Actualizado: 10/12/2019 14:39
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El desafío de Fidel

Aunque las desavenencias de Fidel y Raúl han sido sobre todo de métodos y tiempos para poner en práctica políticas en las que están de acuerdo, ahora parecen enfrentados sobre la doctrina revolucionaria y las estrategias que se deben seguir

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La relación entre los hermanos Castro probablemente nunca ha sido tan indescifrable como en los últimos meses. Desde 1959 Fidel y Raúl han sido socios mutuamente dependientes en la experiencia revolucionaria cubana. Ninguno de los dos habría podido sobrevivir mucho tiempo a lo largo de este proceso sin la protección y el consejo del otro.

Se han complementado mutuamente en puntos esenciales. Fidel es voluble, idiosincrático, desorganizado y carismático. Raúl es metódico, pragmático, partidario del trabajo en equipo y aburrido. Son mitades perfectamente sincronizadas de un equipo gobernante sin precedentes en los tiempos modernos, por su duración y especialmente por el misterio que rodea a sus manejos más secretos.

Los rasgos más importantes que comparten —son implacables, temerarios y astutos— han garantizado que estos hermanos, tan diferentes en otros aspectos, hayan sobrevivido juntos en el poder durante más de medio siglo.

No obstante, no ha sido una alianza fácil. Voluntariosos y tercos, cada uno con séquitos de fieles, han chocado con frecuencia. Sus desavenencias casi siempre han sido sobre los métodos y tiempos para poner en práctica políticas en las que están de acuerdo. Pero otras veces —como parece ser ahora— están totalmente enfrentados sobre la doctrina revolucionaria y las estrategias que se deben seguir.

Raúl históricamente se subordinaba a su hermano. Pero hace 4 años hubo un cambio de roles cuando Fidel le cedió el protagonismo debido a su enfermedad. Ahora, el equilibrio de poder entre ambos parece estar cambiando de nuevo. Las numerosas apariciones recientes de Fidel ―paseos, conversaciones, discursos televisados, poses saludando a aduladores cuidadosamente seleccionados, una presencia mediática exagerada a propósito de su nuevo libro— han alimentado especulaciones de que desea reclamar la presidencia.

Se le ve manifiestamente recuperado y más fuerte. En un comentario publicado recientemente habló en tiempo pasado de su “seria enfermedad”, y el vicepresidente primero, orador principal en la celebración nacional del 26 de julio, se refirió a la “exitosa recuperación de salud de Fidel”.

Otros detalles que no han pasado desapercibidos, y que sugieren que ya no se resigna a jugar el papel pasivo de un convaleciente entre bastidores, son sus apariciones vistiendo de nuevo verde olivo y el hecho de que los medios oficiales lo mencionen como “comandante en jefe”, aunque según la constitución marxista, ese título estaría reservado para Raúl, como presidente del país.

Otra señal que indica la nueva emergencia de Fidel en la esfera política fue su convocatoria y presencia en “una sesión especial de la Asamblea Nacional”, donde volvió a plantear los “importantes asuntos” que lo han estado obsesionando este verano. Todos son disonantes y apocalípticos: su temor a una guerra nuclear en el Medio Oriente o Corea, o en ambos. “Todo pende de un hilo”, escribió el 11 de julio, y una semana después insistió en el “peligro inminente de una guerra”. Diez de sus “reflexiones” desde el 1 de junio han tratado sobre estos oscuros escenarios.

Dos cosas parecen claras. El volumen y consistencia de las diatribas antinorteamericanas de Fidel durante junio y julio subrayan su absoluta oposición a cualquier paso para mejorar las relaciones con Washington. Ha sido malignamente, incluso irracionalmente antinorteamericano, más aún que en cualquier otro momento de la época reciente.

Sostuvo que los Estados Unidos eran responsables del hundimiento, en marzo pasado, del Cheonan, un barco de la armada surcoreana. Afirmó que la administración Reagan le suministraba armas nucleares, a través de Israel, al régimen del Apartheid en Sudáfrica, y que Cuba había estado al borde de la extinción nuclear durante la crisis de los misiles de 1962. Estos temas han sido ignorados tanto por Raúl como por los medios oficiales.

Por otra parte, la nueva visibilidad de Fidel también está encaminada a promover y proteger su legado. Él, junto a algunos miembros de su familia y de los fidelistas de línea dura probablemente han llegado a la conclusión de que muchas de las iniciativas recientes de Raúl han deslegitimado el legado de Fidel. Todas las limitadas reformas de los dos últimos años han sido diseñadas, sin duda, para rectificar los graves problemas económicos que generó la política de Fidel.

El diagnóstico desalentador sobre las disfunciones del país, que Raúl desgranó en un importante discurso el pasado abril debe haber molestado mucho a Fidel y sus allegados. Las negociaciones de Raúl con la Iglesia católica, algo sin precedentes, al igual que su decisión de liberar un número de presos políticos, e incluso la posibilidad de que llegue a liberarlos a todos, también parecen cuestionar al régimen de su predecesor de una manera que debe resultar intolerable para el narcisista Fidel Castro.

Se aferra al status quo. El 24 de junio escribió que “la mayoría de los sueños revolucionarios se están haciendo realidad y nuestra patria está firmemente asentada en el camino de la recuperación”. Sin embargo, no es esto precisamente lo que está diciendo Raúl.

Quiero expresar mi reconocimiento a la valiosa ayuda de Lolita Sosa, mi asistente de investigación de la Universidad de Miami.



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