Actualizado: 06/12/2021 17:08
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Marcha, Noviembre, Represión

La dureza del faraón

Los opositores, dueños de una voz cada vez más firme, han puesto en jaque al régimen sin salir de sus casas

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La mayor victoria de los que han convocado a los cubanos a salir a protestar contra la dictadura el próximo lunes, ya ha tenido lugar: la resonancia que esta convocatoria ha provocado y la reacción del régimen que no ha sido remiso en amedrentar y desacreditar a una oposición pacífica a la cual se dispone a reprimir valiéndose de sus tropas de choque.

Independientemente de lo que pueda ocurrir el día 15, la primera baza es de esa oposición, que ha conseguido que la mafia crapulosa que manda en nuestro país se asuste y reaccione «en consecuencia». Todo el barraje de dicterios y las medidas punitivas que se preparan contra los posibles manifestantes hay que apuntarlas como tantos en la tablilla de los que todavía no han puesto un pie en la calle, al tiempo que cubren de vergüenza a unos matones de pacotilla que se llaman gobierno.

Los que piensen que el 15 de noviembre habrá un desbordamiento popular que derrocará al régimen tienen una idea muy elemental de la naturaleza del totalitarismo y de la astucia de una oposición inteligente, como ha demostrado ser el grupo Archipiélago. El régimen se desmoronará, qué duda cabe. Alguna vez, la nación cubana se despojará de esta plaga (a menos que se resigne a sucumbir a ella, y los signos de los tiempos no dan indicios de esa resignación). Alguna vez la libertad ha de volver y los criminales terminarán prófugos o ajusticiados, como conviene a la asepsia pública. Pero eso es el futuro (que no sabemos aún cuánto ha de demorarse). De momento sólo tenemos un tanteo del agua. Un simple guiño que ha sobresaltado a los privilegiados, que no han perdido un segundo en salir a defender sus privilegios. ¡Peor para ellos! Confieso que a mí me gustan cuando se comportan así.

En la narración del Éxodo, el debate entre Moisés (que busca la liberación del pueblo hebreo) y el faraón (que insiste en mantenerlo en la servidumbre) se extiende en el contexto de diez plagas que asolan a Egipto. El narrador bíblico sabe que su Dios todopoderoso podría convencer en un instante a aquel rey obstinado; pero opta por explicar su obstinación como una decisión divina: «Dios endurecía el corazón del faraón» a fin de tener un pretexto para enviar otra plaga, que siempre es peor que la anterior, hasta la noche terrible de la muerte de los primogénitos. De este antecedente puede derivarse el dicho de que «Dios confunde a los que quiere perder».

En Cuba estamos, pues, al comienzo de un duelo en que los contendientes apenas presentan credenciales. Los opositores, dueños de una voz cada vez más firme, han puesto en jaque al régimen sin salir de sus casas: lo han instado a recurrir a sus bravatas, a su lenguaje de burdel, a sus acciones miserables y tontas. Han revelado su carácter bestial y depravado. Haber logrado eso constituye un éxito extraordinario. Nada tendría que ocurrir el próximo lunes para acentuar la humillación de un poder ilegítimo. Él solo se ha desenmascarado. Todo un pueblo ha podido ver claramente la fisonomía de sus opresores.

Quedan por delante muchas acciones y muchas represiones, sin excluir las víctimas fatales. Ha sido así casi siempre en la historia. No tendríamos que confiar en ser las excepciones. Apostemos más bien a que los déspotas resistirán y a que el pueblo de Cuba —consciente de su responsabilidad y de su soledad— tendrá que ir pujando con creciente firmeza para desalojarlos del poder. Este 15 de noviembre es el segundo acto (el 11 de julio fue el primero) de una ineludible batalla por la libertad. Hay que confiar en ella.


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