Actualizado: 01/07/2022 16:17
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Cumbre, Cuba, Obrador

La Cumbre y el brete: más que protestar la exclusión, hay que recordar la inclusión

Que la celebración de cada Cumbre de las Américas sea motivo de más jaleo que resultados no debe sorprender a nadie

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La Cumbre de las Américas fue un invento del entonces presidente Bill Clinton, en una época de apogeo de la teoría neoliberal en Latinoamérica y cuando Washington creía que el dólar terminaría imponiéndose como moneda de uso en la región y la etapa de desacuerdos, rencillas, odios y guerrillas en su traspatio sur había quedado atrás. En la primera, no solo no se invitó al gobierno cubano, sino que se celebró en Miami. Un evento que nació con intenciones muy distintas, no solo a otro similar —la Cumbre Iberoamericana—, sino a las reuniones de la OEA.

Con el tiempo otra realidad fue imponiéndose. Llegó el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez y comenzó a influir decisivamente en la región gracias a los petrodólares. Con objetivos loables y no tan loables, los países latinoamericanos comenzaron a tener una participación más destaca y a no limitarse al papel de sucursales comerciales de Estados Unidos que pretendió Clinton.

Cuba comenzó a participar y lo que a partir de entonces empezó a cuestionarse fue el papel de Washington. Una y otra vez la prensa especuló y dedicó espacio a una especie de juego de espejos: que si aquel o aquel otro topaban en un pasillo, y si se mirarían a los ojos o se darían la mano. Pura tontería, pero ningún mandatario o canciller de EEUU se libró de ello, de Bush a Hillary Clinton.

Ante el anuncio de la cumbre a celebrar en Panamá, en abril de 2015, en el exilio se alzaron las voces de si el presidente Barack Obama debía asistir si participaba Raúl Castro. Confieso que no me vi libre de entrar en el juego y en diciembre de 2014 escribí una columna, “Una bofetada a la democracia”, en la que expresaba que Obama no debía reunirse con Castro mientras Gross estuviera preso (algo de lo cual, por otra parte, no me arrepiento).

Entró Donald Trump a la Casa Blanca y nadie en Miami alzó la voz rechazando que ambos (Trump y Castro) participaran en la cumbre de Lima en 2018. Pero también es cierto que no hubo mucho tiempo para comentarlo. Trump encontró un pretexto —plausible según sus seguidores— para no ir a un sitio al cual nunca tuvo ni el más puto interés en asistir, y más sin contar con Tillerson y Shannon en el Departamento de Estado, y decidió enviar a Pence. De esta manera, el exmandatario se convirtió en el primer presidente de EEUU en no asistir a esta reunión creada por un antecesor. Por supuesto, a nadie le importó en Miami que Pence fuera y que Raúl fuera y por supuesto no pasó nada.

En cualquier caso, supuestamente el vicepresidente de EEUU había asistido con la quimera de crear un frente latinoamericano contra Nicolás Maduro —¿quién en Latinoamérica, salvo quizá a Uribe, se le puede ocurrir crear un frente con Pence a la cabeza?—, lo que por supuesto no ocurrió.

Pero no deja de resultar curioso que durante el mandato de Trump no se invitara a Maduro a la cumbre y sí a Raúl.

Ahora al jefe de la diplomacia estadounidense para las Américas, Brian Nichols, se le ocurrió recordar que desde la primera cumbre hemisférica, la realizada en 1994 en Miami, el fortalecimiento de la democracia ha sido un tema central; lo que es una verdad a medias o una manipulación completa, porque el propósito fundamental entonces fue comercial, algo que se reiteraría en esta ciudad años después, en 2003, con una reunión del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), donde lo que abundó libremente fue el gas pimienta por parte de la policía.

Nichols recordó que en 2001 se aprobó la creación de la Carta Democrática Interamericana y que ese año, en la III Cumbre en Quebec, “los líderes de la región defendieron el estricto respeto a la democracia como condición esencial para la participación en todas las futuras cumbres”, pero se le olvidó de cuando fue Raúl Castro. Así que hay dos expresidentes estadounidenses, Obama y Trump, para los cuales la legitimidad presidencial de Raúl Castro resultaba aceptable.

Que la celebración de cada Cumbre de las Américas sea motivo de más jaleo que resultados no debe sorprender a nadie. En esta de Los Ángeles, las protestas y los resabios ante la exclusión de los gobernantes de Nicaragua, Venezuela y Cuba no detonan independencia, fortaleza y coraje por parte de los mandatarios latinoamericanos, con López Obrador al frente; más bien complacencia en lo peor e indiferencia en lo mínimo, además de una muestra poco sutil del arte descarado de irse por lo más fácil.

Como había anticipado, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador no estará en la reunión, ya que ha encontrado que esa especie de juego infantil de la silla vacía es la mejor forma de que dispone para intentar redimir un poco su izquierdismo inútil.

El juego también se ha estado practicando —con mayor o menor fortuna y pericia— por algunos otros mandatarios.

Al final, algo de ruido, pero intentado salvar el reparto de nueces, si a estas alturas hay alguna.

Laa participación de Cuba en las dos cumbres anteriores no significó aporte alguno a la democracia, a una mayor comprensión latinoamericana y estadounidense de la situación en la zona y tampoco la más ligera mejora de sus derechos humanos y ciudadanos para quienes viven en la Isla.

¿Cuándo será que, de una vez y por todas, Latinoamérica intente un reclamo democrático profundo y pase a llamar dictaduras a las que lo son, sin importar el mito ni el maltrecho historial de reivindicaciones sociales, que desaparecieron hace tiempo en lo que resta de esos regímenes?


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