Actualizado: 20/10/2017 18:43
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1960, Generaciones, Liberación

Los “sexalescentes”

Una generación que creó un movimiento artístico que aún se imita

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Tú tenías puesto precio desde ayer,
Tú valías cuatro cuños de la ley…

Cantaba con ira el Silvio aquel rebelde y honesto.

Las nuevas generaciones, incluso los no tan jóvenes como mis hijos cerca de los 40 y los 50, nos ven como vejestorios que nada saben de la nueva tecnología y que hay que tratarlos con paternalismo; para ellos somos del pasado.

Se equivocan. En primer lugar, toman como muy normal la libertad sexual, la igualdad de la mujer, la legitimidad de los gays. No saben que todo eso se lo deben a nuestra generación. Como le digo a mi hijo, que se divierte muchísimo con su excéntrica madre, si no hubiera sido por nosotros tú hubieras tenido que visitar a tu hoy esposa con una chaperona en la sala[i]…eso de vivir juntos antes de casarse hubiera sido un escándalo y un estigma social.

En los países occidentales surgió el movimiento hippie, de una ingenuidad y falta de viabilidad suprema, ¡pero lograron poner patas arriba los valores tradicionales para siempre! Sí, ahora sabemos que aquellas comunas de marihuana, LSD y no muy capaces de producir bienes para el autoabastecimiento no tenían futuro. No obstante, asustaron a los gobiernos; en Estados Unidos el FBI los seguía muy de cerca; en la Francia de “Prohibido prohibir” la cosa fue de revueltas sofocadas por los militares; y aquella matanza de tanta sangre joven derramada, Tlatelolco “no se olvida”, como dicen los mexicanos.

Las muchachas se ponían coronas de flores como hadas de un bosque sicodélico y se sentían en el soberano derecho (lo tenemos) de mostrar sus senos. ¿Por qué no? El patriarcado determinó qué podían mostrar las mujeres o no, y en muchas partes del globo las mujeres solo se cubren de la cintura para abajo. Los muchachos volvieron al varonil cabello largo de remotas épocas y de jeans tan apretados que se tenían que echar talco en las piernas para que les cupieran.

Como todo movimiento incipiente, llegaba a los extremos; las mujeres no querían aceptar la caballerosidad masculina de abrirles una puerta o levantarse si una dama se iba a sentar; aquella inocente promiscuidad (que nada tenía que ver con la perniciosa pornografía o los bien pervertidos ménage a trois) era insostenible a la larga; la familia ha sido, es y será la principal célula de cualquier sociedad sana. Las drogas al por mayor matan. Todavía hay en Berkeley algunos que no se han enterado que los 70 pasaron y andan tirados en la calle con los cerebros fritos.

Esta generación creó también un movimiento artístico que aún se imita.

En Cuba no y sí. Sucede que trascurría lo que algunos llaman la “década gris”; no sé por qué así la llaman ya que todavía no he visto una década de arcoíris, y se actuó como en la simpática comedia de Ugo Tognazzi Vogliamo i coronelli que no sé cómo se exhibió en Cuba; se cazaban a “los peludos”[ii], a los homosexuales los mandaban a trabajos forzados en la UMAP y las canciones de la época, los pantalones apretados en los hombres y la minifalda eran tendencias “extranjerizantes”. Con las minis no se ensañaron tanto, quizás por escasez, y las muchachas sí podíamos usarlas y llevar las blusas sin sostén (que no había). La única droga, que yo conozca era la marihuana; en mi mundo solo conozco dos o tres personas que no la usaron, entre ellas una servidora, no por pazguata sino porque no me interesaba en lo absoluto. La Nueva Trova le metía a la dos manos, con las únicas excepciones, que yo conozca, de Pedro Luis (lo suyo era el café y las mujeres) y Vicente Feliú.

Pero las chicas tuvimos un campo de batalla bien fuerte; nuestros padres que aún seguían pensando que el himen era un tesoro guardado para el matrimonio legal, y algunos, no los míos, de minifalda nada. Ganamos la batalla, aunque fuera jugando cabeza.

En esta historia Cuba y EEUU confluyeron de la manera más hilarante. Aquellas americanas y aquellos americanos que se creían, y se creen, que la Cuba de Castro es un jueguito de lo más entretenido y exótico iban a la Isla con todas sus ínfulas hippies; terminaban en una estación de policía por la mariguana; les decían botija verde a los muchachos que por caballerosidad querían llevarles los bultos en una guagua abarrotada y armaban las de San Quintín. En un trabajo productivo de la Escuela de Letras los hombres iban a “cortar caña” (el corte de caña manual es un arte y aquellos muchachos tenían, por lo tanto, una productividad de -567354); las muchachas apilábamos la caña. Las americanas que había allí, en su mayoría profesoras, querían hacer “trabaja de hombra”, OK, vete a cortar caña si te da la gana, pero ahí no acababa la cosa, sin camisa como los hombras. Una de las chivatas mayores del campamento me pidió que les explicara que eso no se veía en Cuba y traería mil problemas.

—Eso se lo explicas tú; yo soy soldado raso; si quieres te traduzco.

