Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Elogio de la ambigüedad

Los momentos de mayor irreverencia en el arte y la literatura cubanas han florecido con la indeterminación económica y política.

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En Cuba tenía un amigo que siempre andaba en problemas de tipo políticos, ya que acostumbraba decir lo que le parecía en cualquier reunión de barrio o asamblea sindical. Mi amigo, sin embargo, siempre se las ingeniaba para decir las cosas de modo que nadie lo cogiera "fuera de base". Su método era siempre el mismo: en medio de una discusión acalorada, donde siempre se lo podía tachar de "hablar la lengua del enemigo", citaba algunas palabras del Comandante, del Che Guevara, y así callaba a todos.

Eso es lo que yo llamo ambigüedad o el sutil arte de la subversión: apoyar un argumento contestatario con las palabras del mismo poder que quieres criticar. Tal cosa, lógicamente, no es nueva. Bartolomé de las Casas, en el siglo XVI, ya esgrimía para el beneficio de los indígenas esclavizados las palabras de la Reina de Castilla. Con astucia, Las Casas citaba lo mismo la Biblia, que una infinidad de escritores e historiadores romanos y judíos, y por pobres que nos parezcan, esas eran las únicas armas que tenía el fraile para defenderse y defender a los nativos de un ejército de encomenderos y auditores reales.

¿Cómo aparece entonces ese doble discurso en la revolución cubana de 1959? A través de la duda y la ambigüedad en el arte. Memorias del Subdesarrollo (1965) fue en tal sentido un texto ejemplar, que bordea continuamente lo que Michel Foucault llamaría "el discurso perspectivo", aquel que se despliega, en su posición de lucha o de victoria que quiere obtener, en el límite de la misma supervivencia del sujeto que habla.

Heberto Padilla, cuando escribió sus poemas sobre el "abedul de hierro", supuestamente criticando a Rusia, y cuando le dedicó su poema Fuera de juego (1968) "a Yannis Ritzos, en una cárcel de Grecia ", a quienes realmente tenía en mente era a Fidel Castro y la revolución cubana. Igualmente, cuando la generación de los años ochenta enfiló sus críticas contra los iconos revolucionarios y patrióticos, no fue una crítica frontal contra el régimen, sino una crítica velada, que hacía uso de los mismos objetos cargados de significación en el discurso nacionalista y revolucionario.

Y era lógico que así fuera, ya que una crítica frontal excluiría ipso facto a cualquiera de estos artistas del circuito de producción, exhibición y consumo de sus obras. No habría ni viajes, ni premios, ni galerías, ni editoras para ellos. Solamente el acoso, la marginación, el exilio o la cárcel. Un discurso abiertamente contestatario los dejaría a todos ellos fuera del ámbito donde pudieran ser oídos, y sus obras realizadas en la comunidad donde debían insertarse de una forma natural.

Por eso, cuando mi amigo, después de firmar el proyecto Paideia, recibió un día la visita de la Seguridad del Estado, lo primero que le preguntaron fue: "¿Estás en ese grupo por lo político o por lo literario?". Si mi amigo decía que estaba por lo político, se declaraba automáticamente como contrarrevolucionario, apátrida y gusano. Pero si decía que solamente buscaba un poco más de libertad "estética", se engañaba a sí mismo.

Por ello hay que tener siempre en mente que la naturaleza y las posibilidades de la ambigüedad es esta y no otra: proponer un significado que no pueda encasillarse dentro de ninguna ideología, que permanezca equidistante ante los dos grandes grupos de poder que se enfrentan en el panorama político: la dictadura y la democracia. De ahí que cualquiera pueda tachar a un artista o político ambiguo de "seguroso", de "disidente" e, incluso, los más generosos, de "confundido".

Momentos confusos

Vale agregar, sin embargo, que un discurso ambiguo sólo es posible que emerja dentro de un panorama político y cultural ambiguo, que es por demás la naturaleza del propio discurso. Si se analiza con detenimiento los momentos de mayor ambigüedad e irreverencia en el arte y la literatura cubanas, se apreciará que estos han florecido en los momentos de mayor indeterminación económica y política.

Primero, a mediados de la década del sesenta (Desnoes y Padilla), y segundo, a finales de los ochenta (la plástica cubana, Alicia en el pueblo de las maravillas (1991) y el proyecto político-artístico de Paideia (1989-1992), para mencionar solamente algunos). El primero de estos momentos coincide con el traspaso de la revolución pequeño-burguesa a una de tipo de régimen socialista-dictatorial, y el segundo, con el desplome del Muro de Berlín, el glasnost y la Perestroika soviética.

Ambos momentos, por así decirlo, eran confusos. El primero tenía a su favor que se dio en un contexto en que había una reserva democrática considerable en el pueblo y los intelectuales, ya que la inmensa mayoría conocía de primera mano la democracia. A finales de los ochenta, con el desmoronamiento de la ideología comunista, el régimen también tuvo que cambiar, lo cual posibilitó la aparición de un discurso más abierto, más experimental, ya sea en el orden económico como en el artístico. Tal "confusión" se agudizó entonces con el juicio de Ochoa, y un mayor protagonismo de los grupos disidentes. A una política ambigua, por tanto, debía corresponder un arte ambiguo.

Enemigo de los mensajes claros

De nuevo, tal ambigüedad debe entenderse como algo extremadamente peligroso para el régimen, que por el mismo motivo siempre ha sido enemigo de todo mensaje que no sea claro y partidista. En la historia de América, recordemos, la ambigüedad en el terreno político ha sido la causante de varios de los hechos más trascendentales. Bajo el grito de "Viva el Rey, muera el mal gobierno", las antiguas colonias hispanoamericanas echaron abajo el antiguo Imperio español. Los suramericanos aprovecharon esta oportunidad para establecer una constitución más liberal que la ofrecida por la Junta de Cádiz.

Igualmente, en el caso de la revolución de Haití, los colonos blancos, los negros libres y los esclavos interpretaron de una forma muy diferente la consigna de la Revolución francesa: "libertad, igualdad, fraternidad". Los primeros la interpretaron, dice Franklin Knight, como una relajación de los controles y el desmantelamiento de las restricciones legales y políticas que imponía Francia a los adinerados "gens du couleur", mientras que para los segundos, la libertad y la igualdad significaba algo muy concreto: la completa abolición de la esclavitud. Como se sabe, el choque que produjo tal conflicto llevó a la revolución haitiana, a la muerte de miles de colonos y la liberación final de los esclavos.

¿Cómo entender entonces la relación entre ambigüedad, inestabilidad política y subversión en el futuro de Cuba? Primero, esperemos mayor control y represión en los momentos de cambio. Pero también esperemos la aparición de un discurso doble, perspectivo, que haga uso de fórmulas, eslóganes y frases políticas ya establecidas en el discurso oficial, pero que las interprete ahora a su forma, adaptándolo a un nuevo contexto y necesidades. En otras palabras. No nos extrañemos si una vez muerto el Comandante, oigamos gritarle a alguien en la calle: "¡Viva Fidel, muera el mal gobierno!", con una kalashnikov en la mano.


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