Actualizado: 21/08/2019 5:32
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Embargo

El bloqueo del presente y el embargo del futuro

En el caso de las relaciones con Estados Unidos nuestro problema no se disuelve en consideraciones de geopolítica global

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Vi por televisión el discurso del Canciller cubano en Naciones Unidas urgiendo a votar contra el bloqueo/embargo. Habló con vehemencia de injusticias, atropellos y cubanos enfermos sin atención debido a la falta de acceso al mercado estadounidense. Y lo hizo, fue lo que más me llamó la atención, sin mover un músculo de la cara, como Peter Sellers en la antológica Bienvenido, Mr. Chance.

No obstante, a pesar de su parca expresividad, estuve de acuerdo con las conclusiones del Canciller y con quienes votaron en contra del embargo. No por lo que el Canciller argumentaba con su rostro impasible, sino por razones muy prácticas que tienen que ver con el futuro de mi país. Un futuro que probablemente no es el que el Canciller imagina.

Para comenzar con un ejemplo, el Canciller dijo que el bloqueo había sido un fracaso. Yo no lo creo. Al contrario, pienso que fue muy exitoso.

Es cierto que no logró derrocar al Gobierno cubano, pero es también cierto que contribuyó decisivamente a la emergencia de las peores tendencias subyacentes en toda revolución, a la mediocridad económica al lado del bloque soviético, al autoritarismo caudillista encarnado en Fidel Castro, al nacionalismo delirante, y a un extremismo frenético que llevó a la sociedad cubana a un estado de encuadramiento y falta de libertad insoportables. Y sobre todo, se hizo indigerible para las sociedades latinoamericanas, que aún enfrentadas a las terribles dictaduras neoliberales de Pinochet y Videla no pudieron ser convencidas de que Cuba era un camino. Y por eso no creo exagerado decir que el bloqueo/embargo fue un ingrediente importante, aunque no único, de la derrota de la revolución cubana y del establecimiento desde 1970 de un régimen thermidoriano atrincherado en el llamado socialismo real.

La historia postrevolucionaria —que se inicia entre 1965 y 1970— fue de una convivencia perfecta entre el embargo (y toda la política hostil de Estados Unidos) y los dirigentes cubanos apoyados por la Unión Soviética. Yo diría que el embargo y la hostilidad fueron tan importantes a la sobrevivencia del régimen político como los subsidios rusos. Fueron los argumentos exactos para reprimir disidencias críticas, para aplastar opiniones en contra, para encarcelar e incluso para fusilar. La columna vertebral de un discurso anatematizador que describió a todo lo que es diferente como parte, consciente o inconsciente, de la supuesta conspiración imperialista. Y por eso los dirigentes cubanos, y en particular Fidel Castro, hicieron todo lo posible —desde guerras africanas hasta derribos inadvertidos de avionetas— para detener los intentos de normalización que eventualmente llegaron desde la Casa Blanca.

Obviamente no digo que si el embargo/bloqueo, y toda la política hostil contenida en la Ley Helms Burton, desaparecieran, cesaría la manipulación política e ideológica de la clase política cubana; mucho menos aún que se iniciaría automáticamente la transición hacia un sistema democrático. Pero sí digo que el trabajo de los chicos del aparato ideológico se haría mucho más difícil. Como difícil sería hablar de agendas hostiles intervencionistas, y menos aún que la parte de la población que aún constituye un sector de apoyo duro, siga imaginando que lucha contra un imperialismo que en verdad nunca ha visto, pero que en lo adelante ni siquiera podrá imaginar.

En resumen, el embargo es ya una pieza congelada de la guerra fría, un relicario medieval de las doctrinas Truman y Monroe. Desde hace años solo ha servido para polarizar y enrarecer el escenario político cubano. Su eliminación abriría una refrescante ventana en un cuarto lleno de humo. Y aun los más escépticos estarían de acuerdo conmigo en que, hablando de una Cuba que se mueve ahora mucho más que nunca antes, vale la pena experimentar nuevas situaciones sin la carga asfixiante del embargo. Al menos así ya lo entiende la mayoría del pueblo estadounidense, casi la mitad de los cubanos emigrados en Estados Unidos (sobre todo los jóvenes), y buena parte de los opositores dentro de la Isla. Sin contar, por supuesto a la abrumadora mayoría de la población insular. El bloqueo es una política rehén de minorías.

Otra consideración es lo que significa para el futuro de Cuba que continuemos apoyando el embargo como un instrumento político de los Estados Unidos para influir en el curso de los acontecimientos insulares. Francamente yo no estoy entre los que cree la razón del bloqueo/embargo haya sido la confiscación de bienes estadounidenses. Es un argumento infantil a la luz de todo lo que sucedió. Pero en cualquier circunstancia, creo que el levantamiento del bloqueo/embargo debe ser objeto de una negociación que incluya la indemnización por las propiedades confiscadas a personas físicas o jurídicas que en aquel momento tenían nacionalidad norteamericana.

Pero creo también que debe existir una voluntad clara de parte del Gobierno de EEUU para producir paulatinamente una normalización sin condicionantes políticas. Es un asunto muy complejo, porque si bien es cierto que un mundo globalizado las relaciones (desiguales) entre los estados imponen cesiones de soberanía, en el caso de las relaciones con Estados Unidos nuestro problema no se disuelve en consideraciones de geopolítica global. Así fue desde que fuimos república, y así será en el futuro, no importa quien encabece el Gobierno, ni qué credo político le adorne.

Y por esa razón justificar en la actualidad que Estados Unidos se proponga cambiar el curso político de Cuba mediante políticas unilaterales, es reconocerle un rol como actor interno de la política cubana. Es volver a un punto de partida injerencista que causó múltiples frustraciones en la república prerrevolucionaria, y que finalmente condujo a una revolución, uno de cuyos componentes ideológicos fue precisamente el nacionalismo antiestadounidense radical.

De cualquier manera siempre he creído que el embargo/bloqueo y todo su andamiaje legal, resumido en la nefasta Ley Helms Burton, persisten sencillamente porque no hay razones de peso en contra. La economía cubana es un desastre, los políticos cubanos son octogenarios, Chávez se torna sospechosamente volátil, y por tanto es mejor esperar y ver qué pasa antes que tomar decisiones que puedan restar algunos votos en el estratégico estado de la Florida. O buscarse la animadversión de los intratables legisladores cubano/americanos.

Pero este impasse pudiera estar variando ante la perspectiva del petróleo en el Golfo de México. Que aun cuando sabemos que demora su extracción y explotación, es previsible que su sola detección en cantidades y calidades comerciables cambie todo el escenario. Desde la posición de Cuba en el mercado financiero hasta la actitud contemplativa de los grandes consorcios petroleros.

O por razones geopolíticas, cuando Estados Unidos se vea obligado a garantizar su frontera sur ante las asechanzas del narcotráfico desplazado por la guerra mexicana. Y súbitamente descubran que los militares cubanos pueden llegar a ser sus más confiables aliados en la región.

Por eso yo estoy contra el bloqueo/embargo. Como Bruno, el canciller impertérrito, pero a diferencia de él, no para perpetuar un régimen político autoritario, sino para cambiarlo en función de la felicidad de los cubanos y cubanas, en esta, la única vida que comprobadamente tenemos. Sin más controles ideológicos, ni agitaciones nacionalistas, ni encuadramientos políticos obligatorios. Pero sin intromisiones internacionales que nos impongan “deudas de gratitud con vecinos tan poderosos”. Como decía Antonio Maceo.


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