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Represión

El orden de las libertades

La sociedad cubana muestra una esquizofrenia peligrosa, entre una religiosidad homofóbica y una homosexualidad igualmente explosiva

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Estamos todavía en medio de las celebraciones de la V Jornada contra la Homofobia que se celebra anualmente bajo los auspicios del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX).

La ocasión se pinta propicia para analizar un tema de naturaleza societal, que tiene su impacto sobre los demás órdenes de la convivencia humana. El tema es sencillo: la necesaria coherencia de las libertades para el progreso social. O de los derechos.

La genialidad de los primeros pensadores modernos fue la de redefinir el orden de las libertades para colocar con ello los fundamentos perdurables de ese progreso social, evitando así, al menos desde el punto de vista teórico, la involución en el progreso de las ideas: lo que está en la base de importantes regresiones históricas de las sociedades.

Ellos se dieron cuenta que ninguna conquista social está asegurada si no se asienta sobre una base perdurable que establezca una ligazón entre las distintas conquistas y las haga inteligibles: tantas las logradas como las por venir. Por una razón: toda conquista o logro social tiene el futuro asegurado si encaja en una estructura mental abierta a las adquisiciones y a lo imprevisto dentro de su propio orden cultural. La diferencia prevista entre la reacción a lo nuevo entre una sociedad conservadora y una sociedad liberal.

Por eso un derecho tiene su futuro consolidado cuando es entendido como libertad. De lo contrario, nada garantiza que al correr del tiempo sucumba, ya sea porque sus beneficiarios no aquilaten el contenido liberalizador de sus derechos o porque la sociedad en general no logre entenderlo como parte de las libertades fundamentales de la sociedad.

Precisamente la homosexualidad es uno de esos asuntos humanos que mejor permite entender como debe comportarse el orden de las libertades en una sociedad, para garantizar un sexo a la carta sin estrés social.

El mundo islámico es fundamentalmente esclarecedor en este sentido. Y lo traigo a colación porque es un mundo que he estudiado a propósito del vínculo entre libertades políticas y cultura, que es el tema preferido y sofisticado de todos a los que les disgusta la democracia.

Abdennur Prado, fundador de la Junta Islámica Catalana, ha sostenido que no hay fundamento alguno ni en el Corán ni en el ejemplo del profeta Mahoma para una condena de la homosexualidad. Y añade que la persecución de los homosexuales en el mundo islámico es un hecho muy reciente, que tuvo que ver con la colonización y la influencia de Occidente. En las primeras décadas del siglo XX, sigue apuntando, el Magreb fue un paraíso para los homosexuales que huían de la puritana Europa en busca de la libertad sexual que se vivía en tierras del islam.

Notemos, por ejemplo, que en Marruecos la homosexualidad es considerada un delito tan solo desde 1972. En Indonesia (el país con más musulmanes) jamás ha estado prohibida. En la Córdoba califal, los homosexuales habitaban todo un barrio, conocido como derb Ibn Zaydun, en un precedente histórico y cultural del barrio rojo de Amsterdam, Holanda.

El caso de al-Andalus, en España, no es aislado. Esta actitud abierta llega hasta los inicios de la colonización. Viajeros, científicos y colonizadores europeos describen, entre la fascinación y la sorpresa, el grado de aceptación de la homosexualidad entre los musulmanes, pero la sociedad victoriana utilizó esos escritos para tachar al islam de religión lasciva e inmoral.

Entonces, ¿derechos o libertad sexual? Libertad. Indudablemente garantizada y sustentada por la libertad filosófica que vivía el mundo islámico de la mano de filósofos y pensadores como los Avicena, Averroes, Al-Kindi y Al-Farabi, Ibn Jaldún y Maimónides, por solo citar a los de mayor impacto sobre el ambiente de libertad cultural de los árabes, independientemente de la posición específica de cada pensador.

Es fácil darse cuenta a dónde quiero llegar. Sin libertades de expresión ―el pensamiento no existe si no se expresa― no es posible la libertad de elección sexual. Esta es probablemente posible como derecho, pero definitivamente no como lo que es: una forma específica de libertad de expresión en la que el orden de la naturaleza o el de las opciones de elegir se expresa con anterioridad e independencia del Estado o del poder.

Sabemos históricamente lo que sucedió cuando el mundo islámico se cerró a la libertad de pensamiento: se acabó la libertad de elección sexual y la homosexualidad allí es condenada con la fuerza de una fatwa: ese pronunciamiento legal emitido por una autoridad religiosa, y por el cual todo habitante del mundo puede decir adiós a esta vida si es alcanzado por su sentencia.

En esta perspectiva cultural de correlación y orden de las libertades es que analizo la apertura indudable a la homosexualidad en Cuba. ¿Qué es lo primero? ¿Las libertades fundamentales o los derechos de segunda y tercera generación? ¿La libertad genérica o la libertad específica?

Las llamadas libertades fundamentales tienen un orden que no es caprichoso. Las libertades de expresión, de reunión y de asociación son seminales porque ninguna otra es posible o tiene sentido sin ellas. De hecho sin la libertad de movimiento sobreentendida, que nunca fue teorizada como libertad fundamental, ninguna de ellas adquiere valor porque antes de hablar todo ser humano debe tener garantizado el derecho a huir libremente.

