Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Milagro en La Habana

Con alguien debe haber conversado Fidel Castro en el otro mundo antes de resucitar, porque se le ha despertado una vena autocrítica

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Cosa más grande, caballero! ¡Fidel murió y resucitó! Lo informó el propio Caballo y no era una metáfora.

No era una manera de hablar, un coloquialismo, como quien comenta que se salvó de chiripa. “Resucité, pana”. No, Fidel lo dijo con todas sus letras: estuvo muerto y “re-su-ci-tó”, tal como se cuidó de silabear la palabra, para enfatizar el milagro. O sea, se murió de verdad, dejó de respirar, su corazón dejó de latir y seguramente ya se preparaban las exequias y hete aquí que el hombre se levantó y caminó. Como Cristo, pues. O como Lázaro, pero este fue un milagro realizado por Cristo. El de Fidel es endógeno. Suyo suyito, sin ayuda de nadie. Este ateo, este descreído, este marxista-leninista, este hijo de la Ilustración y de la Revolución, ahora que está dedicado a esculpir su propia estatua agrega a su extenso y prodigioso currículo un milagro: el de su regreso del mundo de los muertos.

Dos mil años después el planeta ha sido testigo de una segunda resucitación. Cristo y Fidel, Fidel y Cristo.

Ojalá que cualquier día nos cuente cómo es el más allá, qué fue lo que vio y si hubo alguna discusión entre Dios y Lucifer para decidir sobre su ubicación final. De hecho es el único humano que puede dar testimonio de cómo es el otro lado, porque es también el único que ha ido y regresado. De paso, con alguien debe haber conversado en el otro mundo sobre cosas de este porque se le ha despertado una vena autocrítica.

Ahora se hace responsable de aquel horrible período de la vida cubana, cuando la homosexualidad, sobre todo en intelectuales, era un “delito” castigado en campos de concentración. Hay que estar muy pendiente de sus historias. Quién sabe de cuáles otros desastres va a asumir la responsabilidad.



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