Actualizado: 18/06/2024 0:16
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La isla del doctor Madoff

El embargo no ha fracasado en cambiar la situación en Cuba, puesto que su razón nunca ha sido el cambio.

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La nueva administración norteamericana se ha enfrascado en una revisión profunda de su política hacia La Habana. El presidente Barack Obama eliminó las restricciones de las visitas familiares y de los envíos de remesas. Además, un grupo de senadores ha propuesto que se permita a los ciudadanos norteamericanos viajar a Cuba sin necesidad de permiso.

El mismo embargo —ese emblema de la política norteamericana hacia Cuba durante las últimas cinco décadas— podría estar en juego. La meta de los reformistas en el Congreso, según lo ha expresado la Cámara de Comercio de Estados Unidos, es "el libre comercio, el libre movimiento de las personas y el mercado libre" entre Estados Unidos y Cuba.

Según esta manera de pensar, el embargo habría fallado en promover un cambio definitivo en la realidad cubana. Y el consenso, tocante a este punto, es realmente sobrecogedor. Coinciden en ello los demócratas y los republicanos, los izquierdistas y los derechistas, los castristas y los anticastristas: en fin, los pueblos de todas las naciones. Pero, ¿qué nos dice la Historia?

Cuando Fidel Castro tomó el poder en enero de 1959 —en realidad, aun antes de tomarlo—, su primera política fue la "expropiación" o "nacionalización", dos términos que designaban, eufemísticamente, el robo autorizado de la propiedad privada.

Entre las compañías norteamericanas "expropiadas" o robadas por el régimen de Castro, entre 1959 y 1960, estaban Nicaro Nickel, Woolworth, Sears Roebuck, General Electric, Westinghouse, International Harvester, Remington Rand, Coca Cola, Hilton —entre otros hoteles—, además de varias empresas de seguros. De acuerdo con el historiador Hugh Thomas, "todos los grandes nombres del capitalismo trasnacional americano fueron acorralados, y casi sin chistar".

Una declaración de no-intervención

Las propiedades norteamericanas que el régimen castrista se robó estaban valoradas entonces en más de mil millones de dólares. En 1960, esta era una cifra cuantiosa.

La respuesta norteamericana consistió en la imposición de un embargo que interrumpía todo comercio con la Isla. El propósito explícito de tal medida era prevenir cualquier daño ulterior a los intereses norteamericanos. Originalmente, la idea de cambiar la sociedad cubana, o la de alentar la democracia y los derechos humanos, no formaban parte de la medida.

En otras palabras: el embargo no ha fracasado en cambiar la situación en Cuba, puesto que su razón nunca ha sido el cambio.

Es cierto que las administraciones de Eisenhower y Kennedy sí trataron de cambiar a Cuba. Pero lo intentaron por otros medios, por otras iniciativas —una política de guerra que incluyó la invasión de Bahía de Cochinos y las acciones encubiertas para destruir al régimen castrista.

En contraste con la política del embargo, la de guerra fue irresponsable e inútil. Llegó a su término inmediatamente después de la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962, y, desde entonces, Estados Unidos dejó de representar un peligro para el régimen de Fidel Castro. Excepto, claro, en las mentes de los jerarcas del régimen, a quienes convenía ver un agente extranjero debajo de cada cama.

Por su parte, el embargo ha permanecido durante casi 50 años, precisamente por haber sido lo contrario de una política "activista". A pesar de los esfuerzos por pintarlo como una política agresiva, el embargo es, en realidad, una pura declaración de no-intervención. El embargo, simplemente, le dice a Castro: "no vamos a comerciar contigo".

De hecho, durante las décadas que siguieron a la instauración del embargo, el régimen castrista no le puso objeciones. En esos tiempos, Cuba era una dependencia económica de la Unión Soviética, y cada año recibía miles de millones de dólares en ayuda, sólo por servir a los soviéticos de puerto de operaciones y base de espionaje en el Caribe.

Teoría del segundo divorcio

En 1989 llegó la crisis. A punto del colapso, la Unión Soviética les retiró el apoyo económico a los castristas. Cuando —por primera vez en muchas décadas— Cuba tuvo que arreglárselas sola, Castro revivió el antiguo asunto del embargo norteamericano.

Con esta actitud, Castro se comportaba como el tipo que se divorcia por segunda vez y que le va mal en la separación de bienes. Entonces decide presentarse a la puerta de la primera mujer, que había pateado treinta años antes, para reprocharle el haberlo abandonado.

