Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Sindicatos, Represión

El regreso de los sindicatos

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que Cuba es miembro, acaba de brindar un espacio, en su 101 Congreso Anual, a la Coalición de Trabajadores Independientes Cubanos (CTIC)

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Pocos medios se hicieron eco sobre lo que considero ha sido una de las más importantes noticias en torno a Cuba. Una de esas noticias que merecía seguimiento por el significado e impacto mediatos para el mundo del trabajo, la base futura de las relaciones entre los empresarios y los trabajadores, y el papel presumible del Estado en tanto árbitro social y gestor económico al mismo tiempo. Un seguimiento tan merecido que llevó a Arco Progresista a malinterpretar la noticia, diciendo digo donde solo se decía diego.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que Cuba es miembro, acaba de recordar, y brindar un espacio en su 101 Congreso Anual, a la Coalición de Trabajadores Independientes Cubanos (CTIC), que agrupa a tres expresiones sindicales con cierto tramo histórico dentro de la Isla: la Confederación de Trabajadores Independientes de Cuba, el Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos y la Confederación Obrera Nacional Independiente. Nombres anchos que no deben invitarnos a exagerar en términos de representación, pero que recogen un bregar intenso de cientos de activistas por los derechos de los trabajadores —con algunas victorias registrables—, y acumulan un montón de horas de represión por parte del Estado.

La CTIC se hace representar, a sí mismo, por el Grupo Social Internacional por la Responsabilidad Corporativa en Cuba, que pienso tendrá un papel clave y necesario en la defensa de los trabajadores ante la rapacidad, quise decir, del modelo de empresario chino que se desplaza por el mundo, y que a muchos hombres de empresa y negocio les gusta imitar.

Esta noticia venía precedida de un demoledor informe de la misma OIT en el que pedía explicaciones a las autoridades por varios asuntos: la represión misma de los activistas independientes, la manipulación de los convenios colectivos, el bajo salario de los trabajadores, la violación del Código Laboral —pocos cubanos saben que atendiendo al Artículo 13 de dicho Código los trabajadores no tienen que pedir autorización legal para crear sindicatos— y, un punto estructural de mucho calado para los que sudan, demanda la modificación del Artículo 61, parte alícuota del Decreto-Ley 67, que le reconoce a la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) el monopolio exclusivo de la representación laboral.

Los hechos son estrictamente revolucionarios, para decirlo en un lenguaje entendible y de uso común que, por otro lado, nada nos informa sobre la realidad social en la larga duración. Y culminan con la inclusión de Cuba, léase su Gobierno, entre los 49 países más violadores de los derechos sindicales en el mundo: un gobierno dicho de trabajadores.

Porque sentía que el suelo se abría bajo los pies de los obreros, después de que la CTC consumó su traición en su abrazo con los Lineamientos y la “actualización” del modelo, y tras su anuncio, entre grave y solemne, de despidos y recortes laborales. Hasta que conocí de estas magníficas noticias. A decir verdad, e independientemente de la labor de aquellas expresiones sindicales independientes, su capacidad para operar a nivel de las empresas y espacios de trabajo compite a la baja con la del resto de las organizaciones de la sociedad civil. Un empujoncito de la OIT se echaba de menos.

Y todo aquello tiene un agravante. Si el cambio en la sociedad cubana garantiza un lugar bajo el cielo para múltiples organizaciones de la sociedad civil, aunque no lo quieran, los cambios en la economía dejan poco lugar tanto para el tipo de trabajador de la era meramente industrial como para el tipo de organización sindical que le es propia. Y hay más. Para peor. El estilo de modernización económica más aplaudido en el mundo es el que recupera el tipo de relación empresario-trabajador de las épocas pre sindicales. En este nuevo/viejo tipo de relación no hay jornada de 8 horas, ni salario mínimo, ni trabajo fijo, ni derecho a jubilación. Mucho menos derecho a huelga o a formar sindicatos. Camino abierto por la CTC a partir de 2011 como corolario de una relación bien trenzada desde los inicios con el Estado-partido de Cuba.

