Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Girón, Disidencia, Oposición

Diferendo y dictadura

El fracaso de la fuerza expedicionaria por Bahía de Cochinos se consolaría con el mito de la cancelación del apoyo aéreo

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En uno de esos debates historiográficos arreglados entre cubanos salió a relucir algo así como que “el origen del diferendo entre Estados Unidos y Cuba está (…) ligado [a] la guerra fría y la corrección diplomática [estadounidense] de 1959 no puede entenderse como la fachada de una hostilidad ‘encubierta,’ sino como una política exterior que fue reemplazada, en la primavera del 60, por otra de carácter confrontacional.” Más clarito: “La tesis de que Estados Unidos se propuso un ‘cambio de régimen’ en Cuba desde 1959 es insostenible.”

Baile historiográfico en casa del trompo político

Oigamos a Dick Rubottom, Subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, al informar sobre “el problema cubano” en la Reunión 432 del Consejo de Seguridad Nacional (Washington, 14 de enero de 1960): “Cuando Castro llegó al poder tuvimos que esperar cierto tiempo para ver que haría (…) El período de enero a marzo puede caracterizarse como la luna de miel (…) En abril se hizo evidente una tendencia a la baja en las relaciones Cuba-EEUU, en parte por la preparación en Cuba de expediciones filibusteras contra República Dominicana, Nicaragua y Panamá. En junio arribamos al punto de decidir que ya no era posible lograr nuestros objetivos con Castro en el poder (…) En julio y agosto estuvimos enfrascados en elaborar un programa para reemplazar a Castro.”

Así tenemos a un historiógrafo cubano contando una historia bien diferente a la documentada por los protagonistas mismos. ¿Cómo salir del paso? Muy sencillo. El propio historiógrafo advierte “que no existe una, sino varias historias de Cuba y de sus relaciones con Estados Unidos.” De este modo podemos contar la historia que nos dé la gana e incluso abrir paso al mito, que resulta incompatible con la historia, pero nos sirve para ir tirando.

Girón en la memoria

Antes de la sesión informativa de Rubottom, el Subsecretario de Estado para Asuntos Políticos, Livingston Merchant, soltó en aquella reunión que “el Departmento de Estado había estado trabajando con la CIA en los problemas cubanos [para] ajustar nuestras acciones de manera que aceleren el desarrollo de una oposición en Cuba y propicien un cambio de gobierno a otro más favorable a los intereses de EEUU”

Desde octubre 31 de 1959, el Departamento de Estado había pasado al Presidente Eisenhower el programa de acciones acordado con la CIA para “respaldar a los opositores en Cuba y presentar la caída de Castro como resultado de sus propios errores.” El vicepresidente Nixon dejó caer que “América Latina estaba ahora mejor preparada para lo que pudiera pasar en Cuba que antes para los sucesos en Guatemala.”

La mesa quedó servida para atragantarse con el mito del pueblo cubano anticastrista. Un mes antes de la invasión por Bahía de Cochinos, según informes de “inteligencia” de la CIA, “fewer than 20 percent of the people support Castro [and] many Cubans think that it is possible that Castro will soon fall (…) Approximately 75 to 80 percent of the militia units will defect when it becomes evident that the real fight against Castro has begun” (Information Report, “Diminishing Popular Support of the Castro Government,” 16 de marzo de 1961).

Así mismo afloró la falta de unidad y lucha intestina entre los contrarios de Castro. El 18 de marzo de 1961, el Jefe de Operaciones de la CIA, Richard Bissell, tuvo que mandar a Miami al último jefe de estación en La Habana, Jim Noble, para poner coto al chanchullo de los “líderes del exilio.” Los citó al motel Skyways y les espetó: “If you don't come out of this meeting with a committee, you just forget the whole fuckin business, because we’re through”. Así nació el Consejo Revolucionario Cubano (CRC) con José Miró Cardona al frente (Peter Wyden, The Bay of Pigs, Simon and Schuster, 1979, página116).

El fiasco de Girón se consolaría con el mito de la cancelación del apoyo aéreo. Los jefes de la CIA implicados en el fracaso arguyeron que Kennedy debió quitar la careta de “encubierta” a la Operación Pluto, que ellos mismos habían clasificado como tal, y ordenar otro ataque aéreo antes de que la Brigada de Asalto 2506 consolidara una cabeza de playa, luego de haberse atribuido el primero, con bombo y platillo, a los “aviones desertores” de la fuerza aérea castrista.

A pesar de que fue desguazado por el Inspector General de la CIA y el general Maxwell Taylor, aquel mito pervive y acalla la lección de ironía histórica que Che Guevara dio el 22 de agosto de 1961, en Punta del Este, al asesor presidencial Dick Goodwin: agradecer la invasión, porque había engrandecido a la revolución de Castro con una sonada victoria política y militar.

La situación

La Operación Mangosta corrió igual suerte y acabó por suspenderse al filo de la Crisis de los Misiles. Bill “Dos Pistolas” Harvey mandó entonces un memo al Director de la CIA sobre cómo continuar las operaciones contra Castro. Harvey usaba un sombrero de tres picos de jefatura: Staff D, la sección encargada de pinchar teléfonos y otras cosas que hoy hace la Agencia de Seguridad Nacional (NSA); ZR RIFLE, el programa de asesinato de “enemigos de EEUU,” y Task Force W, la fuerza operativa contra Castro. Harvey precisó:

“El régimen comunista de Castro permanecerá en el poder por tiempo futuro indefinido (…) Aunque irrealista, el apoyo ilimitado a los exiliados cubanos y sus grupos, sin control ni propósitos objetivos, con la esperanza de que esos grupos sean capaces de sacudir al régimen de Castro, es cada vez más atractivo en varios niveles del gobierno de EEUU, [que] en sus relaciones abiertas con los exiliados probablemente no quiera expresarles lo anterior ni en el contexto ni con la franqueza que yo lo digo aquí.”

