Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Fidel Castro, Cuba, Revolución

Fidel

Uno agarra la balanza y se pone a pensar que hubiera sido de Cuba sin él y sin la revolución, y va depositando tiernamente las memorias de lo que fue una juventud feliz

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Recuerdo que la primera vez que tuve conciencia de Fidel, hasta donde alcanzo a preguntarle a mi memoria. Habrá sido durante el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en 1978. Yo tendría unos 10 años y fue a raíz de aquel evento internacional en la Habana, que cantando con los chiquillos de la escuela “No hay pan, no hay pan, el pan lo recogieron pal XI Festival…”, la maestra nos llamó la atención, preocupada por la acertada pero problemática letra de la cancioncita.

Si mal no recuerdo, fue esa la primera vez que alguien mencionó su nombre y en mi mente asocié aquella deidad histórica de la que tantas veces antes había escuchado mencionar en mi casa, con su rostro de barba y su uniforme verde oliva.

Desde que yo era muy pequeño y debido al amor y el respeto con que en mi familia hablaban de él, Fidel vivía en mi imaginación como un pariente lejano pero importante, al que ni invitábamos a la casa a visitarnos ni tampoco lo íbamos a visitar, pero al que, al parecer, era alguien a quien le debíamos muchos favores.

Así lo fui conociendo, en las tantas marchas en la Plaza los primeros de mayo y en cualquier otro discurso que ameritara la concentración de masas. Me acuerdo de que me subía sobre los hombros de mi padre para ver si alcanzaba a distinguir a aquella figurita iluminada y verde que se movía indignada detrás de la tribuna, arremetiendo contra unos vecinos infernales que eran la razón misma de todas nuestras penurias.

Me recuerdo, sería yo un chiquillo, el día en que Jimmy Carter se las arregló para mandar de visita a La Habana a la otra mitad de muchas familias que vivían divididas a ambos lados del famoso Cayo Hueso, y yo salí corriendo para contarle a mi madre que venían infiltrados entre los visitantes los agentes de la CIA para intentar destruir a la revolución cubana. Ni tengo idea de a quién le había escuchado la historia. Creo que fue a la mujer del Comité de la cuadra, pero así era el nerviosismo con que se vivía en Cuba por aquella época, esperando como si fuéramos una especie de Israel del Caribe, a ser invadidos y exterminados por los yanquis del imperio, hasta que quedáramos desechos en menudos pedazos. Éramos los judíos del comunismo rodeados de enemigos, defendiendo la tierra prometida por Karl Marx.

De sus impulsos y las soluciones ideológicamente perfectas de Fidel se fue construyendo nuestro país. Dicen que lo peor que le puede pasar a un economista es ser bueno con las matemáticas, y por extensión yo le añadiría que lo peor que le puede pasar a un político es ignorarlas y pretender que una nación se puede administrar tan solo a base de consignas patrióticas y discursos enardecidos. Si alguna vez logramos algún desarrollo en cualquier cosa fue temporal y solo porque el experimento ruso le floreció entre sus manos, a cambio de una agenda militar que nos sumergió en innecesarias y sangrientas contiendas internacionalistas, que ahora todos prefieren relegar, incluso los que por aquel tiempo fueron liberados. Recuerdo, por ejemplo, la anécdota que alguien alguna vez me contó mientas trabajaba en el MINCEX que, en los buenos tiempos, para pedir un tractor ruso solo había que levantar el teléfono rojo y esperar a que entrara el próximo barco soviético al puerto.

Todo eso funcionó y muy bien, al estilo spasiva hasta el día en que los soviéticos abrieron los ojos y se dieron cuenta que ya bastante problemas tenían ellos con su propia debacle económica para también venir a ocuparse de la nuestra.

Fidel, sin embargo, al poco tiempo ya tenía preparada la próxima ficha del juego, cuando, para sorpresa del propio Hugo Chávez le mostró el plan que le tenía diseñado para investirlo presidente. El hombre era realmente un estratega brillante y un visionario.

De ser ateos y materialistas comprometidos terminamos invitando al Papa —el mismo disidente polaco que supuestamente había ayudado al oeste años atrás, a socavar los cimientos de la muralla de Berlín y derrumbar con ella todas las mentiras del campo socialista—, a que nos daría una misa al sol ardiente de la mismísima Plaza de la Revolución.

