Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Elecciones, EEUU, Trump

¿Es Donald Trump republicano?

El senador Ted Cruz apela al voto por los candidatos más acordes con las convicciones de los electores. ¿Y cuáles son las convicciones de Donald Trump?

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Cuando el exaspirante presidencial y senador republicano Ted Cruz habló en la convención de su partido, recién concluida, apeló al voto por los “candidatos” más acordes con las convicciones de los electores. Les pidió a estos que a la hora de votar se tomen en cuenta los hechos, la actuación y no simplemente las palabras. Luego recalcó al día siguiente —en una reunión con los delegados de Texas— que se debía votar de acuerdo a la conciencia de cada cual.

Fue una jugada riesgosa para la carrera política de Cruz —serán necesario meses o mejor años antes de llegar a una conclusión—, pero se comportó como un político acorde con sus principios y su concepto del honor personal.

Lo mismo no puede decirse de Donald Trump, el candidato presidencial nominado por dicha convención, y sería simplemente una cuestión de la personalidad, trayectoria y objetivos particulares del magnate si el problema no fuera mucho más allá: con cada día que pasa Trump destruye cada vez más la filosofía, los fundamentos ideológicos y la práctica de una organización política a la que por años no perteneció. Lo peor es que lo está haciendo impunemente, con la complicidad de cobardes y oportunistas del mismo partido.

El “Súper Héroe”

En última instancia la cuestión fundamental no se limita a que Trump gane o pierda las elecciones. Lo inusual de esta campaña no es simplemente la figura de un empresario de bienes raíces y casinos de juego, dedicado por un tiempo también a los concursos de belleza y los reality shows, que con una campaña populista venció en las elecciones primarias. Lo insólito es el hecho de que un partido de larga tradición se haya entregado de esta manera —sin prevenir y atajar el peligro, sin una verdadera lucha, sin crear un frente común— a una figura sin experiencia política y ponga ahora en sus manos una maquinaria electoral elaborada durante años. Lo que llama la atención, y debe ser objeto de estudio, es como este hombre —poderoso en negocios, representante de la jet set, figura de las revistas del corazón y símbolo del espectáculo reducido a pompa y circunstancia— pueda hoy por hoy representar el “partido de Lincoln”, como les gusta caracterizar a su organización los republicanos más orgullosos de ella. Sus aspiraciones políticas resultarían ridículas y patéticas sino fueran peligrosas. Trump no es más que la fama en su forma más vana: no se puede comparar con Paris Hilton porque no es mujer.

Bajo este ángulo Trump puede ser analizado como un ejemplo de la civilización post-espectáculo: con el insulto, los ataques personales bordeando o de lleno en la difamación, la manipulación y una extravagancia controlada se impuso frente a sus rivales republicanos. Sabe que iguales medios no le bastan para ganar la presidencia del país y ahora agrega otro: el miedo. No solo la lucha electoral por la presidencia de Estados Unidos este año —que comienza a fondo luego de la elección oficial de los candidatos— promete este año ser particularmente “sucia”, sino que desde su discurso de aceptación de la nominación presidencial Trump la proyecta en una dimensión imaginaria, alejada de la realidad, pero efectiva para una porción del electorado por su apelación emocional.

Si durante las primarias el magnate neoyorquino vendió como espectáculo la competencia entre aspirantes, al mejor estilo de la televisión basura norteamericano, ahora intenta una dimensión mayor, al estilo de la gran pantalla: un mundo al borde del cataclismo que solo él puede salvar. Apocalipsis y fantasía. Trump recurre a la imagen de los superhéroes, pero no aparece como un Superman —periodista torpe y humilde, la representación de los límites y las frustraciones del estadounidense promedio que de pronto tiene una figura con la cual identificarse porque él también anhela tener superpoderes— sino con Batman: el millonario poderoso que sale a salvar el mundo. A diferencia de Superman, con su fortaleza heredada de padres de otro planeta, Batman tiene que recurrir a su fortuna para ser grande: la tecnología a su servicio, un mayordomo fiel y capaz, la misión con escondites secretos. En Trump esa tecnología son su avión, su helicóptero —ambos con su nombre bien grande— y el papel de mayordomo lo representa su familia, por lo demás le sobran mansiones: es el nuevo “caballero negro” de América.

Junto al miedo, el odio. Son los dos pilares irracionales en que se sustenta el discurso del candidato republicano. El candidato no solo es vengativo, al extremo de volver a sacar a relucir una supuesta vinculación del padre del senador Cruz, de origen cubano, en el asesinato de John F. Kennedy —sin mayor fundamentación que lo publicado en un tabloide de supermercado donde abundan las historias de hombres con dos cabezas y secuestros extraterrestres— sino que en su discurso de aceptación dijo que la contendiente demócrata había cometido “graves delitos” sin pagar su culpa. Los gritos de “A la cárcel” contra Hillary Clinton fueron una constante. Un partidario cercano a Trump, que ha aparecido a su lado en actos públicos, dijo en un programa radial conservador que la exsecretaria de Estado debía ser fusilada (suena familiar a los cubanos, ¿no?).