Harvey no profetizaba: evaluaba la situación histórica. La CIA había compilado ya 415 grupos y movimientos anticastristas en su Manual Contrarrevolucionario (1962), pero advertía que subían en número y bajaban en efectividad, al punto de casi todos eran “mecanismos de apoyo.”

El párrafo citado de Harvey sería vilipendiado hoy como propaganda castrista si se cambian “los exiliados cubanos y sus grupos” por “los disidentes cubanos y sus grupos.” Es mucho más fácil despachar la dictadura con adjetivaciones y proseguir la crítica sin perspectiva de interrumpir el ciclo mítico. Lo difícil es juzgar los datos históricos y desestimar las cosas de oscurantistas que todavía pasan como ademanes anticastristas, desde el paro nacional que convocaría Antúnez hasta… perdón, son tantas que se atropellan.

Y por eso no matan ni matarán a la dictadura, que en medio de su diferendo con EEUU entra como perro por su casa en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU; deja salir a disidentes en viajes de ida y vuelta, aunque se atrevan a acusar al régimen de asesinatos políticos; se apresta a negociar con la Unión Europea y se refocila en la CELAC con una Habana más tranquila que estate quieto, tras el arresto de unos cuantos “líderes” y a sabiendas que ni las “masas” que estos dicen tener ni “el pueblo” oprimido aparecerán por ningún lado.

Desde luego que las acciones represivas no tienen justificación, pero nada cambiará mientras no se resuelva el diferendo con EEUU y la dictadura tenga como contrarios dentro a un puñado —incluso si fuese de héroes— tirado al abandono por los indiferentes y los desinteresados, que son la inmensa mayoría del pueblo que se invoca para llevar adelante la oposición.

¿Qué hacer?

Para eso están los políticos, pero les falta la franqueza de Harvey. La continuación de la guerra contra Castro por otros medios no es cosa del ilusionismo con que se reparten juguetes o becas fugaces, se larga la enésima proclama y se rebautiza la oposición pacífica como cívica. Mitificar ese fenómeno histórico denominado “pueblo cubano” sirve ya solo para rodar más y más tandas de mentiras reconfortantes, como el origen histórico del diferendo por el viraje de Castro hacia Moscú, sin pasar la película de la verdad incómoda: que el castrismo tiene una de sus claves de permanencia histórica en el anticastrismo contraproducente.

Viaje a la semilla

Ese anticastrismo se aprecia desde el parto mismo de la revolución de Castro con los fórceps del ataque al cuartel Moncada, que hubiera sido nota al pie en los libros de historia, como “one more wild and semi-ganster incident in the life of Fidel Castro” (Hugo Thomas, Cuba: The Pursuit of Freedom, Harper & Row, 1971, página 843), pero pasó al texto en virtud de la masacre de prisioneros. Sólo 9 asaltantes cayeron en combate; 33 fueron ametrallados en el campo de tiro del Moncada y otros 19 en diversos lugares, tras haber sido capturados. Castro pudo entonces transfigurar una acción militar descabellada en causa política promisoria: tumbar a Batista.

Y Batista demostró no ser suficiente dictador con la Ley Amnistía sobre Delitos Políticos (1955), a la cual nadie se opuso. El alegato en contra de Rafael Díaz-Balart es puro mito del exilio, como puede comprobarse al revisar la relatoría de la sesión parlamentaria correspondiente [18-19 de abril de 1955] en el Diario de Sesiones del Congreso (Volumen 91, Número 19).

A falta de la caída de Castro, la gente se consuela con que al menos Rafael Díaz-Balart profetizó lo que venía: “una tiranía que enseñaría al pueblo el verdadero significado de lo que es tiranía.” Para colmo Díaz-Balart “predijo” que Castro “sería muy difícil de derrocar por lo menos en veinte años.” Resulta que Castro superó tres veces a Machado [8 ¼ años] y Batista [7 ¾ años] juntos en el ejercicio dictatorial del poder.

Así demostró en la práctica que Alberto Lamar Schweyer había dado en el clavo teórico con su noción del caudillo necesario (Biología de la democracia, Minerva, 1927). Ya sea por sugestión o terror, las armas o la demagogia, o por alguna mixtura de estos elementos, el dictador teórico de Lamar Schweyer daba relativa unidad a los grupos desordenados para que una sociedad como la cubana dejara de discurrir por entre guerras y guerritas civiles. A la postre, el derecho al voto cedía ante “el deber de votar por el caudillo” (página 129).

Así viene sucediendo. Nadie puede apearse con que en Cuba no saben que, votando por cualquiera, votan por el castrismo. Si la gente está sugestionada o aterrorizada al extremo de no poder a solas anular las boletas en recinto cerrado, eso mismo justifica la noción de Lamar Schweyer, quien se equivocó nada más en considerar a Machado como dictador suficiente.

Tampoco lo fue Batista. El dictador necesario y suficiente para Cuba fue Fidel Castro. Y esa vergüenza nacional reclama explicación antes que desfogarse en críticas, al igual que el diferendo reclama solución antes que cuentos para llegar a orígenes.


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