Actualizado: 05/06/2020 14:47
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La liberación de los presos políticos cubanos

La alta jerarquía de la Iglesia católica cubana ha salido reivindicada como un actor negociador, y fortalecida su imagen en la opinión pública nacional e internacional

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El acuerdo alcanzado para la liberación de los prisioneros políticos que fueron detenidos en 2003 es una acción de la que debemos regocijarnos todos y no solo por el hecho en sí mismo, sino porque se dio como resultado de un diálogo entre un actor social y el gobierno. Sin embargo, antes de tratar de extrapolar conclusiones de este suceso, sobre todo aquellas que pueden señalar de que es un signo de voluntad de cambio por parte del régimen, debemos analizar las circunstancias en que se tomó la decisión.

La misma se logró como resultado de las fuertes presiones que se generaron contra el gobierno cubano por el fallecimiento en prisión del disidente Orlando Zapata, debido a una huelga de hambre en protesta por las condiciones carcelarias en que se tenían a los presos políticos, el tratamiento dado por el gobierno cubano a las manifestaciones de protesta de los disidentes en la isla, en particular Las Damas de Blanco y el deterioro de la salud, con amenaza de muerte, de Guillermo Fariñas, que estuvo en huelga de hambre por 135 días. Estos sucesos generaron diversas expresiones de condena y preocupación provenientes de los más variados sectores ideológicos y políticos que provocaron una de las mayores crisis de imagen exterior del régimen cubano en su historia.

Cuba pudiera haber liberado estos presos desde mucho antes de una forma voluntaria y así haber dado una muestra fehaciente de voluntad de cambio, sin embargo, no lo hizo. Debilitado económica e ideológicamente, el gobierno no podía darse el lujo de tener en su haber otro fallecimiento por las mismas razones, por lo que no tuvo más salida que hacer las concesiones esperadas.

La alta jerarquía de la Iglesia católica cubana ha salido de todo este proceso reivindicada como un actor negociador y por lo tanto fortalecida su imagen en la opinión pública nacional e internacional. Cuando el gobierno se acercó a la Iglesia católica para comenzar el diálogo estaba reconociendo (quizás sin proponérselo) a un sector que poco a poco ha ido ganando espacios en la sociedad cubana. Para nadie es un secreto que a raíz de la crisis económica e ideológica en que ha caído la Revolución desde los años 90 los templos católicos han ido recibiendo cada vez más oídos que quieren escuchar un mensaje diferente y que desean encontrar otro referente espiritual.

El papel de España no se puede dejar de pasar por alto. Empeñada en refrendar su política de diálogo con el gobierno de la isla, en contra de la posición común europea, había quedado mal parada a raíz de la muerte de Zapata. Paciente y tenaz, entró de nuevo a jugar en un momento decisivo para evitarle al gobierno cubano un nuevo descalabro, que hubiera constituido otra bofetada a la política española anti aislacionista. En mi opinión, con estas acciones España está dejando claro que quiere jugar un papel en el futuro de Cuba, papel que ya ha estado cimentando a partir de la notable presencia económica de sus empresas en suelo cubano.

Con el acuerdo, Cuba logró desactivar una crisis de imagen y de política exterior y con ello obtuvo un respiro en su atribulada situación. Posiblemente su decisión de liberar a los presos políticos le ofrezca algunos réditos en el futuro, como la apertura de algunas ventanas de cooperación en Europa Occidental y la creación de un ambiente propiciatorio para una política más abierta hacia la Isla por parte de Estados Unidos, en la que uno de los primeros pasos pudiera ser la conversión en ley del proyecto que trata de eliminar las restricciones de los viajes de norteamericanos y dar mayores facilidades para la exportación de productos agropecuarios a la isla. Pero aun queda un asunto espinoso de carácter coyuntural por resolver y es la detención del contratista norteamericano, detenido desde finales de 2009, y contra el cual las autoridades cubanas aun no le ha formulado ningún cargo.



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