Actualizado: 20/10/2021 13:39
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UE, Libia, Revueltas, EEUU

La primavera árabe y la nueva geopolítica

Lo que se ve como debilidad de liderazgo estadounidense podría verse también como pragmatismo de realpolitik: ¿por qué involucrase hasta el final en una guerra que “es” y debe ser de los europeos?

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“Yankis, go home, pero no tan pronto”

El descontento en el mundo árabe, que ya expulsó dos tiranos y en estos momentos tiene a tres más en jaque —Libia, Yemen y Siria— así como a monarcas atrapados en el tiempo y el inmovilismo sin encontrar respuesta a aspiraciones populares en Marruecos, Baréin y Jordania, da paso también a una nueva geopolítica del siglo XXI.

Por muchos años Europa mostraba claramente su orgullo y aspiraba a su “independencia” frente a Estados Unidos, sentimiento que se reforzó mucho más con la Unión Europea y la sensación de verse de tú a tú con Norteamérica.

Sin embargo, bastó la primera prueba contundente en Libia, para que salgan a la luz incómodas verdades para europeístas furibundos: no es amenaza importante para Estados Unidos, sino para Europa, que depende del petróleo y el gas libios. Y pateras con “millones de negros” inmigrantes —como dice Gadafi— no atravesarán el Atlántico para arribar a Florida, Carolina del Norte o Delaware, sino el Mediterráneo, para arribar a las costas italianas, francesas, griegas y españolas.

Estados Unidos ha participado en la coalición anti-Gadafi manifestando desde el primer momento su interés en hacerlo de manera discreta en las acciones militares, aportando su aplastante superioridad tecnológica militar, pero a la vez dejando claro que corresponde a Europa y la OTAN asumir el liderazgo de la coalición y aportar recursos fundamentales para el éxito militar y político de las operaciones.

¡Sorpresa! Cuando “los yankis” quieren “go home” sin que nadie se los diga, porque les basta con guerras en Irak y Afganistán, los europeos comienzan a darse cuenta que ellos solos —a pesar de su cultura, su riqueza, sus instituciones democráticas, y sus ciudades de más de dos mil años— no están listos para cumplir la tarea.

Demasiado tiempo con el “no a la guerra” y la reducción de presupuestos militares y fuerzas armadas —políticas no intrínsicamente absurdas per se ni mucho menos—, más los intentos de apaciguar tiranos del tercer mundo, les han puesto en una situación donde, solos, no están en condiciones de aplicar la “no-fly zone”, proteger a los civiles libios de las masacres de Gadafi o cumplir el mandato de la Resolución de Naciones Unidas, como quiera que éste se interprete. No bastan los aviones, barcos, y sistemas de apoyo europeos para cumplir esas tareas.

Europa ha necesitado más de una semana para ponerse de acuerdo en asumir el comando de las operaciones militares en Libia, aplicar la zona de exclusión aérea, organizar el bloqueo naval para impedir la entrada de armamento a Gadafi, y al mismo tiempo golpear sus instalaciones militares en tierra. Si en vez de una sublevación en Libia hubiera sido una invasión soviética, ya los tanques del Ejército Rojo estarían a orillas del Atlántico, y sus soldados disfrutando la primavera en Lisboa, comprando baratijas: Abril en Portugal.

Europa lo hizo, o lo tuvo que hacer, más que por iniciativa propia (que sería resultado lógico de su orgullo “independiente”) cuando se convenció que EEUU estaba dispuesto a participar y colaborar, pero no a hacerse cargo de la operación, que al fin y al cabo no es ni interés ni amenaza estratégica para ese país.

Lo que se ve como debilidad de liderazgo estadounidense podría verse también como pragmatismo de realpolitik: ¿por qué involucrase hasta el final en una guerra que “es” y debe ser de los europeos? ¿Se involucrarían hasta el final esos europeos si el problema se presenta en Baréin o Arabia Saudita, como ya comienza a perfilarse? En Túnez y Egipto el entusiasmo de los Gobiernos europeos no abundó como hubiera sido de esperar.

El aporte de Estados Unidos no ha sido despreciable a la colación anti-Gadafi, aunque Fidel Castro y Hugo Chávez la denominan como anti-Libia: sofisticada información de inteligencia satelital y electrónica, andanadas de misiles Tomahawk hasta un total de 200, a los que se les puede calcular conservadoramente un costo de un millón de dólares cada uno, submarinos, barcos, modernísimos aviones de combate con centenares de misiones realizadas, abastecimientos militares de todo tipo, aviones para la evacuación de personal, congelamiento de cuentas y activos de la dictadura, presiones diplomáticas.

No es que Europa se haya portado miserable, sino que no tiene realmente los recursos militares y económicos necesarios para cumplir con la tarea. Necesita, además, adoptar decisiones por consenso, en un grupo donde Turquía, país musulmán, no quiere ver a la OTAN en una guerra contra musulmanes, lo que es comprensible; pero donde Alemania se desentiende de las obligaciones que le corresponderían como “locomotora europea” y decide mirar hacia otro lado cuando despegan los aviones aliados de combate; e Italia, comprometida hasta el tuétano con Gadafi, se debate entre sus obligaciones democráticas y sus intereses y aprietos con el dictador.

Los golpes aéreos de la coalición con bombas inteligentes han destruido o degradado los recursos militares de la dictadura y salvaron miles de vidas en ciudades; todavía están por verse evidencias de las “casas, hospitales” y víctimas civiles que según Hugo Chávez y Gadafi habrían provocado los bombardeos: los intentos mediáticos del régimen libio en este sentido resultaron una payasada.

En estos momentos se produce la retirada de las tropas de la dictadura hacia Sirte, cuna del tirano, y Trípoli, el último y principal bastión. No está del todo claro por qué esas columnas a la desbandada por la costera “carretera de la muerte” no son golpeadas por la aviación para dificultar que refuercen los últimos reductos de Gadafi, pero podría ser por insuficiente coordinación de los aliados o por escasez de medios aéreos de combate.

La OTAN no debe equivocarse: los rebeldes libios no atacan a las tropas de Gadafi, sino ocupan ciudades que estas abandonan para concentrarse en Trípoli, porque los rebeldes no tienen recursos, organización ni entrenamiento para una ofensiva en regla. Un exceso de optimismo podría provocar resultados desastrosos.

Europa debe aprender la lección: “Yankis, go home, pero no tan pronto”, porque el Viejo Continente por sí solo no puede resolver el problema. Las glorias pasadas de los imperios europeos no bastan en un mundo informatizado y globalizado, y solamente con Twitter y Facebook no se derrocan tiranos criminales.

Porque, aunque a muchos “compañeros” no les guste, es imposible actuar globalmente sin ponerse de acuerdo con la única superpotencia que existe en estos momentos.


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