Nos fueron cayendo los años, todavía muchos no hemos entendido cómo es que tenemos canas y años, pero no envejecimos. La generación nuestra no solo borró tabúes, sino que nos negamos a envejecer.[iii]

Así, que, gente de pocos años, no solo, a diferencia de lo que creen los más jóvenes, estamos en la ultimilla en eso de la tecnología, aunque sea para un extraño sucedido que se ha dado en llamar “Cazar pokemones”; los entendemos porque el no envejecer implica estar abierto sin anquilosarse a las ideas de las nuevas generaciones; disfrutamos sin envidia su radiante juventud.

Nos deben un legado. Cuando vivan sin casarse, escuchen rock, salgan del closet si son gays, se pongan una minifalda sin que nadie se escandalice, eso se lo deben a estos que ustedes creen vejetes… muy pronto el rock inundará los nursing homes.


LA SEXALESCENCIA

Si miramos con cuidado podemos detectar la aparición de una franja social que antes no existía: la gente que hoy tiene alrededor de sesenta/setenta años.

LA SEXALESCENCIA. Es una generación que ha echado fuera del idioma la palabra “sexagenario”, porque sencillamente no tiene entre sus planes actuales el hecho de envejecer. Se trata de una verdadera novedad demográfica parecida a la aparición en su momento, de la “adolescencia”, que también fue una franja social nueva que surgió a mediados del S. XX para dar identidad a una masa de niños desbordados, en cuerpos creciditos, que no sabían hasta entonces dónde meterse, ni cómo vestirse.

Este nuevo grupo humano que hoy ronda los sesenta o setenta, ha llevado una vida razonablemente satisfactoria. Son hombres y mujeres independientes que trabajan desde hace mucho tiempo y han logrado cambiar el significado tétrico que tanta literatura le dio durante décadas al concepto del trabajo.

Lejos de las tristes y agobiantes oficinas, esta gente buscó y encontró hace mucho la actividad que más le gustaba y se ganó la vida con eso. Supuestamente debe de ser por esto que se sienten plenos… y algunos ni sueñan con jubilarse.

Los que ya se han jubilado disfrutan con plenitud de cada uno de sus días sin temores al ocio o a la soledad, crecen desde adentro en uno y en la otra. Disfrutan de la “vida”, porque después de años de trabajo, crianza de hijos, carencias, desvelos y sucesos fortuitos bien vale mirar el mar con la mente vacía o ver volar una paloma desde su ventana.

Dentro de ese universo de personas saludables, curiosas y activas, la mujer tiene un papel rutilante. Ella trae décadas de experiencia de hacer su voluntad, cuando sus madres sólo podían obedecer y de ocupar lugares en la sociedad que sus madres ni habrían soñado con ocupar.

Esta mujer sexalescente pudo sobrevivir a la borrachera de poder que le dio el feminismo de los 60, en aquellos momentos de su juventud en los que los cambios eran tantos, pudo detenerse a reflexionar qué quería en realidad.

Algunas se fueron a vivir solas, otras estudiaron carreras que siempre habían sido exclusivamente masculinas, otras eligieron tener hijos, otras eligieron no tenerlos, fueron periodistas, atletas o crearon su propio “YO, S.A.”. Pero cada una hizo su voluntad.

Reconozcamos que no fue un asunto fácil y todavía lo van diseñando cotidianamente.

Pero algunas cosas ya pueden darse por sabidas, por ejemplo que no son personas detenidas en el tiempo; la gente de “sesenta o setenta”, hombres y mujeres, maneja la computadora como si lo hubiera hecho toda la vida.

Se escriben, y se ven, con los hijos que están lejos y hasta se olvidan del viejo teléfono para contactar a sus amigos y les escriben un e-mail con sus ideas y vivencias. Por lo general están satisfechos de su estado civil y si no lo están, NO se conforman y procuran de YA cambiarlo.

Raramente se deshacen en un llanto sentimental. Tienen más conciencia de disfrutar plenamente todo . A diferencia de los jóvenes; los sexalescentes conocen y ponderan todos los riesgos. Nadie se pone a llorar cuando pierde: sólo reflexiona, toma nota, a lo sumo… y a otra cosa.

La gente mayor comparte la devoción por la juventud y sus formas superlativas, casi insolentes de belleza, pero no se sienten en retirada. Compiten de otra forma, cultivan su propio estilo…

Ellos, los varones no envidian la apariencia de jóvenes astros del deporte, o de los que lucen un traje Armani, ni ellas, las mujeres, sueñan con tener la figura estilizada de una vedette. En lugar de eso saben de la importancia de una mirada cómplice, de una frase inteligente o de una sonrisa iluminada por la experiencia.

Hoy la gente de 60 o 70, como es su costumbre, está estrenando una edad que todavía NO TIENE NOMBRE, antes los de esa edad eran viejos y hoy ya no lo son, hoy están plenos físicamente (con sus dignos achaques) e intelectualmente, recuerdan la juventud, pero sin nostalgias, porque la juventud también está llena de caídas y nostalgias y ellos lo saben.

La gente de 60 y 70 de hoy, celebra el sol cada mañana y sonríe para sí misma muy a menudo… Quizás, por alguna razón secreta que solo saben y sabrán los del siglo XXI.


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