Niño que no llora no mama, dice un dicho extraído de la experiencia. En términos culturales ello viene a significar que el derecho a la alimentación solo puede ser efectivamente garantizado si uno tiene el derecho a gritar su hambre. De otra manera sucede lo que los cubanos conocemos bien: el poder determina “científicamente” cuánta leche debe tomar un niño o la cantidad de arroz que necesita cada ciudadano. ¿Y si lloran? Pues son unos contrarrevolucionarios. Una conclusión lógica, aunque indeseada, cuando las libertades son vistas como derechos. De este modo, ninguno de los derechos es consistente, sólido o coherente con el resto del edificio de derechos construido en una sociedad. Que pueden ser suprimidos o sufrir interrupciones cuando lo entienda el Estado.

Me parece que la apertura en Cuba a los derechos de los homosexuales sufre de esta inconsistencia. Quizá de otras también, ―cabe destacar que el derecho a elegir pareja coincide con la falta de derecho para elegir formas de producir alimentos― pero me parece importante señalar su relación con el orden de las libertades para explicarme algunas incongruencias que estamos viviendo y que amenazan el futuro, en términos sociales, culturales y políticos para los mismos homosexuales en Cuba.

Si, como creo, los derechos de los homosexuales deben ser entendidos dentro de la libertad de expresión, entonces su autenticidad como hecho social depende de la libertad de expresión como libertad genérica para todos los cubanos, y de la cual la de elegir pareja es una especificación más. Considero que solo así puede ser admitida por el resto de una sociedad machista y centro fálica a los dos lados del mar genérico: en la orilla de los hombres y en la orilla de las mujeres. No por casualidad la mayoría de los cubanos y cubanas ve esta apertura más como una estrategia para satisfacer gustos y vocaciones principescos que como resultado de una evolución mental de una élite básicamente rural, y de la evolución de la sociedad cubana. Visión reforzada por el hecho nada desdeñable de que, a diferencia de las comunidades LGBT en el resto del mundo, la cubana, la oficial, está comandada por la heterosexualidad.

Dentro del debate general de una sociedad libre los derechos de los homosexuales quizá tendrían un reconocimiento social más lento, pero a la larga sería más auténtico y profundo como resultado de una deliberación racional en la que se confrontaría la diversidad de pareceres sobre este u otros temas de minorías. Y el valor de una conquista perdurable es esencial para evitar retrocesos y manipulaciones con los derechos de los otros. El tema racial es ejemplar para entender la diferencia entre emancipación y auto emancipación: esta última solo posible en sociedades abiertas. Adelanta por tanto el desarrollo presumible de la cuestión sexual.

Por eso, como en Cuba esto no es fruto de un debate evolutivo, muchos perciben entonces que la explosión del menú sexual es intrínseco al relajo general de la sociedad, propio de épocas de decadencia, de la debacle moral del régimen y del oportunismo consiguiente del poder. Más que la percepción de un derecho posmoderno que reconoce la diversidad en los otros, y que enriquece culturalmente a la sociedad vigorizando la comunicación horizontal de la pluralidad, todo lo que está sucediendo se asimila a la promoción del sexo libertino por el Estado —un modo de disipar las tensiones originadas en otra parte—, como antes se promovía una campaña por la cultura general integral. Ayer todo el mundo estaba obligado a ser culto, hoy parece que todos debemos incursionar en la homosexualidad.

Sé perfectamente bien que la cantidad de cubanos fuera y dentro del clóset puede marcar la diferencia en el próximo censo de población, si este incluyera la pregunta apropiada, pero aún contando con el dato sociológico, la irrupción pública de la homosexualidad constituye una reparación psicológica superficial si no encuentra su equilibrio dentro de una sociedad abierta a todas sus diferencias.

Lo que está suponiendo un cinismo de Estado. Las preguntas son: ¿está la sociedad más preparada para elegir entre parejas del mismo sexo que entre alternativas políticas o diversidad informativa? ¿Está el Estado cubano listo para reconocer la unión civil de las parejas homosexuales y no para reconocer la libertad de asociación de la comunidad LGBT independiente y demás asociaciones probables?

Si el pueblo cubano no quiere el pluripartidismo, tal y como afirman sin consultarle las autoridades políticas, menos lo está para el reconocimiento de la homosexualidad. Y sin embargo… Ya sabemos.

Pero el enfoque serio del tema no debe esperar. La sociedad cubana muestra una esquizofrenia estratégicamente peligrosa: por un lado la explosión de una religiosidad homofóbica cohabitando tensamente con una homosexualidad igualmente explosiva. La laicidad social es cada vez más una isla en medio de un montón de creencias que se ven asaltadas desde las llanuras del Estado por un marketing gay y lésbico sin precedentes. Esto podría ser absolutamente normal, como lo es en toda sociedad posmoderna, si estuviera mediado por la discusión pública dentro de un régimen de tolerancias, que es la característica básica y definitoria de todo posmodernismo. Entonces podríamos hablar de convivencia de lo diverso en una sociedad madura.

Pero una vida gay dentro de un régimen autoritario parece y es un contrasentido: un simbolismo de erótica dura. Gay viene del francés gaie: que es divertido, abierto, flexible y contra solemne: todo lo opuesto a la intolerancia, que simboliza su poder ya no en el falo, sino en los cojones, y no capta lo esencia de la homosexualidad: la feminización de las relaciones sociales y de poder.


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