Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Después del asalto

Carlos “El Chino” Figueredo participó en el asalto a Radio Reloj, el 13 de marzo de 1957, junto con José Antonio Echeverría y Joe Westbrook. Su automóvil era en el que viajaba José Antonio. Figueredo sobrevivió al ataque y tras el primero de enero de 1959 trabajó durante muchos años como oficial del Ministerio del Interior. Se suicidó en marzo de 2009 . Este testimonio es parte de su autobiografía, que permanece inédita.

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Bajamos por la calle I y nos detuvimos frente a una farmacia en cuyos altos había una casa de huéspedes donde vivían gentes conocida por Joe. Cuando parábamos en I y 25, pasó el compañero del Instituto de La Habana, Newton Briones Montoto, en un auto que manejaba su padre Newton Briones, y me gritó preguntándome sí sabía algo de lo que estaba pasando. Le contesté que nada y que todo estaba bien. El padre me saludó y me hizo señas con las manos como para que me fuera de allí.

Al llegar a la casa de huéspedes los conocidos de Joe no estaban; entonces pasamos a un cuarto donde había dos muchachos, al parecer estudiantes.

Les refirió que habíamos estado en el asalto y yo estaba herido, y teníamos que cambiarnos de ropa, ya que estábamos muy ajados y sucios.

Comenzaron a reírse con mucho nerviosismo, como si no creyeran lo que les decíamos. Joe empuñó la pistola, y les manifestó: ¿Se convencen? Saltaron de la cama y nos dijeron donde había ropa.

Nos vestimos y, lo que mejor me vino, fue un par de zapatos mocasines de talla mayor que la mía, que me vinieron bien porque tenía el pie muy hinchado. Joe me dijo que teníamos que deshacernos de las armas, cosa con la que no estuve de acuerdo, pero tuve que hacer. Me quedaba sólo la cuchilla.

Nos separamos en dos grupos; Héctor y Mario en uno, y Joe y yo en el otro.

Fuimos a una casa de un matrimonio que Joe conocía. Tenían una niña pequeña y nos dijeron que no podíamos quedarnos. En otras dos casas tampoco nos dieron albergue a pesar de que acercaba la noche y La Habana prácticamente estaba en estado de sitio.

Por fin llegamos a casa de Guillermo Cabrera Infante, quien nos planteó que tenía un correo de la Sierra y no debía mezclar las cosas porque eso calentaba mucho el lugar, pero que no nos iba a dejar desamparados, que subiéramos para casa de Sarita su cuñada que ella nos resguardaría, y cuando llegara Rine, su marido, que era revolucionario, hablarían.

(…)

Esa noche vinieron a verme los estudiantes de medicina Marcelo Pla y Ramiro del Río. Trajeron algún instrumental y me curaron.

Dijeron que no había que sacarme los plomos que estaban fragmentados por la pierna y el anverso del pie derecho.

Volverían a curarme todos los días para ver sí había que ponerme algún antibiótico pues me había negado de primera intención.

No bien hubieron salido del cuarto el sueño me rendía. Extrañé a Libertad pero, muy cansado, dormí bien.

Al otro día supe que Joe se iría para otro lugar y tenía que quedarme allí solo con Sarita, con la tenía poco que conversar. Aunque ella era una mujer muy culta y refinada, de una forma de ser y un hablar exquisito, había de por medio, la situación creada con su marido, y eso me hacía sentir un terrible complejo de culpa.

Joe y yo comenzamos a cuadrar algunas gestiones sobre el tiempo que yo estaría allí, cuándo y cómo volvería a verlo, cómo nos comunicaríamos.

Me planteó que destruyera todas mis identificaciones; que me prepara para hacer vida clandestina.

Le enseñé mi licencia de conducción y le pregunté que hacía con ella. Me dijo: “Destrúyela, ya no eres ése”.

Pensé en los que habían muerto, en Libertad, mamá, los compañeros del Monseigneur, en el rumbo que hubieran cogido los compañeros del Instituto y, por qué no decirlo, en lo mucho que me gustaban mi trabajo, mi auto y el sueldo de seiscientos pesos que había perdido.

Entré al baño a asearme. Dentro de poco vendrían los compañeros a curarme. Instintivamente me miré al espejo. Vi con extrañeza que tenía un pelo en mi pecho lampiño.

Me había salido un pelo y era la primera vez que lo veía o, por lo menos, me fijaba en él.

Miré mi cara en el espejo, como pensando:“Ya eres un hombre de pelo en pecho”.


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