Actualizado: 21/10/2019 9:39
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Papa, Benedicto XVI, Iglesia Católica

El Papa visitará Cuba, ¿y qué?

La imagen de Juan Pablo II y Fidel Castro estrechándose las manos simbolizó en su momento el acercamiento entre la Iglesia y el régimen cubano

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El papa Benedicto XVI visitará Cuba entre el 26 y el 28 de marzo próximos. La significación de esta visita en el marco de lo específicamente religioso es obvia, por eso prefiero referirme a la que puede tener (o no) más allá o al margen de ese contexto. De ahí la pregunta del título.

La planteo, pues, solo como soporte para analizar desde esa otra perspectiva un hecho que se presenta —a juzgar por lo que dijo Monseñor José Félix Pérez, secretario ejecutivo de la Conferencia de Obispos de Cuba— “como una continuidad de la visita de Juan Pablo II” que se produjo entre el 21 y el 25 de enero de 1998.

Si queremos entender la entidad de tales eventos —el de entonces y el que se avecina— y aventurar una respuesta a mi pregunta, debemos observar esos casi tres lustros que, si se cumple el tiempo del propósito papal, deberán mediar entre uno y otro.

En aquel ya lejano enero llegó a Cuba un papa aureolado por algo más que una supuesta santidad: su contribución a la caída del comunismo. Según algunos lo que prendió la mecha de los acontecimientos que cambiaron el panorama político de Europa del Este quizá no fue la perestroika, sino el mensaje de Juan Pablo II “No tengáis miedo”. Mensaje que pronunció en su Polonia natal, pocos meses después de su nombramiento, exactamente en junio de 1979. Luego de esa visita nunca nada volvió a ser igual en ese país y, en cierta medida, en el conjunto de Europa. Al año siguiente ya Solidaridad era la esperanza indiscutible de los ciudadanos que se hallaban sometidos bajo el mismo bloque, y diez años después el comunismo polaco se vino abajo, arrastrando consigo a los demás.

¿Por qué entonces el régimen cubano ha soportado la sacudida papal durante estos años? No, no voy a intentar responder del todo un interrogante de tan amplio espectro. Necesitaría un espacio y un tiempo que no tengo. Diré solamente que, si se mira bien, tampoco en Cuba las cosas han seguido igual desde aquella visita. Y no me refiero solo al restablecimiento de la celebración de la Navidad y a los espacios que la Iglesia ha ganado en la escena isleña, que también. Quiero decir que ha habido cambios, sí, pero no del calado ni en el sentido de aquellos que transformaron a Europa.

Y aunque no respondamos plenamente la pregunta, algo podemos y debemos decir. Si se recuerda, una de las imágenes históricas más divulgadas de aquel entonces no fue la del Sumo Pontífice repitiéndole a los cubanos el mensaje que casi veinte años atrás había trasmitido a los polacos, sino la de éste y Fidel Castro estrechándose las manos. Dicho de otro modo: la del régimen cubano y la Iglesia acercándose, con respeto, decididos a limar las asperezas pasadas. O lo que es lo mismo: la del régimen decidido a reconducir esas relaciones para neutralizar el peligro del “peligroso” Papa.

¿No fue eso lo que hizo el gobernante cubano al halagar al papa presentándolo como el “ángel de los pobres” y convocar al pueblo, “creyentes y no creyentes”, para que participasen en el recibimiento? ¿No fue eso lo que significó la misa en la llamada Plaza de la Revolución, con un Cristo flanqueado por un Che y un Martí? ¿No fue eso lo que significó que se suspendiesen las actividades laborales sin afectar el salario para que todos acompañasen al Santo Padre? El astuto Fidel Castro tomó la iniciativa y convocó al pueblo para que hiciese lo que él sabía que habría hecho con o sin su anuencia, y así logró que éste, la Iglesia y el régimen navegasen a favor de la corriente, sin riesgo de que se produjese ningún naufragio. Y, visto lo visto, lo logró.

Es cierto que a su llegada, aún en el aeropuerto, el Santo Padre pidió que el mundo se abriese a Cuba pero que también Cuba se abriese al mundo. Es cierto que dijo: “Ustedes son y deben ser los protagonistas de su propia historia personal y nacional”. Y que añadió: “Quiera Dios que esta visita que ahora comienza sirva para animarlos a todos en el empeño de poner su propio esfuerzo” para alcanzar sus “aspiraciones y legítimos deseos”. Pero en conjunto no fue una visita hostil hacia el régimen y, como se vio, tampoco a la inversa. Al contrario.

A partir de ahí el régimen abrió las filas de su partido a los creyentes “revolucionarios”, autorizó que de nuevo los cubanos pudiesen celebrar la Navidad y, en general, se tornó más flexible respecto de las actividades y los espacios de la Iglesia. Y, más recientemente, incluso la Iglesia fue utilizada como mediadora para la excarcelación de presos políticos que, en su casi totalidad, fueron deportados con la connivencia del Gobierno de España.

Lo que nos lleva a una conclusión inevitable: la visita de Juan Pablo II a Cuba propició un acercamiento de la Iglesia y el régimen. Y éste, entretanto, elaboraba (por solo citar un ejemplo) la Ley 88, Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba, definida como “Ley Mordaza”, en virtud de la cual muchos cubanos vienen sufriendo acoso, cárcel y exilio desde su promulgación, solo un año después de la visita.

¿Qué cabe esperar entonces de la del nuevo Papa, a quien hasta ahora no se le puede atribuir ningún “milagro” político, excepto que consideremos como tal su papel en el hecho de que Juan Pablo II pidiese disculpas por lo mal que los católicos lo hicieron durante el Holocausto, y que en 1998 se concibiese la encíclica “Nosotros recordamos”, también en pro de la reconciliación con los judíos?

Ojalá que al menos se logre ese “gran gesto” pedido por el cardenal hondureño Oscar Andrés Rodríguez Madariaga, y el régimen libere a los más de sesenta prisioneros políticos que aún quedan en las cárceles de la Isla. Algo poco probable después del indulto de 2.900 prisioneros en diciembre, de los cuales, según la CCDHRN, solo unos siete eran políticos.

Y la respuesta que configuran algunas de las opiniones que se han ido suscitando dentro de Cuba tampoco parece ir por ese lado. Por el lado de la redención política, quiero decir. Se supone que ayudará a que la fe de los cubanos se fortalezca; a que muchos tengan una mayor sensación de paz y de espiritualidad; a que se produzca un momento de aparente reconciliación y a que, en general, la gente sienta que está más cerca de sus raíces. O sea, a que Cuba oprimida —como diría Karl Marx— suspire[1].

La cuestión es: ¿eso es bueno?



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