Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Inmigración

El Gobierno de La Habana y “el paso de la luna” de Michael Jackson

La política migratoria cubana lesiona la soberanía nacional

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Un amigo me escribió recientemente que los cambios en la política migratoria cubana parecían seguir el ritmo de “step by step” (paso a paso). En mi opinión, el Gobierno de la Isla copia “el paso de la luna” (moonwalker) de Michael Jackson que simula estar en marcha…, deslizándose hacia atrás.

Viejas justificaciones sin argumentos precisos y un pedido de “cheque en blanco” por el Gobierno ha sido la respuesta de la élite cubana al reclamo masivo de los cambios migratorios. Con el enfoque obsoleto y general de la “permanente agresión”, el presidente cubano ha perdido nuevamente la oportunidad de ser creíble ante sus “seguidores” y ha sumado mayor legitimidad a todos los que creemos que los cambios que acomete son precarios, insustanciales y lentos y que no existe una verdadera voluntad política de transformaciones sustanciales, teniendo en cuenta los 21 años de inmovilismo en éste como en otros órdenes.

Porque no se trata de un Gobierno que comenzó en funciones ayer y al cual podemos darle un voto de confianza para que despliegue las políticas anunciadas. Se trata de un acumulado de políticas erráticas y en vaivén por más de 20 años, que no han logrado recuperar el poder adquisitivo de la población a los decorosos y modestos niveles de 1989. Todo ello sin mencionar las políticas erráticas de los decenios anteriores.

Oficialmente, la política migratoria cubana “está en estudio” desde el 2008 según declaraciones del ex canciller Felipe Pérez Roque, el cual fue sustituido al año siguiente —porque se dejó perder “por la mieles del poder”, según una nota cursi del ex presidente—, por razones que no parecen estar directamente asociadas al intento de cambiar la política migratoria. Se trata de una política forjada en las condiciones de la Guerra Fría —y heredera del modelo de sus homólogas esteuropeas— donde las fronteras son percibidas como vías de entrada y salida de agentes, desertores, terroristas…, algo que queda obsoleto al apostar Cuba al turismo y las remesas como instrumentos de su estrategia económica.

Entonces, si los turistas foráneos entran y salen por millones cada año, ¿por qué no pueden hacer lo mismo los nacionales? ¿Por qué se esgrimen falsos argumentos que no corresponden con la realidad? ¿Cuántos años necesita el Gobierno cubano para estudiar un cambio de estas restricciones?

Veinte años en la historia de una nación pueden parecer apenas un pestañeo, pero si los políticos asumen la mirada del historiador pierden toda legitimidad y conducen a la nación a un galopante retroceso. Semejante desajuste entre el tiempo histórico y la vida real de millones de ciudadanos tiene un costo político y una responsabilidad gubernamental irrenunciables. No basta con anunciar que se está “al borde del abismo” si no se producen los cambios, para luego alejarse del “borde” a paso de tortuga.

Cuba es un estado-nación soberano y por lo tanto dispone de todas las posibilidades de establecer sus políticas con absoluta autonomía legal y haciendo uso de la voluntad política, a partir del estatus del que goza en el concierto de la comunidad internacional. Si su Gobierno no lo hace, está autolesionando su soberanía nacional. Si su política y legalidad domésticas se mantienen al margen de los estándares internacionales y si se condiciona la relación con su diáspora a la solución de las relaciones con otro estado, también se lesiona su soberanía nacional.

Este doble atentado a la soberanía nacional y popular, al subordinar sus políticas a las políticas de otro estado para decidir cómo tratar a sus nacionales, parece no preocuparle a la actual dirección política del país. En las declaraciones del actual presidente Raúl Castro, en el VIII período ordinario de sesiones de la Asamblea Nacional, se confirma la subordinación de la política interna cubana a las relaciones con EEUU: “…No pocos consideran urgente la aplicación de una nueva política migratoria, olvidándose de las circunstancias excepcionales en que vive Cuba bajo el cerco que entraña la política injerencista y subversiva del Gobierno de los Estados Unidos, siempre a la caza de cualquier oportunidad para conseguir sus conocidos propósitos”.

Y si esto es así ¿de qué soberanía estamos hablando?

Es difícil comprender una “excepcionalidad” que dura 52 años, y más difícil aún entender que las entradas y salidas libres de los ciudadanos cubanos de su propio país significan un peligro para la seguridad nacional. A no ser que se entienda que toda la ciudadanía cubana es “enemiga” del Gobierno actual, con lo cual el Presidente está declarando el total aislamiento del Gobierno cubano con relación a la ciudadanía —de adentro y de afuera— que clama un radical cambio de la política migratoria.

Anunciar cambios paulatinos sin compromisos de tiempo y sin precisar contenidos concretos es la “vieja mentalidad” de contar con un tiempo infinito y con el control de todas las decisiones y, en eso, la élite política cubana se equivoca. Parece no estar al corriente de los cambios que se han producido en la sociedad civil cubana, mucho más madura y articulada en sus diversidad, demandas y discursos que hace diez años y mucho más avanzada en sus propuestas de sociedad que lo que demuestran los documentos y discursos oficiales de la dirección del país.

La sociedad civil cubana ha pasado a ser la vanguardia de los cambios en todos los órdenes. Nunca he constatado una unidad tan masiva y pública entre todos los cubanos, para reclamar de manera concreta y detallada los cambios a los que se aspiran en materia migratoria. La legitimidad masiva de las demandas es una primera victoria del consenso entre nosotros, los cubanos, unidos en un frente común de agregación de demandas ciudadanas.

La lentitud de los cambios gubernamentales es lo que ha producido la primera unanimidad espontánea entre los cubanos de todas las tendencias políticas de adentro y de afuera del país y esta se resume en la demanda de normalizar la política migratoria cubana y colocarla en los estándares internacionales. Si el Gobierno cubano no clarifica los tiempos y las medidas concretas para eliminar las actuales restricciones pecará, cuando menos, de “ingenuidad” política al menospreciar el consenso mayoritario a favor de la normalización de su política migratoria y en este rubro —como en los restantes de la “actualización”— de lo que sí puede estar seguro es que ya existe una ciudadanía cada vez más crítica e informada, que seguirá vigilando y evaluando sus pasos y coincidiendo cada vez más en los cambios necesarios. A la vez, en el ejercicio de sus derechos, esta ciudadanía pondrá cada vez más en evidencia que la política gubernamental no es de “step by step” sino más bien, “el paso de la luna” aprendido de Michael Jackson.


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