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Disidencia, Oposición, Exilio

El debido respeto a la oposición

Los papelazos no importan si se hacen en aras de la transición a la democracia

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La transición a la democracia exige guardar respeto a los opositores y sus coadyuvantes en el exilio. A tal efecto hay que guardar silencio frente a sus ademanes insensatos. No hace falta discutir la sensatez de los ademanes, sino arremeter contra los criticones y echarles en cara que jamás tiraron un hollejo al chino Raúl. No importa que quienes se encarguen de sacar este sable ni siquiera hayan pelado la naranja.

Luego de irse de Cuba por entender que no había cómo superar la dictadura, es una falta de respecto criticar desde el exilio a la oposición. Quienes así proceden son esbirros de la dictadura, aunque señalen otros ademanes anticastristas que consideran mejores. Los opositores y el exilio merecen respeto tan solo por serlo, aunque metan la pata. Quienes argumentan por qué meten la pata merecen escarnio.

Todos aceptamos sin chistar que los comensales tienen que haber arrostrado primero el calor de la cocina con el chef para criticar que el plato servido es malo. Y exigir que no se critique a los opositores y al exilio por respeto, ya que no se arrostra o no se arrostró con ellos la represión política, nada tiene que ver con el ardid castrista para silenciar la crítica de quienes no atacaron el Moncada ni vinieron en el Granma ni pelearon en la Sierra ni combatieron en Girón ni limpiaron el Escambray ni derrotaron a la CIA.

Historia y estilo

Al responder desde Puerto Cabezas, Nicaragua, un cable fechado el 13 de abril de 1961 por Jack Esterline, jefe del Task Force de la CIA contra Castro, el coronel Jack Hawkins precisó que los brigadistas prestos a invadir decían que “es tradición cubana unirse al ganador y ellos tienen suprema confianza en que ganarán todos los combates contra lo mejor que Castro pueda ofrecer” (FRUS, X, Documento 98).

Las marchas domingueras de hoy en día rezuman la misma confianza de la Brigada 2506, aunque por dialéctica se despegan de aquella tradición. Hay que reportar las estadísticas de la represión cada domingo, porque así se refuerza la percepción de que los opositores son víctimas de la represión y la oposición política se torna más viable con la dialéctica de que el pueblo cubano seguirá a esas víctimas.

La misma confianza corre por Internet, donde los foros no deben ser espacios de debate argumentativo sobre el problema cubano, sino escenarios de la lucha política virtual que refleja el avance de la oposición en la realidad. Hay que desfogarse contra quienes, desde la cómoda posición exiliar, critican acciones opositoras porque no tienen sentido. Esa posición hay que aprovecharla para criticar a la dictadura, en vez de regresar a Cuba, como hizo Antonio Rodiles, o dar dinero del bolsillo propio para fomentar la oposición, como hace Leopoldo Fernández Pujals.

El problema cubano nunca ha sido meterle el coco al castrismo para superarlo, sino algo mucho más difícil: criticar comoquiera a la dictadura. Esa crítica viene surtiendo efecto por más de medio siglo, igual que el respeto a la oposición y al exilo por abstención de criticar que desde 1988 se arrastra la impedimenta fútil de convocar a plebiscito y se tropieza con la misma piedra de proyectar castillos en el aire y recoger firmas inútiles.

Merece todo respeto que Fariñas y otros vayan a Polonia a entrenarse sobre estrategias opositoras y regresen a aplicarlas metiendo las narices en protesta de cocheros en Santa Clara, quienes reaccionaron cayéndole a trompones a Fariñas, o aterrizando en Miami con la idea de montar comedores populares en Cuba por cuenta de los exiliados, quienes reaccionaron mandando a Fariñas y su gastronomía disidente a salva sea la parte. Igual respeto merece el paro nacional que prepara Antúnez y otros tantos proyectos alocados de la oposición, amén de chapucerías exiliares como alegar que desparecieron más de 200 mil votantes en los comicios generales de 2013 sin llevar semejante escándalo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Los papelazos no importan si se hacen en aras de la transición a la democracia.

Tras el fiasco de Bahía Cochinos, la CIA planificó la Operación Mangosta con previsión de una revuelta popular en octubre de 1962. Trece años después, el exdirector de la CIA Richard Helms admitiría ante el Comité Church que la operación parió “a lot ofnutty schemes”. A la vuelta de cuatro décadas, el secretario de Defensa Robert McNamara confesó haber creído que “Mongoose was worth a damn, but I didn’t say don’t do it.”

El 15 de abril de 2009, el jefe de la SINA Jonathan Farrar informó a Washington: “We will need to look elsewhere, including within the government itself, to spot the most likely successors to the Castro regime”. No hay mayor falta de respeto a los opositores que relegarlos en su razón de ser hasta el extremo de preferir a otros, incluso dentro del propio gobierno dictatorial, para superar el castrismo, pero Farrar es tan solo uno más de los tantos vendidos a Castro, como el presidente Obama y el Papa Francisco.

Queda mucho tiempo por delante para declarar, como Helms, que la oposición y el exilio dan a luz muchos esquemas alocados contra el castrismo. Todavía queda más tiempo para confesar, como McNamara, que estos esquemas no sirven para nada. Entretanto hay que abstenerse de criticarlos, porque el debido respeto a la oposición y al exilio se guarda con el silencio al respecto y la gritería contra la dictadura.

Coda

Un teorema hegeliano reza: “Un mal Estado es un Estado que meramente existe; un cuerpo enfermo existe también, pero no posee ninguna verdadera realidad” (Filosofía del Derecho, § 270). Póngase oposición donde dice Estado y se obtendrá un corolario muy irrespetuoso a la oposición realmente existente, pero hasta EEUU y la Unión Europea vienen acomodándose a la dictadura sostenida en vez de perder más tiempo con una oposición infructuosa. Y esto indica que Hegel no era comemierda.


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