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| Opinión

Venezuela, Nicolás Maduro

El sucesor de Hugo Chávez

Maduro vencerá en las próximas elecciones en el país sudamericano gracias al show proselitista que se llevó a cabo durante los funerales de Hugo Chávez

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Desde hace tiempo, aun antes de que en diciembre pasado el fallecido mandatario venezolano Hugo Chávez se trasladara hacia La Habana para la cuarta intervención quirúrgica, se sabía que Nicolás Maduro sería su sucesor. Maduro es el hombre de confianza del finado gobernante, y sobre todo, el hombre de confianza de los hermanos Castro.

Maduro vencerá en las próximas elecciones en el país sudamericano: un 56 % del pueblo votó por el chavismo en las pasadas elecciones presidenciales, y en los próximos comicios este porcentaje podría aumentar gracias al show proselitista que se llevó a cabo durante los funerales de Hugo Chávez. Este patetismo —tan latinoamericano por cierto— en las exequias del desaparecido gobernante, no hay dudas de que estimulará a otros componentes de las clases más desposeídas —y menos instruidas— de la sociedad venezolana para votar por primera vez por el chavismo; es decir, por Nicolás Maduro. Sentimentalismo mediante.

Nicolás Maduro encontrará un país polarizado y en crisis, donde se avisa que este año la inflación acumulada podría alcanzar el 28 %, donde la infraestructura se halla destrozada en varios puntos geográficos de la nación y la criminalidad viene en aumento (tan solo en los tres primeros meses de este año se registran 4.527 víctimas mortales, lo que equivale a una persona muerta por esta causa cada cinco minutos; una tasa que supera la de México, donde existe una guerra contra el narcotráfico.) Por otra parte, se vaticina otra devaluación y el desabastecimiento de los productos de la canasta básica se propaga por las principales ciudades del país, a lo que se suma que la producción petrolera, según el último registro, es un 25 % menos que cuando Hugo Chávez tomó el poder hace 14 años.

Al tomar posesión y en los días sucesivos, Nicolás Maduro no ha podido exponer en público ninguno de los datos adversos que aparecen en el párrafo anterior, y los que faltan, puesto que sería sacar a la luz el atolladero que ha heredado del fallecido mandatario, por él idolatrado. Esa es la encrucijada que tiene delante Nicolás Maduro. Los resultados desfavorables que agobiarán a Venezuela en los próximos meses y años, irán a su cuenta, no a la de Chávez, quien ya ha sido santificado por el propio Maduro. De modo que este, quien se verá obligado a tomar medidas económicas impopulares para tratar de enmendar el rumbo equívoco que antes tomara su predecesor, ¿qué podrá hacer? Pues... simplemente, cualquier decisión que tome al respecto, será vista por las “masas oprimidas” como una negación de las bondades de Hugo Chávez y aun, según el caso, como una traición a los presupuestos políticos del fallecido mandatario. Nicolás Maduro, cuyo temperamento sanguíneo, pasional, subjetivo, a lo cual se une un proceder totalmente parcial al analizar la situación de su país, es, sobre todo por estas razones, una persona impedida para llevar las riendas de su país, de cualquier país. Y tiene asimismo delante de sí esa disyuntiva propia de quien sustituye a un líder de gran carisma: si lo imita, lo está imitando; si no lo imita, está desvirtuando sus esencias.

A lo anterior se suma que la transición del mando en Venezuela no es comparable, como quieren hacernos ver algunos analistas, con la ocurrida en Cuba hace seis años y meses. En la Isla ya existía en 2006 una dictadura férrea establecida durante décadas, con el control total de los medios de divulgación y propaganda internos y con un bloqueo absoluto de las ideas políticas del exterior; en Venezuela existe una oposición reconocida, aún hay órganos de prensa independientes y en general lo que solemos llamar “las fuerzas vivas” están en activo.

Así las cosas, lo mejor que puede ocurrirle a la oposición política venezolana en las próximas elecciones es que el presidente elegido sea Nicolás Maduro, quien de este modo quedará como el responsable del desastre inevitable.


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