Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Cuba, EEUU, Fidel Castro

El arte del chisme

Como decía el periodista Hunter S. Thompson, el mundo político es sucio y en una cocina no siempre importa quién escribe la receta sino quiénes la preparan

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Lizette Álvarez de The New York Times calificó el ambiente en del exilio cubano en el sur de la Florida como desengañado, afligido por la fatiga de los rumores sobre la salud de Fidel Castro (9 de enero). En parte, su perspectiva se debe a la idea de que una vez que la noticia de su muerte sea cierta se organizará una tremenda celebración en Miami. Mientras esto puede ser cierto, por otra parte, la periodista no toma en cuenta la manera en que el rumor funciona como provocación y como medio del periodismo investigativo en Cuba y en el exilio.

Al gran periodista gonzo Hunter S. Thompson, autor del escandaloso libro Pánico y locura en Las Vegas, gozaba de contar una anécdota sobre Lyndon Johnson para ilustrar lo sucio del mundo político. En el año 1948, cuando Johnson se postulaba por primera vez para el Senado, su oponente Coke Stevenson le llevaba diez puntos en las encuestas con solo nueve días antes de los comicios. En un momento de desespero y sagacidad política, Johnson le mandó a su gerente de campaña a lanzar el rumor que su contrincante, un empresario que criaba cerdos, tenía conocimiento carnal de las cerdas en sus corrales. Atónito, el director de la campaña le contestó que no era posible decir semejante cosa, puesto que no era cierto. Johnson, con genio propio del tejano, le replicó “Yo sé que no es cierto, pero ¡hagamos que los bastardos lo nieguen!” A los pocos días, Johnson ganó las elecciones por unos cuantos votos.

Como decía Thompson, el mundo político es sucio y en una cocina no siempre importa quién escribe la receta sino quiénes la preparan. Los principales cocineros de este escándalo tal vez se encuentran en los periódicos el Diario de las Américas y el Diario de Cuba. Lo único que estos tenían que hacer era añadir los manjares que ya estaban en la alacena y calentar la olla. El comienzo de un año nuevo, la ausencia de Fidel Castro de la vida pública, la falta de sus editoriales en Granma, el retorno de los espías a Cuba, el anuncio de Raúl Castro de restablecer relaciones diplomáticas con los Estados Unidos fueron suficientes para que muchos se preguntasen: ¿Dónde está Fidel Castro?

Uno de los primeros en plantear esta pregunta fue Pablo Díaz Espí en un artículo publicado el día 7 de enero. De manera clara, él resumió en pocas palabras lo que estaba en la mente de muchos: “¿Está Fidel Castro tan mal de salud que no puede ser mostrado en una foto fija junto a los espías, o escribir unas líneas de felicitación por lo que sin duda consideraría ‘una victoria de la Revolución’?” Un día después, el Diario de Cuba publicó la “noticia” de que el gobierno cubano “prohíbe el paso por la zona donde supuestamente estará la tumba de Fidel Castro”. El reportaje es un ejemplo perfecto del travestismo, un rumor que se hace pasar por notica. Aparentemente en directo del cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, el reportero desconocido informa que no había información concreta, excepto que la zona estaba cerrada.

El momento culminante de la provocación, una digna de Charlie Hebdo, fue cuando el Diario de Cuba y el Diario de las Américas anunciaron la rueda de prensa que supuestamente iba a tener lugar en La Habana el día siguiente. Aunque se desconocían los motivos de la conferencia de prensa, se especulaba que era para anunciar la muerte del Comandante. De acuerdo con la redacción del Diario de las Américas dicha convocatoria fue confirmada por tres fuentes diferentes, incluso por alguien de adentro. Curioso que no fuera confirmado por los mismos funcionarios de la organización. Asimismo, el Diario de Cuba, según parece, confirmó la rueda de prensa por medio de un empleado encargado de la limpieza y, por casualidad, contestaba el teléfono de noche. Tampoco debió de sorprender que este individuo no sabía los motivos de la rueda de prensa. Si esto no fuera tanto, estos dos informes fueron acompañados por insinuaciones de que se había detectado tensión entre los miembros de la familia Castro, un informe sobre la reparación de los caminos que conducen al cementerio en Santiago, la imagen de Raúl Castro —algo entre sentimental y nostálgico— andando por los cementerios de La Habana, y un tweet por José “El Gato” Briceño, un político venezolano radicado en Costa Rica, indicando que los militares estacionados en su país recibieron orden para volver a Cuba. Todo sugería que los militares volvían a Cuba para las exequias de un oficial de alto rango. De ahí se prendió la candela; los rumores se volvieron virales y se armaron los planes para celebrar el anuncio en el estacionamiento del restaurante Versailles en Miami. Todo el mundo iba a aparecer con ollas y sartenes para festejar el acontecimiento.

Para el día 9, medio mundo esperaba la noticia de la conferencia de prensa en Twitter, Yahoo, MSN, CNN y USA Today, y no había que esperar mucho porque la plétora de rumores causó que el mismo gobierno cubano se viera en la necesidad de emitir una declaración desmintiendo los chismes del fallecimiento de Castro. Es decir, el funcionario del gobierno cubano, cuyo trabajo es “informar” al público en una sociedad en que la información no circula libremente, cayó en la trampa y tuvo que poner las cartas sobre la mesa.

Para los que estaban contando los naipes, solo existían tres cartas que el funcionario podía jugar: Fidel Castro está de buen estado físico, está en mal estado físico o está muerto. En el primer caso, el funcionario hubiera tenido que presentar una imagen de Fidel, con robusta salud y leyendo la última edición del Granma. En el caso de la segunda, la más probable, el funcionario simplemente informaría que el antiguo gobernante sigue vivo pero no está en condiciones de hablar por cuenta propia. Y, en el caso de su fallecimiento, el Centro de Prensa simplemente hubiera convocado la rueda de prensa.

En efecto, la provocación mediante los chismes y los rumores funcionó como una orden de hábeas corpus que le obligó al gobierno cubano negar el rumor y, por lo menos, confirmar que Fidel Castro ya no puede aparecer más en público. Por eso mismo, el ambiente que se ve ahora en el exilio no se trata de una fatiga de rumores, sino que indica que ya se ha saciado el deseo de saber. Es probable además que algunos critiquen este tipo de periodismo. Lo mismo ocurrió a Hunter S. Thompson en los años 70. Sin embargo, a la hora de la verdad, fue un hombre tan honrado como George McGovern que dijo que la cobertura de los comicios presidenciales del 72 que escribió Thompson era “la menos verídica y la más fiel a los hechos”.


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