Actualizado: 24/05/2018 9:18
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EEUU, México, Trump

La bandera y el muro

A Trump hay que escucharlo y leerlo en contextos temporales, compulsivos, oportunistas, y no como a un estadista consecuente con planes elaborados con arte y sagacidad

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En la frontera Ciudad Juárez-El Paso en México, en el parque El Chamizal, ondea una de las banderas más grandes que he visto.

Es una de las banderas monumentales mexicanas que se encuentran en varias partes del país. La del Chamizal ondea en un asta de cien metros de altura y mide cincuenta por treinta y dos metros, con un peso aproximado de cuatrocientos kilogramos.

“Los putos gringos se ríen de eso”, me dijo en aquella ocasión un amigo mexicano, empresario, nacido y criado en la frontera. “Aquí lo que cuenta es la lana, el negocio, y lo pinche patriota no quita la pinche hambre, cabrón”, añadió, “Y los gabachos culeros lo saben”, concluyó con una sonrisa astuta.

El patriotismo mexicano es enorme, exacerbado además por la vecindad con Estados Unidos y el papel de derrotado que con frecuencia México ha desempeñado en los conflictos entre los dos países. Casualmente, El Chamizal es una de las contadas victorias mexicanas, pues es una franja de tierra que Estados Unidos devolvió a México tras años de litigio, y que de inmediato México convirtió en un parque urbano y futuro sitio de la megabandera.

La relación de México con Estados Unidos ha sido siempre de “Te odio, mi amor”. El Estado mexicano hace sus planes pensando solo en petróleo, y mirando hacia el Norte. Los ingresos por concepto de remesas enviadas por mexicanos desde Estados Unidos superan los $25.000 millones anuales, y es posible que con el desplome del peso mexicano aumenten; la actual crisis es una oportunidad excelente para pagar deudas o comprar casas con dinero devaluado.

Pero esa sería una de las pocas ventajas del diferendo Trump-México que ha ido madurando y que ahora está en un punto álgido: Trump va a construir su muro, Peña Nieto lanza una parrafada digna, patriótica, pero poco pragmática, se interrumpe el diálogo y, además del muro, se ensancha una brecha entre los dos gobiernos.

A pesar de que México pudiera contratacar y, por ejemplo, disminuir o eliminar los controles sobre el tráfico de droga, pienso que los mexicanos tienen las de perder en este conflicto; el comercio mexicano depende en gran medida de Estados Unidos, así como sus finanzas.

Y el muro, la verdad, es lo de menos.

Ni siquiera es una afrenta a la soberanía mexicana; es una decisión, guste o no, del gobierno de Estados Unidos para tratar de controlar el ingreso de inmigrantes ilegales. Vamos: México también trata de impedir el acceso a su territorio en su frontera sur, mantiene retenes y revisiones en las vías que llevan al norte del país, y la deportación de inmigrantes ilegales de territorio mexicano es expedita.

Tampoco debe prestar demasiada atención el Gobierno mexicano a la humillante afirmación de que México va a pagar por el muro; a Trump hay que escucharlo y leerlo en contextos temporales, compulsivos, oportunistas, y no como a un estadista consecuente con planes elaborados con arte y sagacidad.

Lo que debe preocupar a Peña Nieto, en lugar del muro, es la inminente demolición del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en inglés NAFTA, y la probable fuga de la industria maquiladora, propiciada por la política proteccionista de Trump.

Lo que debe hacer el Gobierno mexicano y su presidente es buscar la manera de negociar y sobrevivir a Trump, que no es eterno, y no desperdiciar esfuerzos en hacer ondear esas enormes banderas que, si bien anuncian el orgullo de una nación, dicen poco acerca del futuro inmediato y del bienestar de los mexicanos.


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