futuro podría violarse su eterno reposo, se hizo rodear de los restos de enemigos y amigos como en una especie de resguardo faraónico. De ese modo, el monumento construido en tiempos del régimen franquista —entre 1940 y 1958— guarda despojos mortales de combatientes republicanos y falangistas. El argumento oficial: sería un tributo a la reconciliación entre españoles. Pero ha sucedido justamente lo contrario. Ahora se habla de sacar al generalísimo para resarcir moralmente a las víctimas. Entonces, ¿por qué no mover también al fundador de la Falange, a José Antonio Primo de Rivera? ¿Cómo exhumar la osamenta de 33.872 combatientes sepultados en el mausoleo, republicanos y golpistas, para darles sepultura, separados por bandos, en distintos lugares de la geografía funeraria peninsular?

Mientras unos creen que desenterrar un dictador es un sacrilegio, otros opinan que es un acto de justicia histórica, y que debería dársele por descanso el anonimato de un osario común; creen que nunca habrá verdadera aceptación de la responsabilidad, perdón y reconciliación mientras el tirano goce de un sitio solemne donde peregrinar y ser recordado.

II

A miles de kilómetros de distancia, pero con cercanas concurrencias, descansa también quien guiara los destinos de Cuba por más de medio siglo. Sin duda por su propia voluntad, pidió ser inhumado en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba[iii]. Hasta aquí nada es llamativo. Pero si agregamos que el destino del extinto Máximo Líder es junto a José Martí, el cubano más universal y patriota por excelencia, y que después el mausoleo en forma de piedra sideral[iv] se hace acompañar de los restos de Carlos Manuel de Céspedes, y de Mariana Grajales, padre y madre de la Patria respectivamente, podríamos considerar ese espacio del cementerio santiaguero como una alameda histórica, solemne recordación a los padres forjadores de la independencia cubana.

Imaginemos entonces que sucedería si en un futuro desaparece lo que aún llaman Revolución cubana, y quienes han sufrido por generaciones las consecuencias del régimen —muerte, escarnio, expropiaciones, exilio, prisión—, recobran su voz y exigen, como ahora en la Madre Patria, que los restos del Comandante en Jefe sean removimos de su reposo final. Un proceso, el de la exhumación que, como en su paralelo español, sería condición indispensable de una parte de los cubanos para iniciar o progresar en el camino de la reconciliación nacional.

No debe dudarse que tales situaciones se darán con no pocas calles, parques o fábricas cuando regrese el ejercicio de la democracia, y cada ciudadano tenga su opinión y sea respetada. A pesar de que muchos mártires lo fueron y lo seguirán siendo porque combatieron contra la dictadura batistiana, del otro bando exigirán que también se pongan a las calles y parques los nombres de los caídos en el Escambray, Playa Girón y la ergástula comunista. Habría que añadir las decenas de miles de Comité de Defensa de la Revolución (CDR), sin duda desparecidos el día después, los cuales llevan por nombres presuntos héroes que hasta los miembros de esos órganos parapoliciales desconocen. Pero como ha sucedido en territorio peninsular, esos serán conflictos menores. A las nuevas generaciones y a las que están por venir puede que poco les importe recordar a quienes deben sus dichas y libertades.

La discusión de qué hacer con una piedra-símbolo tan conflictiva tiene hacia dónde mirar. Los chinos con su sabiduría milenaria y el respeto ancestral a los ancianos y los muertos, no han sido capaces de mover el cuerpo momificado de Mao-Tse-Tung. A pesar de que la ideología maoísta primigenia es historia pasada, y la China comunista una empresa de mercado con control unipartidista, en el mausoleo de la Plaza Tiananmén permanece lo que algunos creen es un cuerpo de cera, y otros el cuerpo momificado a quien los asiáticos reverenciaban como un dios vivo.

La misma fórmula aplica para los dictadores coreanos Kim-Il-Sung y Kim-Jon-Il, con la gran diferencia de que estos, aun después de muertos han sido útiles, como diría el poeta: padre e hijo son exhibidos en el Palacio del Sol de Kumsusan como deidades para que el nieto-heredero de la dictadura justifique el desastre económico y social del régimen iniciado y mantenido por sus ascendientes.

Puede que la primera momia gloriosa expuesta en el occidente moderno haya sido la de Vladimir I. Lenin. Como en los anteriores ejemplos, el monumento fúnebre se levanta en el sitio más importante de la capital moscovita, la Plaza Roja. Con el fin del imperio soviético, glasnost y perestroika mediante, hubo escarceos para quitar de allí lo que quedaba de Lenin, ponerle fin a lo que muchos llaman profanación y otros, pornografía política. Josef Stalin pudo hacerle compañía al líder de la Revolución de Octubre por un tiempo. Pero la memoria de los pueblos suele ser vengativa, y el de apellido de acero tuvo que mudarse a una tumba junto al muro del Kremlin como un héroe de guerra más.

