Actualizado: 20/09/2021 9:45
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Huber Matos, Represión, Fidel Castro

Matos y el truquito del comunismo

El juicio contra Huber Matos revela también que Castro fundó una república tal y como se manda un campamento

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El finado ex comandante Huber(t) Matos fue juzgado por sedición, pero el testigo de cargo Fidel Castro puso el dedo en la llaga del juicio: “Debemos agarrar por los cuernos aquí el truquito del comunismo.”

Según Castro, tachar a su revolución de comunista era un truquito inventando por Batista. En esto coincidía hasta la embajada americana. Su consejero Lincoln V. Chapin reportó que el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) presentaba sin mucho seso a Castro como “Rojo” (Memo de diciembre 20, 1955).

En el juicio a Matos, Castro explicó también por qué gente de su propia bandería recurría al mismo truquito: “Cuando la revolución [triunfó] no había nadie que no dijera: ‘Gracias Fidel’. [Yo] me sonreía [porque] no me cabía en la cabeza [y] lo había dicho hacía varios años, que una revolución no puede estar bien con todos”.

Por ironía histórica, Castro usaría el truquito del comunismo para quedar bien consigo mismo al imponer su voluntad de poder. Enseguida vendrían la tesis de la revolución traicionada y otras que cortan fases y hasta dos revoluciones, pero ya lo decía Martí: “Una rivalidad entre dos caudillos crea dos sistemas políticos diversos. ¡Y cómo llueven las razones para apoyar aquellos sistemas recién creados! ¡El celo, y el temor de verse por encima al rival, cuán elocuentes”.

Esta clave interpretativa puede aplicarse a la rivalidad entre Castro y EEUU El juicio contra Matos revela también que Castro fundó una república tal y como se manda un campamento.

Para llegar a orígenes

Castro refirió en el juicio a Matos que, del Ejército Rebelde [ER], “el primero que nos acusó de comunistas” fue el capitán Francisco Rodríguez Tamayo, alias El Mexicano, alias Panchita Jabón Candado, quien el 25 de junio de 1959 declaró también a El Diario de Nueva York que Castro se había quedado con 4,5 millones de pesos recaudados por el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7).

Esta acusación pasó de largo por la humildad de su origen, como ya había pasado con el barbero Eduardo Montano, asaltante del Moncada, quien no se integró al MR-26-7 tras la amnistía (1955) porque advirtió en el presidio de Isla de Pinos que Castro seguía “la táctica de los comunistas viejos”.

Quien vino a sonar antes que Matos fue otro comandante: Pedro Luis Díaz Lanz, jefe de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias y biznieto de Martí. Sin haber sido interrogado por ninguna agencia de la inteligencia estadounidense, Díaz Lanz compareció el 14 de julio de 1959 ante un comité senatorial y dijo haber desertado del ER porque Castro brought Communists to my country.

Así resulta que Matos y otros antes que él tenían razón de antemano frente a la tarea de propaganda ya cincuentona que planteó el asesor de la Casa Blanca Arthur Schelesinger: “We must refute the notion that American policy drove Castro intro the arms of the URSS.” Schelesinger exigió mostrar que el compromiso de Castro con el comunismo precedía a las represalias de Washington y sugirió como hito de partida el acuerdo comercial Cuba-URSS firmado el 13 de febrero de 1960 (Memo al Subcomité de Political Warfare de la Cuban Task Force, mayo 8, 1961).

Aparte de que Washington había dicho que vender azúcar a la URSS y los países europeos del bloque soviético era una decisión for Cuba alone to make (Position Paper, 15 de julio de 1952) y de que Batista había vendido cada vez más azúcar a Moscú hasta llegar a 350 mil toneladas en 1957 (New York Times, enero 8 de 1958, p. 49), Schelesinger escondió que la suerte estaba echada antes de firmarse aquel acuerdo comercial. El Inspector General de la CIA, Lyman Kirpatrick, aclaró en su informe sobre el fiasco de Bahía de Cochinos que “la historia del proyecto cubano empezó en 1959, [aunque] la adopción formal por el gobierno de EEUU acontece el 17 de marzo de 1960.”

Desde luego que por este camino de íntima complejidad discurrieron diversos puntos de vista. Por ejemplo, el jefe de la División CIA para el Hemisferio Occidental, Joseph C. King, recomendó en memo de diciembre 11 de 1959 al Director de la CIA, Allen Dulles, the elimination of Fidel Castro, ya que gente bien informada creía que the disappearance of Fidel aceleraría la caída del gobierno. Dulles corrigió de puño y letra elimination por removal from Cuba [sin precisar adónde] y disappearance por removal [sin puntualizar cómo].

La estación CIA en La Habana sí que descifró temprano la clave de Castro. A su regreso —el 8 de mayo de 1959— de la gira por Norteamérica y Sudamérica, la prensa cubana encajó una caravana de sentimientos anticomunistas y el jefe de estación, “Jim Noel”, dio la bienvenida, pero deslizó que más significativo aún era otra demostración más del enorme poder de Castro, quien con pocas palabras hizo popular la posición anticomunista y, del mismo modo, he could reverse the trend at any time. De pasada soltó que Castro habría popularizado tal posición con intención de dificultar la protesta de los grupos de intereses de EEUU contra la Ley de Reforma Agraria (Despacho HAVA 2197, 26 de mayo de 1959).