No es poca cosa lo que acaba de suceder de la mano de la CTIC, del Grupo Social Internacional por la Responsabilidad Corporativa en Cuba y de la OIT. Si el país laboral está colapsando porque depende de una estructura económica y de propiedad que no favorecen la productividad ni la rentabilidad, su consecuencia más inmediata ha sido que el trabajo con el Estado no logra cuajar como fuente de riquezas para la sociedad, ni como base para satisfacer la estructura de necesidades de las familias. Ellos no son motivadores sociales. Tanto el monto como la estructura salarial no cubren el precio de las mercancías en los “mercados” más dinámicos y estables de la sociedad cubana: el “mercado en divisas” y el “mercado negro”. Aparejado al hecho de que ni los “mercados” estatales ni la distribución racionada ofrecen estabilidad a la canasta básica de los cubanos. Los cubanos se ven obligados, por tanto, a buscar su economía fuera del Estado y a desarrollar su ética del trabajo fuera de la economía oficial.

Todo lo cual llevó al colapso de la vida sindical. Economía productiva y vida sindical siguen vidas paralelas. Puede haber economía sólida sin sindicatos, pero no pueden existir sindicatos donde no hay economía, estrictamente hablando.

Por consiguiente, el asunto crucial en Cuba no es solo que los sindicatos oficiales no defienden a los obreros frente a injusticias puntuales, sino el de su lugar dentro de una estructura económica y de propiedad intencionalmente confusa que no les permite desempeñar su papel original. ¿Cuál es? Que el trabajador gane más y el empresario menos.

De modo que no hay que asombrarse de nada en cuanto al papel de la CTC. Su incapacidad para estar del lado correcto en la ecuación económica es estructural, no intencional o personal. No olvidar que el enfoque del Gobierno hacia el trabajo, un enfoque que reproduce esa mentalidad criolla que se resiste a abandonarnos, no concibe al trabajador en actividades autónomas e independientes que favorecen la libertad y movilidad horizontal del mercado laboral, y con ello la innovación, la rentabilidad y la riqueza, sino endosado a la burocracia y a los grandes conglomerados humanos, siempre improductivos, pero que garantizan un control extraeconómico sobre él, como en las antiguas haciendas españolas.

La ética del trabajo del “Gobierno” está más vinculada estructuralmente al gasto y derroche en proyectos simbólicos y suntuarios de valor político que a la productividad y capitalización para el ahorro, a pesar de la retórica productivista del “socialismo” y su “actualización”. Por eso considera el trabajo como una obligación y un deber, —de ahí nuestra larga historia con las leyes contra la vagancia— donde el trabajo debería ser visto, en una época moderna, como motivación y responsabilidad: las únicas maneras de crear una ética laboral.

¿Qué pueden hacer en medio de esta lógica los sindicatos oficiales? Dos cosas nada más: o desaparecer o colocarse junto al Estado-patronal. El sino de la CTC después de 1959.

Llegados en 2012 al colapso de todo lo realmente existente, el sindicalismo oficial, un eufemismo para denominar al corporativismo obrero de sobrada literatura, se liquida de dos maneras inevitables: o trabajando para el Consenso de Pekín: mucha explotación, cero demandas, bajos salarios, mínimas calorías y condiciones infrahumanas con el propósito de maximizar las ganancias empresariales y vigorizar las burocracias; o reasumiendo su naturaleza esencial de todos conocida en el mundo occidental.

No quiere decir esto último que los sindicatos cumplan bien su función en occidente. A fin de cuentas existieron en Cuba sindicatos amarillos que respondían en última instancia marxista a los patrones, a los intereses y al poder. Solo que los sindicatos son tales en el sentido indiscutible de ponerse rojos aunque sea una vez.

Esta exigencia para aumentar la intensidad del color, la vienen cumpliendo en Cuba solo aquellos que hoy, no importa su número, su formación o pedigrí intelectual, se nuclean en torno a propuestas sindicales independientes, capaces de plantarle cara a las administraciones, a la policía y de aguantar codazos y empellones de parte de los atildados representantes del Estado sindical cubano. Y con su gesto, la OIT nos viene a recordar que en este mundo de empresas volátiles y dinero violento se necesitan gente de verdad comprometida con el objeto de su discurso; se necesita que regresen los sindicatos.


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