Lo que une a estos tres líderes insepultos es su ideología comunista totalitaria, y el culto a la personalidad, del que quizás Lenin escapó un tanto por morir a destiempo. Ni Fidel Castro ni Francisco Franco, genes gallegos por demás, optaron por la inhumación simple —el primero cremado— en sitios que ellos sabían bien eran de obligada peregrinación popular y turística. ¿Sacarlos de sus reposos serían actos de justicia o sacrilegio a los valores judeo-cristianos de los cuales provienen las sociedades occidentales?

III

Desenterrar un dictador y enviarlo al anonimato de una tumba común no es un acto tan simple. Líder y masa establecen vínculos que escapan a cualquier intento de moralidad, de razón. En China y en la antigua URSS, ambos países comunistas de carácter totalitario, la conversión a sociedades de mercado con dictaduras unipersonales[v] ha llevado a que los símbolos insepultos, Lenin y Mao, no funcionen como dioses redivivos sino como una atracción turística.

En épocas de la URSS o de la China, Mao post-mortem, las colas para ver las momias-lideres eran gigantescas. No solo los turistas soportaban el frio de la Plaza Roja o la contaminación y el bullicio de Tiananmen. Espontáneos soviéticos y chinos necesitaban ver a Lenin y a Mao. Era más un acto de reafirmación espiritual que de macabra curiosidad. Los gobernantes de esas sociedades cerradas también necesitaban mostrar a los extintos líderes: la tribu sin un tótem[vi], sin la figura que la representaba, no sabía a dónde ir. Con el advenimiento de la sociedad capitalista, su descentralización del poder económico, la propiedad privada y la libertad individual, los seres humanos prescinden de chamanes y tótems. No necesitan ver ni hacer vivir a nadie para que les predique el presente y les adivine el futuro.

Una diferencia esencial entre lo que ha sucedido en las actuales Rusia y China con los casos cubano y coreano, es que en los primeros ha habido un proceso de purga histórica. Lenin y Mao han recibido las críticas que merecen en sus propios pueblos. De ellos se sabe todo o casi todo. Y por eso a pocos les importa ya si hay que dejarlos donde están o si hay que tirar sus momias en un lugar remoto. El presente ha sustituido el pasado lacrimoso, presumido, castrante: no hay lágrimas ni en Moscú ni en Pekín. El futuro de rusos y chinos es hoy.

Hay que entender la necesidad vital del régimen cubano en mantener el símbolo. Es casi de lo único de lo que puede agarrarse tras medio siglo de errores y fracasos continuados. La piedra funeraria es parte de la creación mitológica, totémica, que a regañadientes hace a la sociedad insular dar unos pocos pasos hacia adelante —¿hacia el abismo? Los ideólogos comunistas están tratando de construir una especie de teleología que explique el alfa y el omega de la Revolución[vii], y es imprescindible un sitio físico, real, donde los nuevos hermanos peregrinen y juren lealtad absoluta. Quien lo dude debe revisitar la prensa cubana de hace un par de semanas, aniversario del natalicio del Comandante: lenguaje pedante, insulso, de Evangelio mal leído y peor comprendido, que intenta devolvernos un Fidel Castro cual Cristo resurrecto.

Al contrario de su hermano, a pesar de que sus enemigos le endilgan adjetivos desfavorables, Raúl Castro ha resultado ser un hombre inteligente, perspicaz, organizado. Ha sido capaz de sostener en pie, tambaleándose, pero aún en pie, un país en ruinas con una ideología probadamente fracasada. Hasta sus últimos deseos han sido coherentes con ese futuro de ajustes de cuenta: que coloquen sus cenizas en el hermosísimo lomerío del Segundo Frente, dentro del monolito que guarda las cenizas de su esposa, y al que custodian los restos de otros oficiales rebeldes de aquella gesta rebelde. La Historia, parece decirnos el general, y el destino final de las reliquias santiagueras se lo deja al Comandante en Jefe.

IV

Cuba es un país de misteriosas coincidencias y ocurrencias. Es apenas la única isla horizontal de Oriente a Occidente. Conocida como la llave del Golfo por su posición geográfica en esta especie de Mediterráneo americano, ha visto pasar por sus calles y pueblos a hombres y mujeres de todo el mundo, algunos dejando simientes e idiosincrasias diversas; como resultado hay un cubano mestizo, irreverente, sin sentido de profundidad o de tercera dimensión, como diría Jorge Mañach[viii].

Sin embargo, la Isla ha dado famosos en casi todas las ramas del saber y de la cultura con apenas un puñado de habitantes. Ha sido colonia o neocolonia de grandes y disímiles imperios, y es el único país occidental proclamado socialista a unas decenas de millas de la nación anticomunista por excelencia. Ese ser y no ser al mismo tiempo, ha permitido a su gente adaptarse y prosperar en cualquier latitud y en las circunstancias más insólitas.

