Actualizado: 26/10/2021 10:28
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Cambios, EEUU

En cuanto a Cuba, Obama parece ciego y sordo a la realidad

Da la impresión de que el mundo real se está moviendo en una dirección y la política norteamericana en la dirección opuesta

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El presidente Barack Obama está reiterando de nuevo que las relaciones entre Estados Unidos y Cuba no pueden mejorar hasta que haya una reforma política en La Habana.

“En cualquier otra parte del mundo, se ve el avance del movimiento de democratización”, dijo recientemente. “Ha llegado la hora de que lo mismo suceda en Cuba”.

¿Es éste su llamado a las armas, o el principio de una campaña dirigida a alentar al puñado de disidentes en Cuba a lanzarse a la calle, buscando algún tipo de confrontación violenta con el Gobierno cubano?

Sea lo que sea, esta nueva actitud recuerda notablemente el “cambio de régimen” por el que abogaba el gobierno de George W. Bush.

¿Qué clase de consejos está recibiendo el presidente Obama de los expertos? ¿Que Cuba y Egipto, Siria, Libia y otros estados árabes son lo mismo o muy similares? ¿Que una nueva “teoría del dominó” en todo el mundo debe causar el derrumbe del Gobierno cubano en el futuro cercano?

Porque con muy pocas excepciones —casi todas procedentes de Miami— la mayoría de los observadores extranjeros tienen una opinión muy distinta de los sucesos en Cuba.

Reconocen que ya se están produciendo cambios importantes en la Isla.

Desafortunadamente para Obama y sus principales asesores, no hay nada “genuino” ni significativo sobre esos cambios.

Incluso en el tema de la liberación de los presos políticos, Obama ignora el hecho de que los 75 arrestados en la redada contra los disidentes del año 2003 —aparte de unos 50 más, entre ellos Oscar Elías Biscet— quedaron en libertad gracias a las negociaciones entre los Gobiernos de Cuba y España, y la Iglesia católica, por iniciativa del liderazgo cubano.

Da la impresión de que el mundo real se está moviendo en una dirección y la política norteamericana en la dirección opuesta.

Y, por supuesto, las herramientas norteamericanas de política exterior como los programas de “cambio de régimen” de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, la clasificación de Cuba como un “estado terrorista” y el interminable embargo se mantendrán a menos que el Gobierno de Castro ceda a las demandas norteamericanas.

En efecto, la arrogancia de Estados Unidos, como la describió el difunto senador William Fulbright, lleva a Washington a ignorar ciegamente, una vez más, el voto casi unánime en las Naciones Unidas exigiendo poner fin al embargo.

En semanas recientes, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos ha tomado varias medidas contra empresas y bancos europeos, destacando de nuevo las consecuencias nocivas de esas políticas.

Además, un grupo bipartidista de 34 legisladores —siguiendo la iniciativa de la representante Ileana Ros-Lehtinen, republicana por la Florida— ha firmado una carta en la que advierte al gigante petrolero español Repsol YPF SA que no comience operaciones de perforación en alta mar en aguas cubanas.

Entre otras cosas, la carta declara que “Repsol podría estar en peligro de someterse y someter a sus afiliadas a un caso de responsabilidad penal y civil en los tribunales norteamericanos”. Muestra una interpretación estadounidense de derechos soberanos en el derecho internacional, aunque en este caso no es por casualidad.

Sus firmantes están jugando sus cartas, esperando que una victoria del Partido Popular de España y de su líder, Mariano Rajoy, logre que el Gobierno presione a Repsol para que renuncie a sus inversiones en Cuba, aun cuando Repsol insiste en una reciente declaración que la compañía “cumple estrictamente con la ley norteamericana que rige el embargo comercial, impuesto hace décadas”.

La candidata presidencial republicana Michele Bachmann ha presentado otra táctica de intimidación.

Hace poco advirtió contra la normalización del comercio con Cuba, porque la Isla supuestamente está creando una alianza con Hezbolá, encaminada a “disponer bases o sitios donde Hezbolá podría tener campos de entrenamiento, o quizá sitios de misiles o armamentos en Cuba”.

El adjetivo absurdo apenas describiría una declaración tan irresponsable que, hasta ahora, carece de ninguna prueba sólida que la respalde, ni siquiera del apoyo oficial del Gobierno de Estados Unidos.

Entretanto, alentados por esta nueva postura presidencial “dura”, la línea dura de Miami —particularmente Orlando Gutiérrez, que preside el Directorio Democrático— han estado alentando a los disidentes cubanos a tomar las calles y retar al Gobierno, a pesar de que carecen del respaldo social o político de cualquier segmento importante de la población cubana.

De modo similar, el Movimiento Democracia, dirigido por Ramón Saúl Sánchez, también está exhibiendo sus músculos. Este grupo ha anunciado que enviará una flotilla a aguas territoriales de Cuba, desde donde incitará al pueblo cubano a entrar en acción.

Se pueden oír alusiones similares emanando de otros grupos del exilio, repitiendo los mensajes apoyados por aquellos que les proporcionan fuentes habituales de fondos.

Comentando estos sucesos, el Consejo de Asuntos Hemisféricos dice que “a pesar de su porfiada negativa a comerciar abiertamente con Cuba, Estados Unidos no tienen escrúpulos para intervenir clandestinamente en la política cubana”.

Otro análisis sugirió que “estas declaraciones nunca se hicieron como un mensaje a La Habana. Son para la Pequeña Habana”.

De nuevo, el proceso electoral en Estados Unidos, el creciente número de legisladores cubanoamericanos y su poder de cabildeo —más la suposición de que cada voto cuenta— puede ser la razón detrás de todo esto.

Es cierto: un debilitado Obama, paradójicamente, podría afrontar una situación similar a la de George W. Bush en 2000. La Florida y sus 27 votos electorales son demasiado preciosos para arriesgarlos.

Pero esta vez, la decodificación de sucesos internacionales podría causar una postura más agresiva y confrontacional frente al Gobierno cubano. Tal vez esa sea precisamente la razón por la que The Christian Science Monitor caracterizó los últimos comentarios de la Casa Blanca como “La Guerra Fría de Obama con Cuba: el combustible que Fidel necesitaba”.


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