Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Las puertas se cierran a las cinco

Un testimonio sobre el entierro de los jóvenes asesinados en Humbolt 7, tras la matanza ocurrida el 20 de abril de 1957

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Nos despedimos. Primero en la sala del apartamento y luego en la escalera. Aquel muchacho que había convivido durante tres o cuatro días conmigo, y con el cual apenas había hablado unas cuantas palabras ―ya que su novia estaba todo el tiempo pendiente de él―, era muy delgado, de baja estatura, piel extremadamente blanca para Cuba, pelo negro lacio y ojos almendrados oscuros.

Volvimos a abrazarnos con un cariño singular, quizá presintiendo que no volveríamos a vernos nunca más.

Dos hombres que iban a ser muy importantes en mi vida. Tanto que nunca he podido olvidarlos. Joe Westbrook era uno de ellos, y acababa de irse de mi casa rumbo a Humboldt 7.

Fue el primero en marcharse.

El otro era Carlos ''El Chino'' Figueredo, su primo, y se quedó por varios días más.

Al lado del edificio donde estaba el apartamento en que yo vivía ―y que les sirvió de refugio a ambos durante varios días, tras el asalto a la estación Radio Reloj y al palacio presidencial, el 13 de marzo de 1957― estaba la residencia de un oficial importante de la policía batistiana.

Era el coronel Oscar González y Fulgencio Batista lo había visitado recientemente. Aquel día, Alberto Mora, que por entonces estaba escondido en el apartamento de mi cuñado, Guillermo Cabrera Infante, quería matar a Batista, ya que lo tenía ―como dijo él entonces― "a la mano". No lo hizo, porque pensó que aun si lograba acabar con Batista ―algo que tampoco era seguro, porque contaba sólo con una pistola―, era inevitable que ocurriera un tiroteo y posiblemente la policía iba a terminar asesinando toda la familia de quien le había dado albergue. Sin saberlo nunca, el dictador cubano sobrevivió dos años en el poder y muchos más en el exilio y la historia de Cuba siguió otro curso.

Esto ocurrió antes del 13 de marzo. Para esa fecha, ya Alberto Mora no estaba ahí, porque se encontraba detenido en la prisión de El Príncipe. La tarde en que asaltaron Radio Reloj ―junto a José Antonio Echeverría―, Joe y el Chino traían cada uno una pistola 45 y estaban muy nerviosos. Habían visto morir a José Antonio y la policía buscaba al resto de los asaltantes por toda La Habana, y sabían que si los encontraban también iban a matarlos a ellos o lo que era peor, a torturarlos hasta la muerte.

El Chino además estaba herido, con esquirlas de una granada incrustadas en una pierna. Habían intentado quedarse en varias casas, sin conseguirlo por una razón u otra.

A Dysis Guira ―la novia de Joe, que conocía a Guillermito y a Sabá Cabrera― se le ocurrió llevarlos a la casa de éstos. Cuando llegó Dysis, yo estaba allí. Mi apartamento se encontraba en el mismo edificio, pero en el tercer piso. Les dije que subieran, ya que mi hermana y mi cuñado tenían una niña de tres anos y conmigo estarían más seguros, lejos de la mirada de los vecinos. Todos estuvimos de acuerdo y subimos, llenos de preocupaciones.

Un mes y pico después mataron a Joe, Fructuoso Rodríguez, José Machado Rodríguez (Machadito) y Juan Pedro Carbó Serviá.

Los dos últimos le habían hecho una emboscada a Blanco Rico en el cabaret Montmartre, y matado casi a quemarropa. El gobierno de Batista quería vengar esa muerte. Ni el Chino ni Joe participaron en esa acción.

Todavía hay interrogantes sobre cómo lograron localizarlos. Se supone que fue Marcos Rodríguez (Marquitos), quien conocía a Dysis Guira, ya que estudiaban juntos en la universidad. La cuestión es que los cazaron como a perros y los mataron el 20 de abril del ese mismo año, 1957. Años más tarde, a Marquitos se le realizó un juicio en dos partes, muy sonado en La Habana, y fue fusilado un tiempo después.

Después de la matanza de Humboldt 7, se realizó el velorio de los jóvenes asesinados por Ventura y sus matones. En el velorio de Joe, su abuelo por parte madre le puso en el pecho su medalla de mambí, con la que fue enterrado.

Al siguiente día fue el entierro.

Llegamos al cementerio, mi hermana Marta, su marido, en ese momento, Guillermo Cabrera Infante, Sabá Cabrera, su madre, Zoila Infante y yo. Serían como las tres de la tarde del 21 de abril. El cementerio estaba repleto de jóvenes que gritaban "asesinos" y "libertad, libertad". Comenzamos a entrar en grupos grandes. Cada cadáver fue llevado para su panteón, seguido por un gran número de personas. A la entrada del cementerio, a mano derecha estaba ―o está, no sé― la morgue. Allí tenían a Joe, al que asesinaron vaciándole el peine de una ametralladora que casi lo partió en dos. Lo bajaron por las escaleras del edifico por las piernas, mientras su cabeza chocaba con los escalones. Guillermito entró en la morgue. Ninguna de nosotras quiso verlo.

Nos dirigimos donde iban a enterrarlo. Todo el mundo llorando, algunos gritando. De pronto, el cementerio se volvió azul marino. Las perseguidoras comenzaron a entrar y los policías a dar porrazos, sobre todo a los hombres. Cerraron las puertas y la gente comenzó a saltar las rejas por todas partes. Cada vez que algún joven saltaba, la policía la emprendía a golpes con él.

Optamos por salir por la entrada del frente, la cual tenía la puerta principal ―la grande― cerrada, y a salir de uno en fondo por otra pequeña, en la parte lateral, donde sólo cabía una persona. Se iba abandonando el lugar uno detrás del otro. Mi hermana, Zoila y yo hicimos una especie de sándwich, con Guillermito y Saba en el medio, ya que la policía cada vez que pasaba un hombre le daban golpes.

Fue una tarde que jamás olvidare. Me parece estar viendo a Marta Jiménez, la mujer de Fructuoso, sentada en una tumba con su barriga enorme ―ya que estaba en estado―, que lloraba amargamente.

Esa imagen nunca la he podido borrar a pesar del tiempo transcurrido. A veces, a lo largo de todos estos años, me he preguntado si valió la pena la muerte de tantos jóvenes.


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