Crisis real y percepción de crisis

Ilusión, frustraciones y fantasía definen en parte el atractivo que ha despertado. Pero no basta con recurrir a ese imaginario que el alimenta a diario en el norteamericano promedio. También es necesaria la política, y aquí es donde se sirve de un partido cuyas bases ideológicas niega.

Hay tres aspectos importantes en el discurso de Trump en la Convención Republicana. El primero es que para infundir el miedo en los ciudadanos recurrió a cifras y datos falsos, tergiversados y sacados de contexto. Aquí no se trata de cuestionar su plan político —que por otra parte no detalló— sino de decir a las claras que el discurso estuvo lleno de mentiras. Un análisis de las falsedades del texto apareció en The Washington Post. El diario las rebate con cifras de las que indica su procedencia, reales y efectivas, que no admiten el socorrido pataleo de “la prensa liberal”. Son datos estadísticos recopilados por el periódico, entre otras fuentes del Censo Nacional.

El segundo aspecto es que la promesa de restaurar “la ley y el orden” es clásica de caudillos fascistas. Con palabras similares entro Benito Mussolini en Roma. El discurso de Trump fue típico de un caudillo. Carl Bernstein dijo en la televisión que nunca se había visto algo igual en las convenciones de ambos partidos, y que a él le había recordado a Juan Domingo Perón. Trump lo quiere establecer en EEUU es un fascismo rosa: prepotencia, represión y censura, y él rodeado de mujeres bien peinadas y elegantes al estilo de la Quinta Avenida.

La dificultad, para un caudillo fascista que quiere ascender al poder, es que necesita una crisis —económica, política, social— y en EEUU la crisis existe solo en las palabras de Trump, quien eludió mencionar la baja tasa de desempleo actual (5%) en su discurso. Los indicadores financieros no son desfavorables, el país está en mejor situación económica que cuando llegó a la Casa Blanca Barack Obama y los índices de aprobación del actual presidente son elevados. Esto no quiere decir que la población se sienta satisfecha ni considere que el país va por un buen rumbo, pero la disparidad entre los datos y la percepción del ciudadano obedecen a diversos factores, que van de la inseguridad laboral propia de los tiempos actuales a la amenaza del terrorismo externo e interno, y que se manifiesta en un justificado rechazo al establishment político. La candidata demócrata es parte de ese establishment político, pero su opositor republicano lo es de otro: la oligarquía y la rapacidad empresarial (no por gusto tiene un historial de más de 3.000 demandas y varias bancarrotas).

Será responsabilidad del Partido Demócrata el señalar con acierto lo que está bien y lo que está mal, los daños causados por un Congreso obstruccionista, lo que es posible resolver y lo que obedece a factores externos y propios de un nuevo panorama económico —la época en que hasta los sacacorchos eran Made in USA concluyó—, pero sobre todo convencer con datos reales y el dejar bien en claro el peligro de dejarse llevar por falsas promesas. Si lo logra triunfa y si no lo consigue fracasa en las urnas, pero una crisis como la surgida al final del mandato de George W. Bush no hay. La exsecretaria de Estado tiene un grave problema de imagen, que en cierta medida es consecuencia de una fabricación política pero también resultado de su actuación y la de su partido a lo largo de los años. Y aquí radica el peligro más grande para los demócratas, porque si se puede afirmar la ausencia de una crisis económica y social como la señalada por Trump, también hay que reconocer la existencia de un clima de desconfianza, recelo e insatisfacción hacia los políticos tradicionales de ambos partidos.

El último escándalo que enfrentan los demócratas también perjudica la imagen de Clinton. La actual presidenta del Comité Nacional Demócrata (DNC), Debbie Wasserman Schultz, dio a conocer que renunciará luego de la convención de su partido esta semana, debido a la polémica por una filtración de Wikileaks.

El anuncio de la renuncia de Wasserman Schultz llega después de que el portal Wikileaks revelara tener 19.252 correos electrónicos del DNC, en los que altos funcionarios del partido hablan de estrategias para vencer a Bernie Sanders, senador por Vermont que se enfrentó a Clinton en las primarias por la candidatura presidencial demócrata.

Sanders había solicitado la renuncia de Wasserman Schultz.

El anti republicanismo de Trump

El tercero aspecto en el discurso de aceptación a la nominación de Trump es que echa por tierra todos los principios que por décadas han caracterizado a un partido que favorece el gobierno reducido, la independencia administrativa y judicial de los estados frente al poder federal y el libre comercio, entre otros puntos.

Para empezar el texto se caracterizó por la ausencia de referencias a presidentes republicanos anteriores. Se habló de un país que andaba muy mal, particularmente por el “legado de Hillary Clinton” —por momentos dio la impresión que la exsenadora y exsecretaria de Estado había en realidad ocupado la presidencia y ahora buscaba la reelección—, pero cuya existencia parecía limitarse a los ocho años de gobierno demócrata.