¿Qué es lo que ganaría el castrismo con el levantamiento del embargo? Para decirlo en una palabra: créditos. Chorros de dinero saliendo por tuberías. Aun con el embargo, miles de millones de dólares vuelan desde Estados Unidos a Cuba, en forma de remesas familiares. Y el dinero corre desde Cuba hacia Estados Unidos, en forma de compras realizadas por las compañías de la Isla. Con la diferencia de que hoy, bajo la ley del embargo, los gobernantes cubanos tienen que pagar en efectivo —sin crédito ni financiamientos—, lo cual limita severamente el volumen del intercambio.

Una vez eliminado el embargo, La Habana y sus socios comerciales podrán financiar las transacciones comerciales con los créditos de los bancos norteamericanos y de los bancos internacionales, y el volumen de negocios entre los dos países saldrá por el techo.

¿Cómo funcionaría eso?

El régimen castrista tiene un largo récord en cuestiones de comercio exterior. Durante décadas ha mantenido relaciones comerciales con todos los países industrializados del mundo, exceptuando a Estados Unidos. Las compañías cubanas se han beneficiado en grande del financiamiento que obtienen a través de sus socios. Pero cuando los inversionistas extranjeros desembarcan en Cuba, se encuentran con un terreno desnivelado.

La empresa privada no existe en la Isla. El gobierno es el dueño de todas las compañías y controla cada aspecto del comercio. Cambia las reglas cuando le da la gana, y cree, doctrinariamente, que sus propios intereses preceden cualquier otra ley, incluidas las del intercambio comercial.

El balance comercial ha sido extremadamente desfavorable para los que hacen negocios con los cubanos, pues casi todos han sufrido pérdidas masivas. Cuba tiene hoy un expediente crediticio basura, y toma prestado a un interés del 22%. Su economía está ranqueada como una de las más riesgosas del mundo, y su deuda externa asciende a los 30.000 millones de dólares. La política mercantil castrista no ha añadido ni un ápice a la libertad ni a la prosperidad del pueblo: sólo ha producido riquezas para el club de los mandamases.

Barrera contra el riesgo

En términos contemporáneos, podría decirse que Cuba es el Bernie Madoff de las naciones.

¿Qué pasaría si se levanta el embargo? La experiencia nos permite una visión clara. Los bancos norteamericanos, así como los contribuyentes, estarían arriesgando una destrucción de activos semejante a la que sufrieron los europeos, los asiáticos y los israelitas. En una palabra, serían "madofficados".

Desde esta perspectiva, veríamos que el embargo ha funcionado como una especie de barrera contra el riesgo de pérdidas masivas de los norteamericanos. De hecho, uno podría apreciar el embargo como una política singularmente efectiva, que sacó conclusiones válidas de las experiencias pasadas —el robo de recursos y de inversiones extranjeras por parte de Castro— y que proveyó un remedio duradero.

¿Bajo qué condiciones debería Estados Unidos levantar el embargo? En lo que respecta a los viajes a Cuba, somos una sociedad libre, y las sociedades libres funcionan mejor cuando dejan que sus ciudadanos decidan. Pero una avalancha de inversiones y comercio a gran escala exige regulaciones cuidadosamente calibradas.

La idea de levantar el embargo a cambio de concesiones en el terreno de los derechos humanos y las libertades políticas, me parece insensata. El embargo debería ser derogado sólo cuando las empresas norteamericanas estén seguras de encontrar allí un clima favorable al florecimiento de sus inversiones. Ese tipo de cambio es mucho más fundamental que cualquier gesto político por parte de La Habana.

Durante décadas, desde la caída de la Unión Soviética, tanto individuos como compañías han visto en Cuba una oportunidad inminente, un lugar donde sería bueno tener puesto un pie. Pero ese razonamiento es igualmente peligroso, pues lo más probable es que las deudas en que incurra el régimen de Raúl Castro serán repudiadas por un futuro régimen democrático.

De manera que, la mejor idea para invertir en el futuro de Cuba es esperar a que ese futuro se haga visible. Las personas que tienen un interés especial en el país —como los cubanoamericanos— podrían dar pasos constructivos aun en las presentes circunstancias, pero la razón para levantar el embargo debería ser siempre el advenimiento de la libre empresa en Cuba.


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