La vida y la muerte de sus héroes son también de curiosa singularidad. José Martí nació en uno de los barrios más pobres de La Habana, junto a la antigua muralla. Jamás tuvo preparación militar y organizó el levantamiento armado que culminaría con la independencia y la republica. Murió en combate en el Oriente de la Isla, sin disparar un solo tiro. Reposa en Santiago de Cuba, donde nació Antonio Maceo, en una familia de clase media. Maceo fue herido dos decenas de veces en combate, y murió en La Habana, donde muy pocos se le unieron en la lucha. Y es en La Habana donde descansa quien fuera el guerrero cubano por excelencia. El azar concurrente puede llevarnos a pensar que para los cubanos no hay lugares premeditados para vivir, pelear y morir.

De la misma manera, la piedra donde descansan las cenizas de Fidel Castro podrá no tener paz hasta que el perdón, la reconciliación y aceptación de responsabilidades decida, soberanamente, si vale o no la pena mover la roca del lugar honorifico que ocupa en la actualidad. La Historia y sus jueces implacables, pueblo y tiempo, deberán conocer la verdad sobre su vida y obra, desconocida unas veces, edulcorada otras, oculta la mayoría del tiempo. Mientras eso no suceda, Fidel Castro seguirá siendo para unos el sanguinario dictador; para los demás, la reencarnación de Martí en nuestra época. La piedra funeraria seguirá siendo tirada por los extremos.

A todos nos deben, además, una explicación sobre sus últimos días; su enfermedad, la causa del deterioro físico y mental que lo llevó a la muerte. Parecerán datos nimios. Pero cuando un hombre se hace público contrae el deber de no tener privacidad; su estado de salud física y capacidad mental deben ser conocidos por quienes lo han elegido para que los represente —por supuesto, en caso de que esa elección haya sucedido. Tales detalles hacen al líder más creíble, imitable, cercano a otros seres humanos. No sucede así con los superhéroes, los semidioses encantadores de pueblos; ellos tienen la necesidad de demostrarse invulnerables, infalibles e inmortales.

El monolito-símbolo pudiera convertirse en una piedra en el zapato de la futura Republica de Cuba. Para unos será triste sacársela de adentro. Para otros, un alivio. Lo importante para todos puede ser, como ha sucedido con Lenin y Mao, que su presencia en un camposanto no lleve a una nueva escisión de compatriotas en bandos irreconciliables. Que la piedra funeral, esté donde esté, sea una tumba más. Y así pueda reverenciarla, ignorarla o criticarla, sin temor a represalias, el cubano que le dé la gana.


[i] Con una minoría de diputados en comparación al Partido Popular de Mariano Rajoy, el Partido Socialista Obrero Español pudo aprobar una moción de censura aliado a partidos independentistas y autonómicos, haciéndose con el poder político en junio de 2018.

[ii]Se considera el inicio el 17 de julio de 1936 y finalizada el Primero de abril de 1939: 2 años, 8 meses y 15 días.

[iii] Santa Ifigenia fue inaugurado en 1868. Descansan allí mártires de la lucha anti-batistiana, una treintena de generales de la independencia, presidentes de Republica como Tomas Estrada Palma, numerosos artistas, músicos y hombres de fama mundial como Emilio Barcardí Moreau. No tan rico en arte funerario como el cementerio de Colon en La Habana, en Santa Ifigenia reposan por metro cuadrado más restos de personajes históricos y famosos que en el camposanto habanero.

[iv] Tras enfermar Fidel Castro en 2006, Raúl Castro encargó al Comandante Juan Almeida la supervisión de un monumento funerario a su hermano. Almeida falleció antes que el destinatario del encargo. La terminación de la obra se mantuvo en secreto, según la prensa oficial cubana.

[v] Pocas dudas hay de que el pueblo ruso ha aceptado a Vladimir Putin como un zar posmoderno, un líder en cuyas manos la sociedad civil ha depositado presente y futuro.

[vi] El último libro de Mario Vargas Llosa, La llamada de la Tribu —el presidente Iván Duque lo considera el testamento político del escritor liberal— muestra el valor que, para las sociedades cerradas, destinadas a la autofagia política, tienen estos líderes totémicos. Vargas Llosa, Mario. La llamada de la tribu. Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U. 2018.

[vii] La cátedra que estudiará el pensamiento de Fidel Castro es una suerte de escritorium que deberá organizar lo que en realidad es un desorden, sin originalidad teórica y gran incoherencia.

[viii]Indagación del Choteo sigue siendo para muchos críticos una de las mejores aproximaciones a la idiosincrasia de los cubanos, a nueve décadas (1928) de pronunciada como conferencia. Maňach, Jorge. Indagación del Choteo, tercera edición revisada. Editorial del Libro Cubano. La Habana. 1955.


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