El tratado de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá (NAFTA), que el candidato quiere reformar —en principio planteaba eliminarlo, pero esa fue la única concesión al establishment republicano— era culpa de Clinton (Bill). El expresidente Clinton promovió la aprobación en el Congreso de NAFTA, con el apoyo del republicano Newt Gingrich, entonces líder de la minoría en la Cámara y luego su presidente —y ahora partidario de Trump—, pero el tratado fue negociado y firmado por el expresidente George H. W. Bush. Más republicanos que demócratas votaron por su aprobación. NAFTA fue aprobado en la Cámara con una votación de 234-200; 132 republicanos y 102 demócratas votaron a favor. El Senado aprobó NAFTA 61-38, con el apoyo de 34 republicanos y 27 demócratas.

El libre comercio y la globalización, que Trump repudia, son características del capitalismo más desarrollo, y siempre han sido apoyados por los republicanos. Los capitalistas y las trasnacionales estadounidenses son sus promotores y beneficiarios.

Trump promete la seguridad para todos los norteamericanos, desde los ciudadanos de raza negra hasta los gays, pero si la seguridad de cada habitante de EEUU va a estar en sus manos, convertido en una especie de “Súper Sheriff”, tiene que crear un cuerpo policial federal dirigido desde la Casa Blanca —en realidad un Estado policial—, agregar miles de policías a la fuerza y despojar de independencia a los agentes del orden local. Una idea ajena no solo al país sino al republicanismo.

El candidato afirmó que bajo su mandato el “Obamacare” desaparecería y prometió que cada estadounidense contaría con la posibilidad de ir “al médico que quisiera”. Pero la única manera de cumplir ese empeño es con la creación de un seguro de salud universal pagado por el Gobierno. Otra propuesta ajena hasta ahora al Partido Republicano.

Convertir a EEUU en una especie de “reino de Trump”, donde este sería al mismo tiempo el curalotodo, sabelotodo —se declaró ser quien más sabe sobre capitalismo— y milagrero cotidiano no solo es imposible, sino que una formulación de ese tipo es lo más alejado que existe del pensamiento republicano.

Por supuesto que los líderes republicanos saben, al igual que Trump, que esas promesas son imposibles de cumplir. El único argumento efectivo para la negociación entre el empresario y la cúpula de su partido ha sido la nominación de un juez para la Corte Suprema —“otro Scalia”, prometió Trump— y esa es en definitiva una de las razones del apoyo renuente. Se trata de una apuesta de alto riesgo para el republicanismo, más si se tiene en cuenta que el presidente Obama había escogido no un “liberal” sino un magistrado moderado. Si resulta electa Clinton, está por verse a quien nomina para la Corte.

Por otra parte, lo que promete Trump —y en el muy supuesto caso de que quiera cumplirlo— únicamente es realizable no solo con un Congreso dominado por los republicanos, lo cual es posible, sino con un “Congreso de Trump”, lo cual es más difícil. La ausencia de congresistas —el “Pequeño Marco” por video no cuenta— y figuras importantes del partido en la convención no es un buen augurio.

Ausencia de principios

“Nos merecemos líderes que representen de acuerdo a principios, que nos unifiquen por valores compartidos y dejen a un lado el odio en favor del amor”, señaló el senador Cruz.

Curioso que sus palabras fueran respondidas con un abucheo y su esposa tuviera que ser protegida por un delegado a la salida, ante la amenazante proximidad de los irritados, uno de los cuales no tuvo un mejor insulto que gritarle: “¡Goldman Sachs!”

Un momento. ¿Pero es esta clase de insulto lo que uno espera escuchar en una convención republicana o en una reunión de partidarios de Sanders?

No es que Goldman Sachs esté libre de culpas. Es que algo no cuadra ideológicamente cuando se está a favor de quien que es la imagen por excelencia del empresario capitalista.

La confirmación de tales incongruencias vino al día siguiente, cuando en su discurso de aceptación Trump se refirió favorablemente a Sanders en dos ocasiones.

Lo hizo para tratar de atraer a los votantes demócratas partidarios del rival de Hillary Clinton en las primarias, pero ambas menciones evidencian la ausencia de principios de Trump, el acomodar su discurso a lo que venga, con tal de ganar votos.

Tanto si gana como si pierde su candidato, el Partido Republicano ya no es el mismo desde la pasada semana. Trump destruyó la tendencia natural de la organización, de moverse más o menos a la derecha, por una plataforma carente de ideología. En primer lugar porque confunde la política con los negocios —no hubo una sola referencia a Rusia en su discurso, que es por otra parte la potencial mayor amenaza política que enfrenta EEUU en relación a la situación global, más allá del terrorismo— y se dedicó a descargar su ira contra las fábricas chinas. Si la preocupación del próximo presidente son los juguetes chinos —malos y baratos— y los mexicanos dedicados honradamente al corte de hierba, el futuro de esta nación no es promisorio.

Peor aún para el partido que dice representar ahora Trump, si a la hora de comparar su discurso el ejemplo que señalaron los expertos en política estadounidense no fue precisamente Reagan sino Richard Nixon. No es difícil recordar como terminó Nixon, y ante quien perdió la reelección su sucesor Gerald Ford.


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