Yo soy testigo de que la secretaria del sindicato de mi trabajo nos enseñó a persignar el día antes de asistir a la misa, que tampoco fue opcional. Cuando no hubo ni sopa para comer ni luz para alumbrarse, le dimos la bienvenida a la moneda del enemigo y por extensión a sus patriotas con ella. Porque él, fuera de cualquier sorpresa, ya tenía concebidas las condiciones para que la escoria y los traidores apátridas mandaran su dinero capitalista para abastecer de divisas la economía socialista del país. Realmente genial la destreza del hombre para darle el triple salto mortal a la tortilla caliente en el aire sin que jamás se le cayera al suelo.

A veces, sin embargo, me descubro pensando si realmente debería criticar a quien al final del camino no fue más que el producto de vivir tan cerca de un vecino poderoso y de tanta avaricia.

Uno agarra la balanza de la justicia y se pone a pensar que hubiera sido de Cuba sin él y sin la revolución, y a la misma vez al otro lado de la escala, el otro yo va depositando tiernamente las memorias de lo que fue una juventud feliz, con muchas garantías que otros con más democracia que nosotros no podían ni tan siquiera darse el lujo de ponerse a considerar.

Me he sorprendido pensando que Fidel fue quizás el patriarca que se ocupó de poner orden en su casa, aun cuando para su desconcierto y sorpresa la mayoría de los hijos le salieron problemáticos y contestatarios.

A veces tampoco le perdono haber sacrificado a su propio pueblo para, parado luego sobre él, lucir su carisma irresistible y su intelecto envidiable. Le reprocho que no hubiera sido suficientemente honesto, transparente o limpio y a veces no me queda más remedio que perdonarle todos sus defectos y reconocer su valentía y su disposición a jugarse su propia vida a cambio de sus ideales y sus principios. Algunos humanos nacen con esa piel de camaleón alrededor del cerebro y se le hace luego a uno bien difícil de ponerle un color definitivo a sus ideas.

Preparándose para el final inevitable, debe de haberle dolido mucho que en sus planes inmediatos se le haya colado inesperadamente un millonario escandaloso, con espacio en su agenda internacional solo para el negocio y el nacionalismo.

El nuevo presidente electo en Estados Unidos debe de haber sido un duro golpe para él y para sus intenciones estratégicas, porque nada más lejos de lo que Cuba necesita hoy en su situación delicada, es que alguien venga a ponerle el dedo sobre la llaga de sus deficiencias democráticas y su desastrosa economía, luego de que parecía que la mandataria demócrata, con su nueva embajada y su bandera yanqui en el litoral, no tendría ninguna objeción a tolerarlas y a atenuarlas a asuntos de segunda importancia, a cambio de un intercambio comercial tímido pero respetuoso, que le permitiera a él llegar hasta el último aliento en paz.

Con la muerte de Fidel comienza para Cuba un capitulo difícil de transición a un sistema social del que nunca debió haber sido completamente ajeno. El precio a tanto tiempo sumergida en su utopía socialista está aún por ser saldado, y si su líder histórico tuvo alguna vez la intención de prepararla para que disfrutara de un futuro mejor, luego de su desaparición física. No hay ninguna prueba de ello, en mi opinión. Toda su parafernalia política muere o se extingue en la nueva realidad de mercado, como una flor sin su dueño, y el dinero vuelve a imponer sus reglas y a regular la sociedad como si estuviéramos arribando a la mañana del último día de 1958.

Ojalá y de todo lo que hemos vivido al menos quede lo bueno, la manera, por ejemplo, en que aprendimos a pensar como un país independiente, pero no me siento muy optimista.

Nos podríamos considerar afortunados si a cambio ganamos al final una democracia limpia y honesta, dispuesta a respetar y a servir al pueblo que la elija. Una prensa libre que se anime a criticar y a cuestionarse el discurso oficial sin temor a represalias, una economía que no sea secreta y que le dé oportunidad a cada cual a ganarse un salario digno sin necesidad de inventar. Pero los cambios son siempre problemáticos y las condiciones en que queda el país luego de 60 años de revolución no son las más óptimas y al él lo juzgo responsable.

Lo voy a extrañar, por su valentía y una lucidez de genio. Porque me convenció de que la Isla era un punto minúsculo debajo del dedo de sus ambiciones. Hoy ha muerto Fidel Castro, el ídolo que mis padres pretendieron que yo imitara alguna vez, vaya desilusión. Hoy todo comienza de nuevo porque, querámoslo o no, él fue de alguna manera todo lo que fuimos. Hoy Fidel ha muerto y como dice mi amiga Helen, yo no voy a hacer fiesta, pero tampoco estoy triste.


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