Actualizado: 24/06/2024 23:01
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Extremistas y conservadores en la política de EEUU

Este trabajo puede considerarse una segunda parte de “El irracionalismo en la política de EEUU”, aunque ambos textos son independientes

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Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, el conservadurismo en Estados Unidos giró en torno a un debate único, que se ha repetido una y otra vez. Analizar ese debate es la mejor forma de comprenderlo.

Lo que se conoce como movimiento conservador norteamericano tiene su origen en las ideas del pensador y político inglés Edmund Burke, quien a finales del siglo XVIII postuló que el gobierno debía nutrirse de una unidad “orgánica”, que mantenía cohesionada a la población incluso en los tiempos de revolución.

El conservadurismo de Burke no se sustentaba en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías. En su denuncia de la Revolución Francesa, Burke no buscaba una justificación del ancien régime y sus iniquidades, tampoco proponía una ideología contrarrevolucionaria, sino que advertía contra todos los peligros de desestabilización que acarreaban las políticas revolucionarias.

Para Burke, lo más importante era salvaguardar las tradiciones e instituciones establecidas en lo que él llamaba “sociedad civil”. Ante el peligro de destruir lo viejo, era mejor tratar de enmendarlo con cautela.

En este sentido, durante décadas el debate conservador se situó entre los que se mantenían fieles a la idea de Burke, de enmendar la sociedad civil, mediante un ajuste de acuerdo a las circunstancias imperantes en cada momento, y quienes buscan una contrarrevolución revanchista.

Una y otra vez, en los últimos años, dentro del Partido Republicano han adquirido mayor fuerza los contrarrevolucionarios.

Lo que buscan estos contrarrevolucionarios es destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados. Volver a la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, existente antes del establecimiento del New Deal/Fair Deal de las décadas de 1930 y 1940 y de la puesta en práctica años después del concepto de la Nueva Frontera/Gran Sociedad de los años 60 del siglo pasado.

Así se explica ese odio sin medida hacia el plan de seguro médico para todos los estadounidenses del presidente Obama, que se propagó tras la aprobación de la ley y creció con fuerza cuando los legisladores republicanos se creyeron con fuerza para desbaratarla. Odio que en gran medida evidenciaba una hipocresía, porque sin ir más lejos, en ese baluarte republicano que es la pequeña Hialeah, mientras se vitoreaba a Trump y cualquier político republicano de turno, se corría a mantener o iniciar la inscripción el Obamacare.

Fuera de Estados Unidos, la idea de que un grupo de ciudadanos de un país se niegue a un seguro universal de salud suela descabellada, pero aquí se ha justificado no en cuanto al beneficio o no que pudiera producir, sino fundamentalmente como premisa ideológica.

Claro que esta premisa ideológica no se muestra solo en su versión más descarnada —la intromisión del Estado en las decisiones del individuo—, sino que se alude desde el gasto, el despilfarro y el déficit nacional hasta la creación de empleos y las restricciones y posibles sanciones a los pequeños negocios. No se trata de discutir la forma de mejorar y ver la opción más eficaz de poner en práctica un proyecto, sino de demonizarlo por completo.

Los ultraderechistas han ido tan lejos en sus posiciones, que no solo han abandonado cualquier vestigio de los planteamientos de Burke, sino que se han convertido en una especie de comunistas a la inversa, al colocar la lealtad al movimiento populista y el abandono de postulados puestos en práctica durante el gobierno de Ronald Reagan por encima de sus responsabilidades legislativas o políticas.

Los legisladores que en un primer momento siguieron al pie de la letra los principios del Tea Party, son en buena medida políticos ambiciosos, como el senador Marco Rubio y el senador Ted Cruz, que encontraron en esa agrupación una vía para destacarse y alcanzar una posición independiente de lo que por años fue el establishment republicano. Aspirantes presidenciales durante las primarias iniciadas en 2016, algunos de ellos se caracterizaron por los insultos más bajos (Rubio a Trump y Trump a Cruz), para luego del triunfo del magnate inmobiliario ambos senadores se limitaron —y aún se limitan hoy día— al papel de adláteres del ahora expresidente.

Si bien los neoliberales y libertarios no solo han abandonado las ideas de Burke, sino que también lo han traicionado, tampoco le ha ido muy bien a la otra rama del conservadurismo que sí se mantiene fiel a sus postulados, y es el sector tradicionalista.

En la actualidad el tradicionalismo es más una reacción a la fragmentación y la inseguridad de la sociedad capitalista postindustrial que un movimiento con gran alcance. Más allá de la sinceridad de una parte de sus miembros, las apelaciones políticas a la familia y los valores tradicionales no pasan de ser pura demagogia.

La apelación a instituciones como la familia y la religión, así como el apego a los valores sociales tradicionales, resulta difícil de justificar en una sociedad donde imperan no solo el consumo sino la frecuente movilidad laboral, por no hablar del desempleo.

La base económica no se corresponde con una superestructura tradicional, que tanto en Burke como en otra época en EE. UU. se vinculaba fundamentalmente a una sociedad agraria. La globalización y el tradicionalismo no ligan.

Otra cuestión es que el recurrente énfasis en la familia y el individuo frente al gobierno —y en última instancia el Estado— no refleja un sentimiento humanitario y mucho menos solidario. Todo lo contrario, donde encaja mejor es dentro de una tendencia a valorar positivamente la avaricia que inició su desarrollo —como valor socialmente aceptado— durante la época de Reagan.

Los actuales debates entre derecha e izquierda, entre conservadores y progresistas, entre republicanos y demócratas se fraguaron entre 1770 y 1800. Yuval Levin, el analista político conservador, le ha dedicado un libro al tema: The Great Debate.

Levin cree que todo empezó en la pelea entre los políticos y pensadores británicos Edmund Burke y Thomas Paine, un reflejo de la tensión entre cambio y preservación del statu quo.

Burke abogaba por la cautela y el progreso paulatino. Paine, que aunque nació en Inglaterra se considera un intelectual radical y revolucionario estadounidense, se entusiasmó con la Revolución.

“Burke refleja una visión de la sociedad fundamentada en la tradición, que respeta las instituciones establecidas porque estas poseen una mayor sabiduría de la que pueda alcanzar nuestra destreza técnica”, dice Levin.

Burke expresa una tradición de la derecha, aunque políticos como el presidente Barack Obama —un político cauto y partidario de los pequeños pasos— durante su mandato se mostró partidario de esta tradición.

Sin embargo, lo que había resultado uno de los temas fundamentales en los debates presidenciales entre Obama y el aspirante presidencial republicano Mitt Romney, y que se convirtió en tema fundamental de ambas campañas, el bienestar de la clase media, quedó a un lado en buena medida durante la campaña entre Bush y Hillary Clinton, donde bipolaridad ideológica y una agenda más fundamentada en criterios típicos de una guerra cultural ocuparon el primer plano. Mientras el triunfo de Joe Biden pareció en un principio indicar una vuelta a la normalidad. La situación actual del país indica lo contrario.

Lo paradójico es que, mientras esa agenda cultural extrema ha sido derrotada en la boleta, o no ha logrado imponerse para ambos partidos en las dos últimas elecciones —no puede decirse lo mismo con respecto a la realizada tras la llegada de Trump a la Casa Blanca—, sus ramificaciones continúan monopolizando gran parte del debate político.


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