Actualizado: 09/12/2019 13:16
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La saga del Castro muriente

A estas alturas de la historia, poco o nada significa que el anciano aparezca en diálogo consigo mismo en la televisión o la prensa escrita.

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La más reciente aparición de Fidel Castro en la televisión, en una entrevista concedida a su fiel Randy Alonso, coordinador de la Mesa Redonda, ha sido presentada en los medios de difusión como un logro más —prácticamente el único que supervive— de la antes radiante y gloriosa revolución.

A decir verdad, a estas alturas del inicio de la saga del Castro muriente, que comenzó públicamente con la proclama del 31 de julio de 2006, poco o nada significa que el anciano aparezca en diálogo consigo mismo (aunque digan que es con Randy, quien aparece en su perpetua pose de adoración frente al orate) en la televisión o la prensa escrita.

Ni la entrevista, editada cuidadosamente entre un vahído y otro, o entre disparates demasiado exagerados para ser divulgados por los medios; ni la afectada solidez de su postura en la imagen de primera plana del diario Juventud Rebelde en su edición del domingo 23 de septiembre, y de Granma, el lunes 24, parado presumiblemente sobre sus pies y saludando a ese otro dictador vitalicio, el presidente de Angola, demuestran que goce de salud o represente algo en los destinos de la Isla.

De hecho, casi ninguna de las personas que se mueven a diario por las calles se han molestado siquiera en comentar su súbita aparición televisiva. En los últimos tiempos, la existencia o no de Castro constituye objeto de interés más para la diáspora que para la gente de la Isla, lo cual no es casual y merecería un análisis aparte.

Llama poderosamente la atención, en medio del acostumbrado despliegue divulgativo en torno al espectro presidencial, la desafortunada caricatura que Juventud Rebelde publicara en su sección La opinión gráfica: Fidel Castro se proyecta desde un televisor colocado sobre Cuba (palma real y banderita incluidas) hacia un personaje situado en Miami. A la vez que parece empujar la silla sobre la que el miamense está sentado, el castrito del dibujo le dice: "¡Estoy aquí!"; y el sujeto se cae hacia atrás.

No entiendo qué se propuso comunicar el caricaturista. Si esto es opinión gráfica, mi interpretación de la "obra" es la siguiente: 1) La presencia de Castro sólo es posible y limitada a alguna esporádica presentación en televisión, entre una crisis de salud y otra; 2) Dicha intervención estuvo dedicada a los cubanos de Miami (a los que el mandatario otorga especial atención, aunque sea en el peor sentido), no a quienes residen en la Isla; y 3) El triunfalismo de exhibir la supervivencia de Castro como una victoria de la revolución frente a los "enemigos" de Miami, obligará de manera eventual a aceptar su muerte como una derrota de la misma y de sus seguidores. En esta caricatura está implícita la derrota de la revolución tras la muerte, más o menos cercana, de Castro.

Si se trata de la iconografía para representar la firmeza y permanencia de la revolución y de su imbatible líder, al régimen le quedan sólo dos caminos: muestran una imagen más creíble de la capacidad de dirigir del adalid, o buscan a un caricaturista más convincente.


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