El campamento “República de Cuba”

En el juicio a Matos Castro recalcó que su revolución había triunfado porque el ER “nunca había tenido problemas políticos [y] había una absoluta confianza en la dirección política y militar de la revolución.” El fiscal, comandante Jorge Serguera, remachó con que los problemas políticos tienen que dejárselo[s] al Comandante Fidel Castro, [quien] supo ganar la guerra”.

Matos demoró en darse cuenta y no por falta de datos. El 27 de agosto de 1958 se había quejado a Castro por un brete con una ametralladora Veretta: “Créame que hoy he deplorado el haber venido aquí a la Sierra. Acepto su insulto como un sacrificio más [y] le exhorto a que se supere en la forma de tratar a algunos de sus colaboradores.” Castro respondió el 30 de agosto: “Estoy haciendo esta revolución [y] tú no eres un colaborador mío, sino de la revolución (…) Si tu honor, tu orgullo, como quieras entenderlo, te impiden rectificar (…) entrega el mando al capitán Félix Duque [para] presentarte en la Comandancia General.”

Matos perseveró en el mando y para la madrugada del 2 de enero de 1959, en el balcón del ayuntamiento de Santiago de Cuba, pedía a Carlos Franqui hablar a la multitud. Franqui se lo dijo a Castro y Luis M. Bush, secretario del presidente Manuel Urrutia, escuchó a Castro responder: “Déjenlo que hable; que no digan que a alguien se le prohíbe que hable”.

Matos entraría junto a Castro en La Habana el 8 de enero de 1959 y el 13 asumió la jefatura militar de Camagüey. Para marzo 21, el fiscal René Burguet Flores informaba que hasta la fecha habían sido fusilados en Camagüey nada más que 48 miembros de las fuerzas armadas batistianas.

Tras desertar Díaz Lanz, quien había piloteado el avión en que Matos llegó el 30 de marzo de 1958 a la pista de Cienaguilla con un cargamento de armas, Matos contaría que, “tomando en consideración la amistad que me unía a este compañero, por su traición, hube de manifestar [a Castro] que en cualquier momento que estimaras que mi presencia en las fuerzas armadas no fuera conveniente, no tuvieras pena [en dar] por terminados mis servicios”. Castro respondió: “No te preocupes, eso es una insignificancia, sigue trabajando.”

No es lo mismo sugerir algo así al jefe del campamento que bajarse en una carta de renuncia irrevocable, el 19 de octubre de 1959, con que “todo el que haya tenido la franqueza de hablar contigo del problema comunista debe irse antes de que lo quiten”. El 28 de octubre, “en una miserable celda” del Castillo del Morro, Matos veía por fin “a Fidel camino de la tiranía, si no ha llegado ya.”

Así aflora un problema mayor para Schelesinger y compañía: en vez de cuándo giró Castro hacia el comunismo, ¿cuándo enrumbó Castro hacia la tiranía? Hasta su apologista Herbert L. Matthews percibió que Castro había usado el truquito del comunismo. En su ensayo de entendimiento de la Revolution in Cuba (Scribner, 1975), Matthews alegó que la revolución había tomado forma marxista leninista del mismo modo que a man would don a suit of clothes (…) It is the man who counts, not the clothes (página 6). Al parecer la guataquería de Matthews malogró la mejor comprensión de su estudio biográfico Fidel Castro (1969). Aquí largó en la primera línea y recalcó en la última que ese fenómeno histórico conocido como revolución cubana era tan sólo the Castro´s Revolution. Castro confirmó que, como era suya, hizo con ella lo que le dio la gana.

Coda

Matos cerró su carta fechada en el Morro con que “entre los sometidos y los cobardes en Cuba nadie se atreve a decir que no cuando Fidel dice que sí.” Que esa gente sea la mayoría del “pueblo cubano” explicaría por qué Castro pudo hacer con su revolución lo que le dio la gana: desde declararla socialista (abril de 1961), pasando por “¡Ahora sí vamos a construir el socialismo!” (abril de 1986), hasta apearse con preservar “las conquistas del socialismo”, porque esto último “nadie sabe bien qué cosa es” (abril de 1992).

Y eso también fue posible porque la primera proclama de Urrutia dio un tajo mortal a la Constitución de 1940, al separar la presidencia de la jefatura militar suprema con casi el mismo argumento que esgrimiría el fiscal Serguera en el juicio a Matos: “Considerando los altos merecimientos del doctor Fidel Castro Ruz al servicio de la patria, como jefe de la revolución que ha derrotado al régimen tiránico instaurado el 10 de marzo de 1952, vengo a nombrarlo Comandante en Jefe de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra de la República de Cuba”.

Y eso también fue posible porque la Ley Fundamental [febrero 7, 1959] concentró las potestades tanto legislativa como constituyente en el poder ejecutivo, al estilo de los Estatutos Constitucionales batistianos (1952). Y porque el premier José Miró Cardona presentó su renuncia —febrero 13— tras cambiar el verbo rector del artículo 146: “El Primer Ministro dirigirá [en vez de representará] la política general del gobierno.” Miró Cardona subrayó que “las facultades de un verdadero jefe de gobierno [debía asumirlas] quien por su jerarquía histórica es el jefe de la revolución, doctor Fidel Castro”.

Y eso también fue posible porque Castro dijo al tomar posesión del premierato: “Estaré aquí mientras cuente con la confianza del presidente de la República.” Para ser coherente daría a Urrutia un golpe de Estado “suave” nada más que con anunciar, el 17 de julio de 1959, que renunciaba. Y la mayoría del “pueblo cubano” salió a la calle clamando por el regreso de Castro al poder. De los comandantes que se reviraron queda tan sólo Rolando Cubela, quien pactó con Castro en 1978.


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